martes, 10 de febrero de 2026

Tres nuevas películas que imaginé durante mis vacaciones

De paseo por Ushuaia pude imaginar otras tres películas. 

Una está enmarcada a la manera de La forma de la espada de Borges. Se llama “El coleccionista de orejas”. El relato se desenvuelve en un perfecto inglés británico. El narrador tiene un claro sesgo colonial. Se presenta como un trovador, amante de la buena historia. Comienza su relato con la misión de la corona comandada por Fitz Roy que tuvo a Charles Darwin como figura destacada. Dice al pasar la ocurrencia de que el nombre Patagonia proviene de la obra Pigmalión. Hace énfasis en la figura de grandes monstruos sobrehumanos con los que Magallanes identificó a los nativos.


Durante la expedición, cuenta el narrador, los nativos atacaron y robaron a las tripulaciones. Como mecanismo de negociación, los misioneros tomaron prisioneros. De esa población que comenzó a mezclarse con los europeos cuatro niños fueron seleccionados por sus facilidades. La intención era enviarlos a Europa, ofrecerles la misma educación que cualquier caballero victoriano y que, luego sirvieran de intérpretes entre las misiones y los Yámanas como medio para evitar futuras confrontaciones.


Cada uno de estos niños recibió un nombre cristiano: el más conocido, Jeremy Button; también estaba la niña, Fuegia Basket; York Minster y Boat Memory, los otros dos. Este último, nunca llegó a pisar tierra británica por una viruela. Formulando, desde el inicio de este plan, un pésimo augurio.


Tres años después, los tres ahora formados adultos retornaron. En el bote, mientras circundaban la orilla y divisaban las pequeñas fogatas asomándose en la pradera, pudieron corroborar por qué Magallanes los había bautizado “Tierra del Fuego”, más allá de cualquier otra implicancia conductiva. 


El narrador, curiosamente, elipsa ese primer impacto. Los tres jóvenes son reintegrados a sus clanes y realizan su misión de intermediarios sin accidentes. Menciona como Jeremmy Button se vuelve partícipe de varias campañas de reconocimiento territorial por tierra y por mar. A dónde lleva la acción el relato es al primer rito de iniciación que presencian estos tres. No como partícipes sino como nuevos espectadores. 


En otra clara intención de vaticinio, el narrador se detiene en la experiencia de Fuegia perturbada por la intervención de Ko'taix, el espíritu femenino cornudo que simula torturar hombres. No se determina si la perturbación es por indignación ideológica (el rito es altamente patriarcal y primitivo) o por simple impresión a la imagen (el iniciado es sometido a pruebas de explícita violencia).


Los tres personajes continúan su misión con poca eficacia. En cierto periplo se da a entender que si la misión fracasó pudo haber tenido que ver con un posible sabotaje oculto de nuestros tres héroes. Una misión de varios años después encontraría a los tres supuestamente ya totalmente readaptados a sus viejas tradiciones. Fuegia era madre de una inmensa familia que hablaba el idioma legal, el castellano, y perfecto los kawésqar, yagán y selknam. Ni una palabra de inglés. Lo cierto es que la participación colonial se suspendió luego de que los gobiernos en formación de Chile y Argentina convinieran en un pacto militar que repartió las tierras y la responsabilidad de los habitantes que moraban en ellas.


Como sucedió en tantas otras colonias, muchos europeos se afincaron y fundaron estancias que pujaron la economía local. Sus descendientes siguen aún hoy en esas mismas tierras siendo ciudadanos ilustres. 


Con esa parsimonia la película termina su segundo episodio. El tercero cobra un giro brusco. La narración ahora se sitúa en las proximidades de una de estas estancias. Su dueño tiene el apodo de Chancho Colorado. El planteo nos muestra al estanciero ofreciendo a un grupo de peones ingleses, escoceses, irlandeses e italianos una recompensa por cazar onas. Así llamaban a los indios del norte de la isla. Ofrecía una libra por testículo o seno y media por oreja de niño. 


La película muestra la cacería con detalle. Entre los cazadores se destaca uno que hace mucho más dinero acumulando orejas. Cuando Chancho Colorado, con admiración, curiosea por su procedencia el narrador detiene el relato y dice en perfecto castellano: “ese soy yo, Kevin Minster, nieto de York. Nada mejor para cazar un indio que otro indio”.


La película funciona si se mantiene en el filo entre el regodeo de su punto de vista y la potencia de la ambigüedad. 


Tiene un epílogo: este mismo Kevin visita un convento salesiano en la Isla Dawson para conversar con un hermano suyo, cura ahí. A esa isla, las familias migrantes enviaban a los Onas para evitar que sean cazados. La mayoría de los nativos terminaban muriendo de enfermedades producto de los cambios de vida y la falta de acostumbramiento. En su encuentro, Kevin le dice a su hermano con resquemor que él y su convento mataron más indios que su cacería. El cura alega que al menos no permitió que ninguno de sus yaganes partiera en una jaula hacía la exposición de París. Ahí termina.


La segunda película es de carácter fantástico. Se llama “La ciudad secreta de los castores”. Un guía, en una caminata, muestra a un grupo de visitantes la profundidad de un pozo cuidadosamente cavado en la turba que caminarán. Hunde un largo tronco, lo eleva hasta cierto punto y muestra como sale mojado en más de dos metros de extensión. Esto para no relajarse en la agradable sensación de blandura que les daría ese piso barroso. Una familia de holandeses que algo del idioma entendían resultó particularmente aturdida por este peligro.


Ya en un refugio, el guía cuenta como un castor asesinó a su perro una tarde de pesca. Narra con desdén como esos animales traídos para incentivar la actividad peletera resultó en una plaga que pone en riesgo el ecosistema y no produjo el más mínimo favor económico a la población. Muchas turbas son producto de viejas castoreras.


De camino de vuelta, el hijo adolescente de la familia neerlandesa cree ver la silueta de un animal pasando por dentro del pozo. El guía no le da ninguna importancia. Quizás, entre el idioma, la excitación y la lejanía, no le entendió una sola palabra. 


Frank, así se llamaba, camino a la Laguna Esmeralda, cree ver a una persona que se aleja del camino, se dirige a una gran extensión de campo rojizo, encuentra un lugar en particular y, ahí mismo, da un salto en palito y desaparece en la tierra. Su familia le toma la palabra, entra en un estado de desesperación e intenta, por todos los medios, llamar la atención de alguna persona local que pueda ayudar a ese extraño absorbido por el barro. Para lograrlo, aprender a decir en español: “un hombre, se lo tragó la tierra, en la turba”. Cuando dan con un guardaparque, estos se toman la imagen a la risa y los tranquilizan. Frank cree ver una mirada oscura y sospechosa en el guardaparque, mientras se alejan.


Una vez en el hotel la familia discute durante toda la tarde. Algo en la tranquilidad anestesiada de esas vacaciones extrañas había sido definitivamente perturbado. Frank decide seguir de viaje por su cuenta. Era tanto el fastidio, que sus padres y su hermana aceptan. 


A los dos días Frank se arrepiente. Sus planes habían sido mucho más insípidos y monótonos de lo que esperaba. La imagen de un humano hundiéndose en el barro retornaba y, para entonces, creía mejor conversar con su familia para intentar hacer que pierda fuerza. Al regreso al hotel, la recepcionista le comenta con preocupación que desde hace dos días que la habitación estaba vacía.


Frank fracasa en pedir ayuda a la policía, a los medios y a algunos otros locales. Constantemente es abandonado y dejado a su suerte. Algunas veces de forma casual y natural, otras más abruptas y coordinadas. Camina perdido por la costa. Se encuentra en un lugar llamado Bahía Cucharita. En el estado de shock que se encuentra decide nadar. 


Sale peligrosamente mojado y desabrigado en una costa del Parque Nacional. Es de madrugada y no se ve a nadie. Hay poca luz. Frank cree que ve un animal de un metro de largo y decide perseguirlo. Camina tanto que ya no tiene noción de por donde vino. En un momento pierde al animal y, luego lo vuelve a encontrar. ¿Estaba guiándolo o escapando? 


El animal, cualquiera sea, desaparece. Frank cree que lo vió entrando en la corteza hueca de un árbol podrido. Decide descansar. No tenía frío. En la quietud, descubre fastidiado como, para formar senderos, la gente del lugar derribó varios árboles. La imagen de la pared de raíces debajo del árbol caído lo hipnotiza. Se mete parque adentro.


Unos pocos pasos luego, ve un árbol gigante caído. Da el rodeo para ver el inmenso hueco que seguramente dejó. En la tierra blanda encuentra un hueco sin fondo. Una puerta, cree. Sin mediar razón, salta.


Como en El Sur de Borges, la acción a continuación cambia de tono. Esto puede significar que las cosas son como son o son algo más. 


Debajo de la tierra se encuentra la ciudad secreta de los castores. Un mundo oscuro y acuoso pero visible, repleto de islas, vegetación y calor. En ese mundo Frank reencuentra a su familia. Esta se encuentra involucrada en una guerra. La sensación es que ahí abajo no pasaron dos días sino meses. Los perros habían empezado a invadir la ciudad y querían tomar el control. Estaban teniendo éxito pero con un gran riesgo. Si los castores eran vencidos, toda la ciudad colapsaría ya que necesitaba de su trabajo ingenieril para sostenerse.


La familia de Frank se había convertido en asesinos de perros. Luchaban junto a los castores defendiendo la ciudad secreta de sus invasores. Lucían distintos, se comportaban distintos, hablaban distinto. Su padre le pidió conversar en privado. Le encomendó la misión de volver a la superficie, debía ir en busca de un hombre en particular, un británico que mora en la estancia Harberton. Él sería el aliado ideal para poder brindar a los castores las armas suficientes para terminar de una vez por todas con esa batalla. Le encomendó esa misión con una aclaración vital. Los locales no podían enterarse. Según él, ya estaban demasiado sesgados contra los castores y pondrían ese paraíso en riesgo. 


Ese mismo instante Frank pudo ver el futuro: los Harberton, quizás aliados a otras grandes familias de terratenientes y empresarios del turismo, lograrían el cometido: librarían la ciudad de perros y con esta acción, plantarían su bandera. A continuación, remodelarían la ciudad con fines turísticos. La cercarían. Pondrían a los castores a su servicio. Construirían un gran hotel spa a oscuras donde celebridades y personajes de la élite podrían descansar de la luz. Y cuando cada habitante de esa ciudad subterránea fuera un empleado o beneficiario de su emprendimiento, formarían un gobierno soberano que tome decisiones democráticas. A su servicio. En el mejor de los finales, imaginó Frank, la ciudad no sucumbiría a las propias ambiciones de sus nuevos dueños, sino que se mantendría explotada y parasitada por un largo tiempo de agonía.


Frank muere de forma heróica luchando del lado de los perros. Fin de la segunda película.


La última de las tres, es de terror psicológico. Se llama “la madera que queja” y quizás tenga algo que ver con El Zahir o con La escritura del dios


En el hospedaje donde paran, Malena y Roberto, su novio italiano, está roto el termostato. Habían huído del calor hacia el sur y, aún así, la loza radiante los tiene desnudos y fastidiosos en sus vacaciones. Deciden realizar un trekking nocturno para empaparse de frío.


Al llegar a un descampado, Adela, la mujer guía, les cuenta sobre el idioma de los espíritus del bosque, el quejido de la madera. Ese crujido que hacen los troncos que resisten al viento, dice, es un lamento que pide a los visitantes que se alejen. A veces con pena y sufrimiento, a veces con furia.


Adela cuenta que el sonido puede perseguirte fuera del bosque. Esto es señal de que un grave daño se ha hecho en la naturaleza y que hay un alma buscando venganza. Quién posea este mal está condenado.


La noche siguiente en su hospedaje, Malena siente el ruido. El alojamiento es de ladrillo y chapa, no hay madera cerca. Asustada, le cuenta a Roberto, su novio italiano. Él se ríe. Piensa en los miles de casos de incendios, de caza deportiva y de talas indiscriminadas que existen. Dice que toda esa gente duerme tranquila y es a ellos a quiénes los espíritus deberían ir a buscar primero. Ella no tenía nada de qué preocuparse. Aún así entre el calor y la rumiación no puede dormir tranquila.


Durante esa semana, Malena, mal descansada, continúa escuchando ese sonido. Es incapaz de negarlo. Deja de comentárselo a su novio, por razones obvias, pero tiene muy presente el impulso de huir. 

Pasa esos días de caminatas y navegaciones mirando las bandadas de pájaros que se alejan por el cielo. Le llama la atención la ausencia total de perros y castores en todos los parques y senderos. Cada guía comenta la irrefrenable plaga de ambos, pero no están por ningún lado. ¿A dónde se fueron?, piensa. 


Por la ventana, Malena ve a una cama elástica siendo arrastrada por el viento, como vió tantas veces en esos videos de bloopers. La ventana no tiene persiana, así que no tiene forma de evitar mirar hacia afuera, de que entre la luz de la avenida al alojamiento. Siente como cada noche entra más luz al dormitorio. Roberto duerme plácido. Ella no recuerda bien qué noche es y cuántas faltan. El ruido sigue ahí. 


El calor crece. Va a ver el termostato que marca 30°. Intenta hacerlo descender a 14°, el mínimo, pero esto produce que crezca aún más la temperatura. La luz de afuera también crece. El ruido de la madera, de pronto, es un estampido. Malena se convence a sí misma de que está alucinando. Quizás, por eso, él y Roberto inmóviles mueren incinerados por el incendio que llevaba ya unos días en la cercanía. 


En sus últimos segundos de vida, Malena escucha la voz de Adela hablando sobre el idioma de los espíritus del bosque. Decía que uno de los mensajes que más se escuchan es el de la madera dando el portazo. Ese sonido es idéntico al del tronco quebrado que cae. Su mensaje es el mismo: “Demasiado tarde”.  


lunes, 21 de octubre de 2024

Desata Ideas

Revisando las etiquetas de mi correo electrónico encontré una que se llama "Libros". Dentro había una serie de auto-mails con archivos de libros comprimidos. En el medio de ese rejunte de literatura pirateada encontré un pequeño texto que furtivamente dejé ahí. Hoy pienso que funciona como poema-ensayo. Entonces, como mal literato simplemente lo voy a reproducir agregándole un par de "enters".

Para dar un mínimo contexto. El material es del año 2006. Tenía quince años y aunque suene un poco cliché, mi realidad era una de gran desamparo.


Desata ideas


la cuna de la imaginación 

es un agujero 

en nuestro cerebro. 


permite relacionar cosas. 

arruina las matemáticas, 

nos gasta 


meditando.

las ideas se mueven de un lado al otro 

cuando llegan a ese agujero 

se van volando. 


recorren otros lugares, 

donde no se relacionan, 

no sacan conclusiones, 

ni se agrupan con otras 

parecidas 

pero diferentes. 


luego regresan y es cuando uno 

despierta.


las ideas están atadas por un hilo rosa. 

se estira y se estira 

pero a veces no aguanta. 


cuando escapa por el agujero 

y se rompe el hilo 

se siente libre 

florece. 


pero las ideas son como las personas 

o los gatos, 

se acostumbran a la rutina 

y siempre vuelven 

a atarse. 


si no vuelve es por que no era tuya.


las ideas tienen memoria. 

siempre se mueven 

recuerdan sus viajes 

sus movimientos 

y lo triste que es irse sabiendo que hay que volver. 


por eso no vuelven, 

y cada vez menos 

se escapan.


la cuna de la imaginación es un vacío.

pero vacío es no tenerla. 


miles de circuitos se conectan 

nada falla en su funcionamiento. 

pueden lograr cuentas de veinte cifras 

o enviar mucha información junta, 


pero no es mas que eso: un montón de vacío. 

y eso es lo que nos diferencia.   


miércoles, 29 de mayo de 2024

Sobre lo que me hace la poesía

Poseo con la poesía un vínculo que oscila entre un reconocimiento más allá de las fronteras del lenguaje y una aversión que se dispara como un mecanismo de defensa frente al abismo de la sensibilidad. Desde pensar que todo obrar tiene su poética; sentir, pensar y hacer (el hacer de la poiesis) son una misma cosa; a intentar alejar mi percepción cuando poetizo. Como si fuera una opción.

Ricciotto Canudo, muy entusiasta con el Cine, propuso una especie de recorrido de las Artes hasta desembocar en el “Séptimo Arte”. Para él, el Arte Total. A la Poesía la sitúa en una segunda etapa y como una decantación de la Música, muy cerca de la representación (que para Canudo nunca es Arte) y de la Danza (que se vuelve Arte más adelante). La Poesía es la palabra que acompaña al ritmo de la naturaleza. Se hace Arte cuando gana autonomía del sonido. 

Por supuesto que la categorización de Canudo es entre caprichosa y absurda más allá de cierto derrotero antropológico. No creo que haya cumplido su cometido excepto ese slogan numérico que sobrevivió al paso del tiempo. Servirá, al menos, como contrapunto.

Paul Valery comparaba la prosa y la poesía con la figura de un cuerpo que se traslada. Donde, curiosamente, la poesía es la danza. La poesía es ese cuerpo que se traslada donde prima la forma antes que el sentido. No parece haber un vector dominante que direccione el movimiento. Se desarma la expectativa hacia la conclusión de la acción. Es un estar habitando el traslado.

Superpongo a Alain Badiou que conectaba esa noción de cuerpo y forma (la danza) con el pensamiento. Pensar es bailar. Bailar es poetizar. Ergo, pensar es poetizar. 

Lo que se puede vincular inmediatamente con esos dos devenires primeros es lo que desautomatiza. La danza desautomatiza al cuerpo, la poesía desautomatiza la palabra. ¿El pensamiento qué desautomatiza?

Si hay una definición dentro del reino de lo poético que atesoro de estas últimas indagaciones, es la que iguala lo clásico con lo previsible. Trae esa extraña satisfacción que produce echarle luz a una cosa canonizada y descubrirle alguna morbidez. Quizás sea justo también reconocer cómo esa igualación es recursiva. El reconocimiento volvió a la obra clásica y su reproducción la volvió previsible. Luego, la reproducción de lo previsible se vuelve forma de lo clásico. Pero, ¿se puede desautomatizar desde la previsibilidad? ¿No es un clásico un parámetro de nuevos automatismos?

Los niños no saben nada de clásicos. Es más, el mundo es un lugar extraño y de cierto peligro. Al niño la repetición le produce confort. Incapaz de especular, de imaginar, de anticipar; el niño revive experiencias con intensidad moldeando su sensibilidad. Todo es tan nuevo, hay tanto detalle por descubrir, que repetir en demasía no es engorroso, ni sofocante.  

La palabra “verso” viene del latín “volver” (otra lectura etimologica posible rima volvere con “volverse”; es decir, a darse vuelta o a transformarse). El ritmo del poema es la repetición de algo que vuelve. En ese retorno, en ese deshacer el tiempo, nos volvemos niños. Volvemos a moldear nuestra sensibilidad. El clásico es el confort del adulto para la suya, según cómo la tenga. Una lectura puede desbaratar el lenguaje en los intersticios del más estructurado clasicismo. Si la sensibilidad lo permite. Si el pensamiento acompaña. 

Porque, sigo sosteniendo, están juntos. Es incuestionable lo ligada que está la experiencia musical de nuestras emociones. Para Canudo la Poesía emana de la Música porque en algún momento la humanidad se comió el cuento del control. La música, la danza y la poesía son, en realidad, lo mismo, porque sentir y pensar también lo son. Cambia, a penas, la sustancia que expresa.

Será por estas aseveraciones férreas que me asusta tanto la poesía. Porque quizás sea una de las formas más crudas, más totales, de mirarme en un espejo. 


miércoles, 2 de febrero de 2022

Tres Películas que imaginé durante mis vacaciones

 La primera se llama “El Sendero”, y ahora me doy cuenta, tiene un aire fuerte a L’Avventura de Antonioni. 


Una pareja haciendo trekking en la Patagonia. Vemos todo desde el punto de vista de él. Pongámosle Leonardo a él y Dolores a ella. Lo primero, una bifurcación, cada uno quiere ir por un lado distinto. Leo cuenta que este viaje estuvo más atento al protector solar y se siente más protegido que nunca.


Una pequeña discusión viene porque Lola le reprocha a Leo que armó las mochilas y se olvidó de guardar papel higiénico y unos alfajores. Él se defiende con que ella tampoco revisó las cosas antes de salir.


Llegan a la laguna y almuerzan en paz. A la vuelta toman otro camino, se pierden, no pueden recargar la botella de agua en el arroyito como a la ida. Dolores llora. 

Caminan en silencio unos kilómetros, otra pareja en sentido contrario viene riéndose y cuando los ve, se calla.


Hacen las paces cuando él hace alguna morisqueta. Sonríen, se besan, siguen caminando callados.


Llegan muertos de cansancio. Se tiran en el piso del Apart a hidratarse y estirar. A Leo le duele la cabeza como nunca. Tiene quemadas algunas partes del cuerpo poco esperables: El reverso de la mano, los tobillos, la parte del brazo que queda cubierta con la manga.


Leo dice que va al baño, Lola que se va a acostar. Leo se sienta en el inodoro. La fuerza que hace para evacuar le hace doler cada vez más la cabeza. A niveles intolerables. Los gemidos de dolor y fuerza son agónicos. Siente que va a explotar. 


Finalmente, lo hace. Queda inánime, a medio vestir, entre el inodoro y el piso del baño.


Este es el punto más delicado de la película: El cambio de punto de vista. La elipsis. 


Lola prepara la mochila para salir. Se pone protector solar. Guarda comida y bebida. Antes de salir se detiene a mirar durante unos segundos largos la puerta del baño.


En el sendero llega a una bifurcación y con liviandad elige un camino. 


Baja a la orilla de un arroyo y carga la botellita. Toma un poco de agua relajada.


Se detiene en una sombra a comer un alfajor. 


Llega a una laguna emocionada.


Vuelve cantando.


Llega al Apart con algo que le molesta en el ojo. Entra rápido al baño y se mira en el espejo. No tiene nada, es solo la sensación. Está ella sola.

    

Fin de la primera película.


La segunda se llama “El mensaje oculto” y sucede en una metrópolis globalizada. El protagonista es un joven inmigrante. Si se puede soñar gratis, pediría que tenga un tono melancólico y pastel como el de “Her” de Spike Jonze o la simpleza de “La Bonheur” de Varda.


La película empieza en un brindis, una celebración, en el balcón de un departamentito que queda en las afueras de la metrópolis. Alfredo festeja junto a María que le renovaron el contrato de alquiler y no le aumentaron demasiado. La reunión deviene en una discusión extraña donde se devela que ella está molesta porque quiere vivir con él y ahí no pueden. Alfredo emocionado le propone que si consigue un trabajo mejor pronto, va a empezar a ahorrar en plan mudanza. Hacen un amor de reconciliación ahí en el suelo del departamentito. Desde ahí, mirando un poco el techo, un poco el cielo, prenden un cigarrillo y googlean departamentos. María postea en sus redes sociales un departamento lujosísimo que nunca podrían pagar y etiqueta a Alfredo.


Alfredo se prepara para una entrevista. Suena el timbre. En un paquete le llega enmarcado su título universitario. Lo cuelga, se saca una selfie y la postea en sus redes sociales.

En la entrevista para el ascenso le confiesan que todo es una formalidad porque el trabajo ya tiene su nombre. Alfredo se emociona un poco más allá de lo que se acostumbra. Su jefe en vez de juzgarlo, lo abraza.  


A la noche de ese día, se juega la final de la Libertadores, el equipo de Alfredo gana. Hace una videollamada con sus hermanos que van a la plaza principal de su ciudad natal a festejar desbordadamente. Alfredo forma parte del festejo desde la distancia. Se ponen de acuerdo en un tatuaje que inmortalice ese momento. 


De visita en un edificio notable de la metrópolis, Alfredo y María pasean. Alfredo averigua para ir al baño: le indican dos pisos más arriba por escalera. María lo espera sentada en un banquito. Alfredo sube, se queda hipnotizado por la sublime vista a cientos de metros de la calle. En un santiamén de descuido, Alfredo resbala, se rompe una red de contención y cae desde la increíble altura.  


María viaja a participar de los servicios junto a la familia. Cada uno de ellos empieza a decodificar señales en las redes sociales, en conversaciones telefónicas, por mensajería. Encontrando señales pasadas que indiquen que Alfredo necesitaba ayuda.


María vuelve a la metrópolis a juntar las pertenencias de Alfredo. Todo entra en dos cajas.  


Fin de la segunda película.


La tercera se llama “Tierra de Huemules”. Puede que lo ideal sea filmarla como una de los Dardenne, con mucha nuca. Pero también puede manejar mucha tensión y densidad.


El protagonista, Joaquín es, digamos,  un adolescente con apariencia de niño. Diría que tiene 17 pero parece de 13. 


Joaquín sale a hacer un paseo sólo porque sus padres no son apasionados de caminar más de dos kilómetros, ni ningún otro ejercicio físico. En el inicio del sendero se cruza con un primer cartel: “Tierra de huemules. Si ve un perro, avise al guardaparque”.  


No pasa ni un kilómetro para que un golden retriever precioso, con un pañuelito, se le pegue a los talones. Joaquín acaricia al perro, le tira ramas y lo adopta como compañero de aventuras. Le pone nombre: Aquiles.


Aquiles se le adelanta un poco y le muestra el segundo cartel del sendero: “En caso de inundación por desprendimiento de una masa de hielo, buscar un lugar alto”. Joaquín le agradece y siguen camino.


Aquiles camina rápido, le va marcando el sendero a Joaquín. Por momentos lo pierde y lo encuentra esperándolo. Cuando alguien lo cruza, le acaricia la cabeza. A alguno de esos, Joaquín le pregunta si el perro es suyo. En un momento del sendero se meten a un bosque. Joaquín pierde a Aquiles. Camina unos cuantos metros sin verlo. Al pasar los minutos se preocupa. 


A los pocos metros, Joaquín escucha un ruido al costado del sendero. Por más que no debe alejarse, Joaquín camina bosque adentro. Detrás de una Lenga, Joaquín encuentra a Aquiles zambullido en las vísceras de un huemul. Aquiles saca el hocico totalmente bañado de sangre, se voltea, reconoce a Joaquín y continúa devorando su banquete. Joaquín vuelve al sendero, sigue camino y de un tirón llega al Lago. 


