Poseo con la poesía un vínculo que oscila entre un reconocimiento más allá de las fronteras del lenguaje y una aversión que se dispara como un mecanismo de defensa frente al abismo de la sensibilidad. Desde pensar que todo obrar tiene su poética; sentir, pensar y hacer (el hacer de la poiesis) son una misma cosa; a intentar alejar mi percepción cuando poetizo. Como si fuera una opción.
Ricciotto Canudo, muy entusiasta con el Cine, propuso una especie de recorrido de las Artes hasta desembocar en el “Séptimo Arte”. Para él, el Arte Total. A la Poesía la sitúa en una segunda etapa y como una decantación de la Música, muy cerca de la representación (que para Canudo nunca es Arte) y de la Danza (que se vuelve Arte más adelante). La Poesía es la palabra que acompaña al ritmo de la naturaleza. Se hace Arte cuando gana autonomía del sonido.
Por supuesto que la categorización de Canudo es entre caprichosa y absurda más allá de cierto derrotero antropológico. No creo que haya cumplido su cometido excepto ese slogan numérico que sobrevivió al paso del tiempo. Servirá, al menos, como contrapunto.
Paul Valery comparaba la prosa y la poesía con la figura de un cuerpo que se traslada. Donde, curiosamente, la poesía es la danza. La poesía es ese cuerpo que se traslada donde prima la forma antes que el sentido. No parece haber un vector dominante que direccione el movimiento. Se desarma la expectativa hacia la conclusión de la acción. Es un estar habitando el traslado.
Superpongo a Alain Badiou que conectaba esa noción de cuerpo y forma (la danza) con el pensamiento. Pensar es bailar. Bailar es poetizar. Ergo, pensar es poetizar.
Lo que se puede vincular inmediatamente con esos dos devenires primeros es lo que desautomatiza. La danza desautomatiza al cuerpo, la poesía desautomatiza la palabra. ¿El pensamiento qué desautomatiza?
Si hay una definición dentro del reino de lo poético que atesoro de estas últimas indagaciones, es la que iguala lo clásico con lo previsible. Trae esa extraña satisfacción que produce echarle luz a una cosa canonizada y descubrirle alguna morbidez. Quizás sea justo también reconocer cómo esa igualación es recursiva. El reconocimiento volvió a la obra clásica y su reproducción la volvió previsible. Luego, la reproducción de lo previsible se vuelve forma de lo clásico. Pero, ¿se puede desautomatizar desde la previsibilidad? ¿No es un clásico un parámetro de nuevos automatismos?
Los niños no saben nada de clásicos. Es más, el mundo es un lugar extraño y de cierto peligro. Al niño la repetición le produce confort. Incapaz de especular, de imaginar, de anticipar; el niño revive experiencias con intensidad moldeando su sensibilidad. Todo es tan nuevo, hay tanto detalle por descubrir, que repetir en demasía no es engorroso, ni sofocante.
La palabra “verso” viene del latín “volver” (otra lectura etimologica posible rima volvere con “volverse”; es decir, a darse vuelta o a transformarse). El ritmo del poema es la repetición de algo que vuelve. En ese retorno, en ese deshacer el tiempo, nos volvemos niños. Volvemos a moldear nuestra sensibilidad. El clásico es el confort del adulto para la suya, según cómo la tenga. Una lectura puede desbaratar el lenguaje en los intersticios del más estructurado clasicismo. Si la sensibilidad lo permite. Si el pensamiento acompaña.
Porque, sigo sosteniendo, están juntos. Es incuestionable lo ligada que está la experiencia musical de nuestras emociones. Para Canudo la Poesía emana de la Música porque en algún momento la humanidad se comió el cuento del control. La música, la danza y la poesía son, en realidad, lo mismo, porque sentir y pensar también lo son. Cambia, a penas, la sustancia que expresa.
Será por estas aseveraciones férreas que me asusta tanto la poesía. Porque quizás sea una de las formas más crudas, más totales, de mirarme en un espejo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario