jueves, 3 de enero de 2019

Negativos de las Navidades Pasadas.

Mi mamá todos los ocho de Diciembre armaba en casa un pequeño arbolito de navidad que teníamos. La causa era que se lo había regalado una prima que había muerto. Nosotros, el veinticuatro a la noche solíamos festejar con mis primos, entonces el arbolito ese no era más que una decoración. Cómo una velita adelante de una foto.
Las fiestas de navidad y año nuevo siempre eran iguales. Mis tíos, mis primos, mi abuela, mi tía abuela, mi mamá, los que quedaban de mis hermanos y algunos familiares más que no tenía bien en claro quienes eran. La fiesta era más o menos comer lo salado a eso de las nueve, diez; esperar un rato para comer el helado de pote de litro; esperar otro rato hasta que se hacía tarde, y recién ahí poner corriendo la mesa para las doce, con los turrones, los maníes cubiertos de chocolates, el pan dulce caro y la sidra. Nunca entendí el cuento de hacer eso ocho días antes de año nuevo. Como si fuera un ensayo o si no hubiera ideas. Todas las navidades se brindaba a las doce y las mujeres se emocionaban.
Mi recuerdo más fuerte es ese. Una emoción como un chillido histérico contenido minutos antes. Todos muy expectantes hasta el momento cumbre, cuando las lágrimas empezaban a brotar. Yo, mientras, me empinaba secretamente dos o tres copas de sidra extra para atravesar la incertidumbre. ¿Por qué lloraba mi abuela? Mis primas también. Toda una familia muy lacrimógena que se sincronizaba para largar su llanto. Todavía me queda mucho de esa pregunta. A medida que fueron pasando las celebraciones, los llantos se agudizaron y las razones yo las suponía más evidentes. Creo que lo único que se fue asentando fue la posibilidad de vivir con esa ausencia.
El árbol de mis tíos también lo dejaban apartado, en su habitación, dónde guardábamos los abrigos. Confieso que no tengo un especial recuerdo de la parte de los regalos. Sospecho ahora que mis primos abrían los regalos antes o después de la fiesta. Porque claro que ellos recibían siempre algún regalo. Tengo todavía un sweater azul de hilo finito que me regaló mi tía. Regalos que me haya traído Papa Noel no conservo ninguno. No estoy muy seguro si alguna vez recibí alguno.
Mi papá una navidad dejó de venir. Lo que sí hacía era ser el primero que llamaba a las doce para saludar. No era para decir mucho: Solo un saludo, un buen deseo. No recuerdo si algún “te quiero mucho” que hubiese sido un poco vergonzoso. De haber sucedido lo recordaría. Me acuerdo, sí, las líneas colapsadas. Los primeros celulares que tampoco servían para nada en ese momento. Quizás venga a mi mente mi mamá preguntándome en voz alta con el tubo en la mano: “¿Querés hablar con tu papá?”, con el bullicio de las doce a mi alrededor. Y yo, por dentro, pensando en si podía hacerme esa pregunta; yo por dentro sin entender que era algo protocolar a lo que tenía que decir que sí inmediatamente. Entonces esa charla telefónica incómoda. Mi padre con el pará que te doy con tu abuela. Y mi abuela del otro lado, también. Con la misma inexplicable emoción, haciendo la charla aún más incómoda. Supongo que era peor si no llamaban.
Había algo de esas fiestas en relación al llegar que era muy incómodo. Mi madre hacía siempre un escándalo por no llegar tarde como si el año que empezaba se nos fuera a escapar si no lo estábamos esperando. Pero nadie quería ser de los primeros.
La tele grande que ellos tenían estaba ahí. A veces, si alguno de mis primos estaba viéndola, se la podía ver. Más temprano que tarde se la apagaba definitivamente. O por lo menos hasta cerca de las doces cuando hacía las veces de cronómetro oficial para el brindis. Inmediatamente después de ese momento, salíamos al balcón a ver los fuegos artificiales.
Una vez mi primo Marcelo trabajó para la empresa que los vende y no sé si le dieron o pudo comprar baratos unos cuantos. La verdad que la emoción de tirarlos no fue para tanto. Ahora que estamos todos bastante en contra de que se usen no tengo mucho por lo que renegar. Sí parecía algo atractivo, cuando mirábamos de lejos, por las rejas del balcón, los que tiraba algún vecino anónimo. Había algo en el misterio de ese espectáculo caro que nos atraía a todos por igual.
Podíamos ver, entrada la noche, cuando pasaba el primer colectivo; los primeros taxis. Mientras sucedía la noche navideña, la avenida estaba bastante vacía. Entonces ahí alguien ponía la botella de sidra vacía, prendía la cañita y corría para a penas ver como explotaba entre los edificios. Por eso la reja. Por el miedo de que se meta alguna. Porque en las primeras navidades no estaba.
De navidad a navidad la casa iba mutando lentamente como la familia. La reja del balcón; una mesa con una computadora en un rincón; la televisión cada vez más grande; unos souvenirs de viajes.  La familia iba mutando con novios y novias que aparecían y desaparecían y mutaba también con los que iban dejando de estar.

Siempre había dos mesas. Las de los grandes y las de los chicos. Cuando tuve edad para estar en la mesa de grandes, dejamos de celebrar. Las Navidades que recuerdo son estas, sin papa Noel. Una reunión de gente que se junta a charlar, comer y brindar a las 12. Dicen que las fiestas se ponen interesantes cuando la gente es joven o cuando se tienen nenes chiquitos. Será que ahora mismo estaré en el medio entre esos dos momentos y solo me queda esperar por las que vendrán. Seguramente tendrán otros colores.  

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