Mientras permanece sentado en una roca mirando con los ojos huecos un glaciar, Joaquín es abordado por Héctor. “¿Me sacas una foto con el lago y el glaciar?”. Luego le pide otra y otra. Le da charla, se le hace el amigo.  


Joaquín emprende el retorno y Héctor lo sigue. Le pregunta sobre su familia, le cuenta que para en el camping. Lo invita a comer milanesa con papas fritas. Joaquín habla poco, con monosílabos. Héctor se lo hace notar. Joaquín le cuenta la suerte del huemul. Héctor lanza una risotada: “No te preocupes. Eso ahora es trabajo para los cóndores y los caranchos. En un día de ese huemul no queda nada. Acá la carroña no dura.” 


Esto no ablanda un múscula la expresión de Joaquín. Una pareja se les acerca de frente. Joaquín apura el paso y les pregunta algo pero son alemanes o franceses. No le entienden nada. 


Unos minutos de caminata más adelante, Héctor agarra del brazo a Joaquín. “¿Escuchaste eso? Se viene el agua.” Joaquín se suelta. Héctor arranca camino arriba y lo llama. Joaquín escucha algún ruido y decide seguirlo. Héctor logra subirse a una roca gigante en medio del bosque, bien a la vista. Ayuda a subir a Joaquín. Desde ahí ven algunos kilómetros de bosque abajo. Ven la tranquilidad del bosque. También que no viene nadie. Y que no viene agua. Héctor respira con agitación muy cerca del rostro de Joaquín.


Joaquín se baja y sigue camino. Héctor lo sigue. A los pocos metros, Joaquín ve un guardabosques y le dice a Héctor que le va a avisar lo que hablaron.


Corre hasta el guardabosque y le dice: “me quiere coger”.


Héctor o porque escucha algo o porque ve la cara del guardabosque se larga a la carrera con desesperación en sentido opuesto. El guardabosque avisa por el handy que tienen otro “hombre lobo suelto”. 


Cuando investigan el camping y encuentran la carpa de Héctor, descubren ropa interior de niño. 




jueves, 28 de mayo de 2020

Tus Paredes Internas (Soneto inverso)

Mientras vos mirabas la luz
y hacías cuentas
yo tocaba tus paredes internas


te hacia llegar a tu nota más aguda
mientras sintetizadores modulares
adornaban el aire


¿Cuánto puedo escaparme de subir
esta piedra por esta colina?
¿Cuál es el mensaje de tus ojos, de tu risa,
que mi universo no discrimina?


Es ese segundo de vacío en la rutina,
Es toda nuestra historia condensada
en un gemido, en humedad.
Voy a poner agua para el mate.

jueves, 14 de noviembre de 2019

Fascinación


Me quedé 
mirando un eclipse
tres años
Vos me mirabas a mí
Vos me mirabas a mí
Y yo en el cielo


Me quedé 
esquivando rocas
sobre canoa
Te dejé en la orilla 
te dejé en la orilla
sin saludarte


El río solo corre para un solo lado.


Hay que saber ser Aymará
y andar atrás sin mirar 
mamar de otra mamá
y morir en el amar


El río solo corre para un solo lado.


Me quedé naufrago en tu laguna
no hay remo para alcanzarte
Me sugerís que salte


Me aferro a la madera hueca
cascada
Ya habrá quién me salve.


No existe auxilio sin socorro.


Hay que saber ser víctima
y tener la potencia del victimario
soltar los pulmones
y dejar salir el ruido.

No existe auxilio sin socorro.

viernes, 19 de julio de 2019

NO ------>>> SI




En Waking Life, Richard Linklater ensaya alrededor de varias teorías parecidas la idea de que la vida es un instante. Un instante antes de la eternidad. Una ilusión propuesta, o por un demonio que nos quiere retrasar de Dios o por nosotros mismos. Nuestra vida es, no el devenir de un tiempo que nos cambia, sino el proceso impostergable hacia la aceptación del cielo. De pasar del “no” al “sí”.
Todo esto surge a colación de que su personaje principal no puede despertarse de un sueño. Y empieza a temer, al final, que esto se debe, quizás, a que está muerto y que todo a su alrededor también lo esté. Y que eso es la muerte. La película termina con ese personaje siendo levitado hasta perderse como un punto ínfimo en el cielo. 



