De paseo por Ushuaia pude imaginar otras tres películas.
Una está enmarcada a la manera de La forma de la espada de Borges. Se llama “El coleccionista de orejas”. El relato se desenvuelve en un perfecto inglés británico. El narrador tiene un claro sesgo colonial. Se presenta como un trovador, amante de la buena historia. Comienza su relato con la misión de la corona comandada por Fitz Roy que tuvo a Charles Darwin como figura destacada. Dice al pasar la ocurrencia de que el nombre Patagonia proviene de la obra Pigmalión. Hace énfasis en la figura de grandes monstruos sobrehumanos con los que Magallanes identificó a los nativos.
Durante la expedición, cuenta el narrador, los nativos atacaron y robaron a las tripulaciones. Como mecanismo de negociación, los misioneros tomaron prisioneros. De esa población que comenzó a mezclarse con los europeos cuatro niños fueron seleccionados por sus facilidades. La intención era enviarlos a Europa, ofrecerles la misma educación que cualquier caballero victoriano y que, luego sirvieran de intérpretes entre las misiones y los Yámanas como medio para evitar futuras confrontaciones.
Cada uno de estos niños recibió un nombre cristiano: el más conocido, Jeremy Button; también estaba la niña, Fuegia Basket; York Minster y Boat Memory, los otros dos. Este último, nunca llegó a pisar tierra británica por una viruela. Formulando, desde el inicio de este plan, un pésimo augurio.
Tres años después, los tres ahora formados adultos retornaron. En el bote, mientras circundaban la orilla y divisaban las pequeñas fogatas asomándose en la pradera, pudieron corroborar por qué Magallanes los había bautizado “Tierra del Fuego”, más allá de cualquier otra implicancia conductiva.
El narrador, curiosamente, elipsa ese primer impacto. Los tres jóvenes son reintegrados a sus clanes y realizan su misión de intermediarios sin accidentes. Menciona como Jeremmy Button se vuelve partícipe de varias campañas de reconocimiento territorial por tierra y por mar. A dónde lleva la acción el relato es al primer rito de iniciación que presencian estos tres. No como partícipes sino como nuevos espectadores.
En otra clara intención de vaticinio, el narrador se detiene en la experiencia de Fuegia perturbada por la intervención de Ko'taix, el espíritu femenino cornudo que simula torturar hombres. No se determina si la perturbación es por indignación ideológica (el rito es altamente patriarcal y primitivo) o por simple impresión a la imagen (el iniciado es sometido a pruebas de explícita violencia).
Los tres personajes continúan su misión con poca eficacia. En cierto periplo se da a entender que si la misión fracasó pudo haber tenido que ver con un posible sabotaje oculto de nuestros tres héroes. Una misión de varios años después encontraría a los tres supuestamente ya totalmente readaptados a sus viejas tradiciones. Fuegia era madre de una inmensa familia que hablaba el idioma legal, el castellano, y perfecto los kawésqar, yagán y selknam. Ni una palabra de inglés. Lo cierto es que la participación colonial se suspendió luego de que los gobiernos en formación de Chile y Argentina convinieran en un pacto militar que repartió las tierras y la responsabilidad de los habitantes que moraban en ellas.
Como sucedió en tantas otras colonias, muchos europeos se afincaron y fundaron estancias que pujaron la economía local. Sus descendientes siguen aún hoy en esas mismas tierras siendo ciudadanos ilustres.
Con esa parsimonia la película termina su segundo episodio. El tercero cobra un giro brusco. La narración ahora se sitúa en las proximidades de una de estas estancias. Su dueño tiene el apodo de Chancho Colorado. El planteo nos muestra al estanciero ofreciendo a un grupo de peones ingleses, escoceses, irlandeses e italianos una recompensa por cazar onas. Así llamaban a los indios del norte de la isla. Ofrecía una libra por testículo o seno y media por oreja de niño.
La película muestra la cacería con detalle. Entre los cazadores se destaca uno que hace mucho más dinero acumulando orejas. Cuando Chancho Colorado, con admiración, curiosea por su procedencia el narrador detiene el relato y dice en perfecto castellano: “ese soy yo, Kevin Minster, nieto de York. Nada mejor para cazar un indio que otro indio”.
La película funciona si se mantiene en el filo entre el regodeo de su punto de vista y la potencia de la ambigüedad.
Tiene un epílogo: este mismo Kevin visita un convento salesiano en la Isla Dawson para conversar con un hermano suyo, cura ahí. A esa isla, las familias migrantes enviaban a los Onas para evitar que sean cazados. La mayoría de los nativos terminaban muriendo de enfermedades producto de los cambios de vida y la falta de acostumbramiento. En su encuentro, Kevin le dice a su hermano con resquemor que él y su convento mataron más indios que su cacería. El cura alega que al menos no permitió que ninguno de sus yaganes partiera en una jaula hacía la exposición de París. Ahí termina.
La segunda película es de carácter fantástico. Se llama “La ciudad secreta de los castores”. Un guía, en una caminata, muestra a un grupo de visitantes la profundidad de un pozo cuidadosamente cavado en la turba que caminarán. Hunde un largo tronco, lo eleva hasta cierto punto y muestra como sale mojado en más de dos metros de extensión. Esto para no relajarse en la agradable sensación de blandura que les daría ese piso barroso. Una familia de holandeses que algo del idioma entendían resultó particularmente aturdida por este peligro.
Ya en un refugio, el guía cuenta como un castor asesinó a su perro una tarde de pesca. Narra con desdén como esos animales traídos para incentivar la actividad peletera resultó en una plaga que pone en riesgo el ecosistema y no produjo el más mínimo favor económico a la población. Muchas turbas son producto de viejas castoreras.
De camino de vuelta, el hijo adolescente de la familia neerlandesa cree ver la silueta de un animal pasando por dentro del pozo. El guía no le da ninguna importancia. Quizás, entre el idioma, la excitación y la lejanía, no le entendió una sola palabra.
Frank, así se llamaba, camino a la Laguna Esmeralda, cree ver a una persona que se aleja del camino, se dirige a una gran extensión de campo rojizo, encuentra un lugar en particular y, ahí mismo, da un salto en palito y desaparece en la tierra. Su familia le toma la palabra, entra en un estado de desesperación e intenta, por todos los medios, llamar la atención de alguna persona local que pueda ayudar a ese extraño absorbido por el barro. Para lograrlo, aprender a decir en español: “un hombre, se lo tragó la tierra, en la turba”. Cuando dan con un guardaparque, estos se toman la imagen a la risa y los tranquilizan. Frank cree ver una mirada oscura y sospechosa en el guardaparque, mientras se alejan.
Una vez en el hotel la familia discute durante toda la tarde. Algo en la tranquilidad anestesiada de esas vacaciones extrañas había sido definitivamente perturbado. Frank decide seguir de viaje por su cuenta. Era tanto el fastidio, que sus padres y su hermana aceptan.
A los dos días Frank se arrepiente. Sus planes habían sido mucho más insípidos y monótonos de lo que esperaba. La imagen de un humano hundiéndose en el barro retornaba y, para entonces, creía mejor conversar con su familia para intentar hacer que pierda fuerza. Al regreso al hotel, la recepcionista le comenta con preocupación que desde hace dos días que la habitación estaba vacía.
Frank fracasa en pedir ayuda a la policía, a los medios y a algunos otros locales. Constantemente es abandonado y dejado a su suerte. Algunas veces de forma casual y natural, otras más abruptas y coordinadas. Camina perdido por la costa. Se encuentra en un lugar llamado Bahía Cucharita. En el estado de shock que se encuentra decide nadar.
Sale peligrosamente mojado y desabrigado en una costa del Parque Nacional. Es de madrugada y no se ve a nadie. Hay poca luz. Frank cree que ve un animal de un metro de largo y decide perseguirlo. Camina tanto que ya no tiene noción de por donde vino. En un momento pierde al animal y, luego lo vuelve a encontrar. ¿Estaba guiándolo o escapando?
El animal, cualquiera sea, desaparece. Frank cree que lo vió entrando en la corteza hueca de un árbol podrido. Decide descansar. No tenía frío. En la quietud, descubre fastidiado como, para formar senderos, la gente del lugar derribó varios árboles. La imagen de la pared de raíces debajo del árbol caído lo hipnotiza. Se mete parque adentro.
Unos pocos pasos luego, ve un árbol gigante caído. Da el rodeo para ver el inmenso hueco que seguramente dejó. En la tierra blanda encuentra un hueco sin fondo. Una puerta, cree. Sin mediar razón, salta.
Como en El Sur de Borges, la acción a continuación cambia de tono. Esto puede significar que las cosas son como son o son algo más.
Debajo de la tierra se encuentra la ciudad secreta de los castores. Un mundo oscuro y acuoso pero visible, repleto de islas, vegetación y calor. En ese mundo Frank reencuentra a su familia. Esta se encuentra involucrada en una guerra. La sensación es que ahí abajo no pasaron dos días sino meses. Los perros habían empezado a invadir la ciudad y querían tomar el control. Estaban teniendo éxito pero con un gran riesgo. Si los castores eran vencidos, toda la ciudad colapsaría ya que necesitaba de su trabajo ingenieril para sostenerse.
La familia de Frank se había convertido en asesinos de perros. Luchaban junto a los castores defendiendo la ciudad secreta de sus invasores. Lucían distintos, se comportaban distintos, hablaban distinto. Su padre le pidió conversar en privado. Le encomendó la misión de volver a la superficie, debía ir en busca de un hombre en particular, un británico que mora en la estancia Harberton. Él sería el aliado ideal para poder brindar a los castores las armas suficientes para terminar de una vez por todas con esa batalla. Le encomendó esa misión con una aclaración vital. Los locales no podían enterarse. Según él, ya estaban demasiado sesgados contra los castores y pondrían ese paraíso en riesgo.
Ese mismo instante Frank pudo ver el futuro: los Harberton, quizás aliados a otras grandes familias de terratenientes y empresarios del turismo, lograrían el cometido: librarían la ciudad de perros y con esta acción, plantarían su bandera. A continuación, remodelarían la ciudad con fines turísticos. La cercarían. Pondrían a los castores a su servicio. Construirían un gran hotel spa a oscuras donde celebridades y personajes de la élite podrían descansar de la luz. Y cuando cada habitante de esa ciudad subterránea fuera un empleado o beneficiario de su emprendimiento, formarían un gobierno soberano que tome decisiones democráticas. A su servicio. En el mejor de los finales, imaginó Frank, la ciudad no sucumbiría a las propias ambiciones de sus nuevos dueños, sino que se mantendría explotada y parasitada por un largo tiempo de agonía.
Frank muere de forma heróica luchando del lado de los perros. Fin de la segunda película.
La última de las tres, es de terror psicológico. Se llama “la madera que queja” y quizás tenga algo que ver con El Zahir o con La escritura del dios.
En el hospedaje donde paran, Malena y Roberto, su novio italiano, está roto el termostato. Habían huído del calor hacia el sur y, aún así, la loza radiante los tiene desnudos y fastidiosos en sus vacaciones. Deciden realizar un trekking nocturno para empaparse de frío.
Al llegar a un descampado, Adela, la mujer guía, les cuenta sobre el idioma de los espíritus del bosque, el quejido de la madera. Ese crujido que hacen los troncos que resisten al viento, dice, es un lamento que pide a los visitantes que se alejen. A veces con pena y sufrimiento, a veces con furia.
Adela cuenta que el sonido puede perseguirte fuera del bosque. Esto es señal de que un grave daño se ha hecho en la naturaleza y que hay un alma buscando venganza. Quién posea este mal está condenado.
La noche siguiente en su hospedaje, Malena siente el ruido. El alojamiento es de ladrillo y chapa, no hay madera cerca. Asustada, le cuenta a Roberto, su novio italiano. Él se ríe. Piensa en los miles de casos de incendios, de caza deportiva y de talas indiscriminadas que existen. Dice que toda esa gente duerme tranquila y es a ellos a quiénes los espíritus deberían ir a buscar primero. Ella no tenía nada de qué preocuparse. Aún así entre el calor y la rumiación no puede dormir tranquila.
Durante esa semana, Malena, mal descansada, continúa escuchando ese sonido. Es incapaz de negarlo. Deja de comentárselo a su novio, por razones obvias, pero tiene muy presente el impulso de huir.
Pasa esos días de caminatas y navegaciones mirando las bandadas de pájaros que se alejan por el cielo. Le llama la atención la ausencia total de perros y castores en todos los parques y senderos. Cada guía comenta la irrefrenable plaga de ambos, pero no están por ningún lado. ¿A dónde se fueron?, piensa.
Por la ventana, Malena ve a una cama elástica siendo arrastrada por el viento, como vió tantas veces en esos videos de bloopers. La ventana no tiene persiana, así que no tiene forma de evitar mirar hacia afuera, de que entre la luz de la avenida al alojamiento. Siente como cada noche entra más luz al dormitorio. Roberto duerme plácido. Ella no recuerda bien qué noche es y cuántas faltan. El ruido sigue ahí.
El calor crece. Va a ver el termostato que marca 30°. Intenta hacerlo descender a 14°, el mínimo, pero esto produce que crezca aún más la temperatura. La luz de afuera también crece. El ruido de la madera, de pronto, es un estampido. Malena se convence a sí misma de que está alucinando. Quizás, por eso, él y Roberto inmóviles mueren incinerados por el incendio que llevaba ya unos días en la cercanía.
En sus últimos segundos de vida, Malena escucha la voz de Adela hablando sobre el idioma de los espíritus del bosque. Decía que uno de los mensajes que más se escuchan es el de la madera dando el portazo. Ese sonido es idéntico al del tronco quebrado que cae. Su mensaje es el mismo: “Demasiado tarde”.




