
Un hombre entra a una habitación de esas con un vidrio polarizado en una de sus paredes. La habitación está vacía. El hombre lleva un maletín de cuero de médico. De esos grandes que arriba tienen dos manijas largas y un broche de metal. El hombre se para frente al vidrio al medio de la sala, respira con profundidad torácica y apoya el maletín en el suelo a su derecha. En su rostro, la más intrigante neutralidad.
Abre el maletín y saca con meticulosidad tres dispositivos que deposita uno al lado del otro entre su posición y la del vidrio. Marca un código y activa, uno por vez, a cada uno. Son bombas. Cada una tiene un temporizador que marca una cifra distinta. Cuando termina de activar las tres, la primera, marca veinte segundos; la segunda, marca un minuto, cincuenta segundos y la tercera, diecinueve minutos, cuarenta segundos.
Se pone con disciplina a trabajar con la primera. El tiempo es corto pero el hombre sabe exactamente cómo sacar y guardar cada herramienta de su maletín con prolijidad, abrir la carcasa, despejar el camino del embrollo de cables y plaquetas, encontrar el cable definitivo y cortarlo. Lo resuelve exitosamente diez segundos antes del cero y sin inmutarse. Entonces, saca de su maletín una cuarta bomba. La ubica al lado de la primera y la activa. El temporizador marca cinco minutos.
Se pone a trabajar en la segunda. Con la misma naturalidad saca y pone de su maletín las herramientas que le permiten con tiempo de sobra desactivarla con más de un minuto de diferencia. Sin rasgo alguno de satisfacción saca dos bombas más y las activa. Una tiene en su reloj el número tres y apenas empieza pasa por el dos cincuenta y nueve; dos cincuenta y ocho; dos cincuenta y siete. La otra lo mismo pero a partir del uno.
Va a la tercer bomba que colocó con eficacia y en diez segundos ya la tiene desactivada. La diferencia extensa con el tiempo de detonación del dispositivo no le produce ninguna emoción. Inmediatamente de su maletín saca otras dos bombas y las activa a la derecha de esta tercera bomba. Una marca dos minutos, treinta segundos. La otra, para su beneficio, marca tres minutos redondos.
El hombre se para, toma algo de perspectiva en el asunto y analiza que ahora tiene tres bombas desactivadas y cinco activadas. Con un golpe de ojo, identifica la bomba próxima a explotar: La número seis. Tiene tiempo suficiente para agacharse y realizar la operación.
Podría haberlo hecho dos veces con el tiempo que le quedaba. Ya desde ese primer vistazo, sabe la próxima y va sin detenerse a desactivarla. Como el número de la pantalla es muy alto, prefiere usar ese tiempo para realizar un balance y planificar. Está muy por encima del tiempo de los relojes. Sin embargo sigue con su actividad como si se atara los cordones o jugara un solitario.
Vuelve al maletín y toma de una sola vez tres dispositivos. Los ubica poniéndose de espaldas al vidrio, uno al lado del otro. Los activa de a uno demorándose unos segundos en mirar cada pantalla y registrar lo que emiten en su memoria. Los tres dispositivos marcan en el segundo que los activa, dos minutos. Son siete bombas activadas.
Se levanta y mira las pantallas. Ahora tiene que girar para poder verlas a todas. En ningún momento mira el vidrio, ni el techo, ni siquiera su maletín cuando tiene que sacar alguna de las herramientas. Debe hacer un balance rápido. Dos bombas tienen el mismo tiempo por detonarse pero tiene suficiente tiempo. Se decide por la número siete. La desactiva con suficiencia. Le quedan seis bombas más.
Como está rodeado, toma su maletín y lo corre hasta el extremo este de la habitación. Allí coloca otras tres bombas. La primera tiene el irrisorio número veinte; la segunda el número dos y la tercera, veinte segundos. Como las tres primeras.
El hombre se voltea con agilidad a recuperar el número de varias pantallas que había grabado como si la bomba última (de poco tiempo), hubiese roto un algoritmo que ya tenía programado. Desde ese mismo lugar en el que está, mete sus manos en la valija próxima y desactiva la bomba que acaba de activar. Le quedan ocho que aún están camino a explotar. Cinco de ellas muy próximas unas a las otras en tiempo. Tres con mucho resto. Desperdigadas por todo el cuarto. Nada de eso lo altera.
El hombre se mueve por la habitación sin siquiera tocar ningún dispositivo salvo para cortar sus cables. Esté activo o ya interrumpido. Se para en el fondo de la habitación y activa dos dispositivos más sumando un total de diez dispositivos a explotar. Uno le marca un minuto; el otro un minuto y medio.
Entonces, se pone con el plan que había trazado en aquel balance. Levanta el maletín, lo calza en su antebrazo como una cartera y comienza a desactivar bombas de forma serial. Empieza con la cinco. Tiene el tiempo justo para realizar su maniobra.