Algo parecido podemos decir del final de Lost (con el que muchos reniegan). Lost popularizó una estructura narrativa de lo más interesante bajo el nombre de Flash Sideways. Esto es una realidad otra. La ficción es, de por sí, una realidad otra. En Lost, sucedió, que había una realidad paralela dentro de la ficción. Estaba el universo aparentemente azaroso e inconexo de la “isla”. Las vidas previas. Y otras vidas, también, que “nunca habían sucedido” pero que estaban sucediendo. Toda la obra (la serie) se circunscribía a la idea de purgatorio. Como sueños dentro de sueños. O a la de un período de no-tiempo; Un instante. Previo a que las almas de sus protagonistas pasen a la eternidad. Una puja maniquea (entre un bien puro y un mal puro). O el pasar del “no” al “sí”.
En otra película, de lo más interesante, Hayao Miyasaki propone algo que está bastante cerca de esta idea. Porco Rosso posee características muy propias del autor. Una de ellas es un universo de gente extrañamente bienintencionada. De personas con otros niveles de códigos. Otra inclusión de la violencia muy distinta a la que nuestras formas de representación hegemónicas nos tienen acostumbrados. El protagonista es un piloto de avión ex-héroe de guerra que ha sufrido una maldición que lo condena a llevar la apariencia de un cerdo. Para Miyasaki, el cerdo es casi una figura divina. Nada parecido a una idea peyorativa (sino más bien haciendo juego con eso). Estas condiciones de realidad dentro de la ficción nos plantean la posibilidad de pensar ese universo como una realidad otra. Como el sueño de alguien. ¿De Miyasaki?



En un fragmento vital de esa película, Porco cuenta su mito fundante: Durante la guerra que lo marcó, tuvo un enfrentamiento. En un momento, dice, se dio cuenta que era el único avión de su lado que se mantenía en pie; entonces, cuenta que perdió el control y la percepción de lo que ocurría para encontrarse, luego, rodeado de nubes blancas. Cuando su avión atravesó las nubes, se vió sólo, sin sus aliados, ni sus enemigos. Alrededor suyo, había cielo abierto vacío y, a lo lejos, una especie de vía láctea, de cinturón de asteroides blancos. A continuación, viniendo de abajo, donde estaba la nube blanca, surgieron todos los aviones que antes lo rodeaban en batalla y se dirigieron con parsimonia hasta esa vía láctea. Que no era otra cosa que una especie de “cielo de pilotos”. Infinitos aviones de guerra, uno al lado del otro, formando ese cinturón lejano. Porco, nuestro protagonista, en ese momento aún humano, intentaba evitar que sus compañeros vayan a ese “cielo” pero su avión lo desobedecía y se hundía en la nube devolviéndolo a la tierra. 
Ahí Porco termina su relato. Quién escucha su historia le hace alguna pregunta que no termina de quitarle ambigüedad a esa increíble imagen. Porco cree que ser un cerdo es un castigo. Otra posible lectura es que es un trauma de guerra, por matar y ver morir. Otra posible lectura es que Porco murió en combate y está en un purgatorio. Necesita experimentar algo para terminar con su maldición y volver a ese cinturón de aviones. Para pasar del “no” al “sí.
La ficción es siempre una realidad otra que se propone mediante mecanismos de desocultamiento ordenar las ideas y experiencias que tenemos sobre nuestra propia existencia. Para quién el sentido de la vida está en otro lado (en un Más Allá),la idea de un instante metafísico en donde se decide todo es por lo menos atractiva, y en el mejor de los casos, movilizadora. Sobre todo porque aúna nuestra experiencia de vida en pocos conceptos, que están detrás de nuestro entendimiento. Lo une todo. La ficción, entonces, aparece como una herramienta indispensable para conjeturar, para ensayar sobre la existencia de ese Más Allá.
Les propongo otra idea, más difícil de cerrar. Si hacemos desaparecer ese Más Allá, con toda la angustia y el desconcierto que eso genera, aún vamos a necesitar siempre esa Realidad Otra. Pero, lo más gracioso es que esa realidad otra ya la tenemos. Todos la tienen. Y es precisamente, la ficción. 
Nadie es huérfano de historias. No se concibe una existencia sin ellas. Entonces, aparece la figura distinta del Más Acá. Como la idea de que estamos atrapados en este instante en realidades muchas y la que creemos como “verdadera” no es más que una de ellas. No menos delirante y onírica que la que antes llamábamos Más Allá (la más otra de las realidades otras). Y entiendo esto como un gran paso, también. Como una aceptación difícil. Pasar de creer del Más Allá en el Más Acá pareciera ser un proceso largo. Como el de pasar de un “no” a un “sí”.