
En Waking Life, Richard Linklater ensaya alrededor de varias teorías parecidas la idea de que la vida es un instante. Un instante antes de la eternidad. Una ilusión propuesta, o por un demonio que nos quiere retrasar de Dios o por nosotros mismos. Nuestra vida es, no el devenir de un tiempo que nos cambia, sino el proceso impostergable hacia la aceptación del cielo. De pasar del “no” al “sí”.
Todo esto surge a colación de que su personaje principal no puede despertarse de un sueño. Y empieza a temer, al final, que esto se debe, quizás, a que está muerto y que todo a su alrededor también lo esté. Y que eso es la muerte. La película termina con ese personaje siendo levitado hasta perderse como un punto ínfimo en el cielo.

Algo parecido podemos decir del final de Lost (con el que muchos reniegan). Lost popularizó una estructura narrativa de lo más interesante bajo el nombre de Flash Sideways. Esto es una realidad otra. La ficción es, de por sí, una realidad otra. En Lost, sucedió, que había una realidad paralela dentro de la ficción. Estaba el universo aparentemente azaroso e inconexo de la “isla”. Las vidas previas. Y otras vidas, también, que “nunca habían sucedido” pero que estaban sucediendo. Toda la obra (la serie) se circunscribía a la idea de purgatorio. Como sueños dentro de sueños. O a la de un período de no-tiempo; Un instante. Previo a que las almas de sus protagonistas pasen a la eternidad. Una puja maniquea (entre un bien puro y un mal puro). O el pasar del “no” al “sí”.
En otra película, de lo más interesante, Hayao Miyasaki propone algo que está bastante cerca de esta idea. Porco Rosso posee características muy propias del autor. Una de ellas es un universo de gente extrañamente bienintencionada. De personas con otros niveles de códigos. Otra inclusión de la violencia muy distinta a la que nuestras formas de representación hegemónicas nos tienen acostumbrados. El protagonista es un piloto de avión ex-héroe de guerra que ha sufrido una maldición que lo condena a llevar la apariencia de un cerdo. Para Miyasaki, el cerdo es casi una figura divina. Nada parecido a una idea peyorativa (sino más bien haciendo juego con eso). Estas condiciones de realidad dentro de la ficción nos plantean la posibilidad de pensar ese universo como una realidad otra. Como el sueño de alguien. ¿De Miyasaki?

En un fragmento vital de esa película, Porco cuenta su mito fundante: Durante la guerra que lo marcó, tuvo un enfrentamiento. En un momento, dice, se dio cuenta que era el único avión de su lado que se mantenía en pie; entonces, cuenta que perdió el control y la percepción de lo que ocurría para encontrarse, luego, rodeado de nubes blancas. Cuando su avión atravesó las nubes, se vió sólo, sin sus aliados, ni sus enemigos. Alrededor suyo, había cielo abierto vacío y, a lo lejos, una especie de vía láctea, de cinturón de asteroides blancos. A continuación, viniendo de abajo, donde estaba la nube blanca, surgieron todos los aviones que antes lo rodeaban en batalla y se dirigieron con parsimonia hasta esa vía láctea. Que no era otra cosa que una especie de “cielo de pilotos”. Infinitos aviones de guerra, uno al lado del otro, formando ese cinturón lejano. Porco, nuestro protagonista, en ese momento aún humano, intentaba evitar que sus compañeros vayan a ese “cielo” pero su avión lo desobedecía y se hundía en la nube devolviéndolo a la tierra.
Ahí Porco termina su relato. Quién escucha su historia le hace alguna pregunta que no termina de quitarle ambigüedad a esa increíble imagen. Porco cree que ser un cerdo es un castigo. Otra posible lectura es que es un trauma de guerra, por matar y ver morir. Otra posible lectura es que Porco murió en combate y está en un purgatorio. Necesita experimentar algo para terminar con su maldición y volver a ese cinturón de aviones. Para pasar del “no” al “sí.
La ficción es siempre una realidad otra que se propone mediante mecanismos de desocultamiento ordenar las ideas y experiencias que tenemos sobre nuestra propia existencia. Para quién el sentido de la vida está en otro lado (en un Más Allá),la idea de un instante metafísico en donde se decide todo es por lo menos atractiva, y en el mejor de los casos, movilizadora. Sobre todo porque aúna nuestra experiencia de vida en pocos conceptos, que están detrás de nuestro entendimiento. Lo une todo. La ficción, entonces, aparece como una herramienta indispensable para conjeturar, para ensayar sobre la existencia de ese Más Allá.
Les propongo otra idea, más difícil de cerrar. Si hacemos desaparecer ese Más Allá, con toda la angustia y el desconcierto que eso genera, aún vamos a necesitar siempre esa Realidad Otra. Pero, lo más gracioso es que esa realidad otra ya la tenemos. Todos la tienen. Y es precisamente, la ficción.
Nadie es huérfano de historias. No se concibe una existencia sin ellas. Entonces, aparece la figura distinta del Más Acá. Como la idea de que estamos atrapados en este instante en realidades muchas y la que creemos como “verdadera” no es más que una de ellas. No menos delirante y onírica que la que antes llamábamos Más Allá (la más otra de las realidades otras). Y entiendo esto como un gran paso, también. Como una aceptación difícil. Pasar de creer del Más Allá en el Más Acá pareciera ser un proceso largo. Como el de pasar de un “no” a un “sí”. |
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