Desactiva la primera y en seguida está con las del fondo. Las tres que están de espaldas al vidrio. Desactiva una por una, con el maletín colgado de su brazo, sin desperdiciar un solo segundo, sin sudar una sola gota.
Le quedan aún dos que desactivar en esa ráfaga. Se gira para encarar la ocho. Intenta optimizar el tiempo y mientras gira saca, sin mirar, como viene haciendo, una de sus herramientas del maletín. Cuando el brazo sale del maletín cae un dispositivo al suelo. A sus pies. Rebota en menos de cinco centímetros de altura y se inmoviliza en el medio de la habitación.
El hombre ve al dispositivo caer de reojo porque ya tiene su concentración puesta en la bomba número 8. Sin embargo escucha y percibe como al caer se activa. No tiene tiempo, ni habilidad suficiente para ver su pantalla y saber cuánto tiempo le falta para que se detone. Tiene el tiempo justo para desactivar la bomba en la que está trabajando. Lo logra.
No se le pasa por la mente mirar, ni siquiera sospecha, ni trata de adivinar si son veinte segundos, dos minutos, veinte o lo que sea. Sabe que tiene tiempo justo para desactivar la quinta de la serie que para colmo está del otro lado de la habitación. Va hasta la dieciséis y trabaja en sus cableríos mientras el misterio de la pantalla de la bomba que cayó última sigue en vilo.
Desactiva la última de la ráfaga, la que está al fondo de la habitación. Ahora sí puede hacer un relevamiento e incluir el número del dispositivo inesperado.
Desde donde está levanta la vista. La pantalla ignorada marca un veinte. Veinte segundos. Hay tiempo suficiente. Pero también marca veinte segundos la bomba trece que está contra la pared.
Tiempo justo si no fuera porque tiene un dispositivo en su mano. Un dispositivo que por reflejo o comando o vaya a saber uno qué, tiene ahora en la mano.
No tiene segundos para establecer un plan, así que actúa por reflejo estadístico. Suelta la bomba desde la altura, de cierta forma puntual, asumiendo el riesgo de que estalle, pero amparado en su experiencia. La bomba cae y rebota en el lugar en el que la soltó.
Como esperaba, se activa de la misma forma que ocurrió con la que se le resbaló hace segundos. Y sin embargo, no hay sonrisa en sus labios. Sí, hay una mirada furtiva, a esa nueva pantalla para detectar y memorizar ese número. La bomba dieciocho le da cuarenta segundos. Tiene ahora el tiempo y la disposición justa para plantear una nueva cadena de desactivación entre cuatro bombas. trece, diecisiete, quince y dieciocho para aprovechar tiempo y espacio, realizando una línea lo más recta posible y evitar la posible falla de dispositivos cayendo de su maletín.
Se lanza a la primera y mientras la desactiva no puede evitar ver de soslayo la bomba doce a su costado. Esa que todavía marca dieciocho minutos por explotar. Desactiva con suficiencia la trece. Luego, la que está más cerca. Se traslada sin accidentes el fondo de la habitación y de espaldas al espejo realiza con éxito las otras dos maniobras. Un nuevo éxito.
Desde el borde izquierdo de la habitación, de perfil al vidrio, mira el mar de bombas desactivadas. Los círculos concéntricos de dispositivos que apuntan al medio. Ve a lo lejos, sola, la número doce que no representa ninguna amenaza. No hay ni fatiga, ni excitación, ni signos de victoria en su mirada.
Apoya el maletín y mete la mano sacando el decimonoveno dispositivo. El anteúltimo. Al instante, se escucha un pitido, como el de una alarma despertador. La bomba número cuatro, a sus pies, la que tenía cinco minutos en su pantalla, hace exactamente cinco minutos, empieza a realizar pequeños saltitos en su lugar y, entonces, explota.
Explota y detona la bomba que el hombre tenía en la mano, las bombas que estaban cerca desactivadas y la bomba que quedaba en la valija. Explotan las veinte bombas y el hombre se hace pedazos y se extiende en forma de sangre y humo y vísceras y cables y circuitos por toda la habitación. El vidrio apenas siente el impacto. La luz atravesando el humo marca un halo.
Se abre la puerta de la habitación y se ve entrar una silueta. Cuando se disipa en un segundo el humo se termina de ver a un hombre idéntico. Del mismo tamaño, con el mismo rostro, con parecida carne. Vestido con la misma ropa, pero que su expresión deja ver algo distinto. El hombre recoge un objeto brillante que parece haber quedado intacto luego de tantas explosiones, algo difícil de reconocer en toda esa maraña. Luego, vuelve a salir.
Ese hombre que acaba de entrar y salir, no va a olvidarse por un tiempo de la bomba número cuatro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario