domingo, 2 de agosto de 2015

En la ciudad antigua de Rakkaus

En la ciudad antigua de Rakkaus, en un tiempo no muy lejano, el pueblo se vio movilizado ámpliamente luego de que el consejo gobernante sacara un edicto que prohibía la Conversación sobre tierra firme. A partir de este evento histórico, se hizo una costumbre ineluctable para su población, visitar las aguas tibias del lago Elämä para practicar el Arte vedado. Como era de esperarse este movimiento produjo ciertas divisiones entre los habitantes de la ciudadela. Había de los que se zambullían en el lago a nado, surcando las aguas gustosos, indiferentes de los peligros que podrían emerger o estar bajo la superficie; practicando el Arte con quién se cruzara con ellos, haciéndose cada vez más fuertes y más idóneos para la Conversación, pero que en su afán de permanecer bajo sus propios medios no podían bajo ninguna causa darse el gusto del descanso hasta retornar a una orilla fuera del agua. Había de los que partían de la orilla en un bote, acompañados para tener una única, larga y profunda Conversación. Sobre su bote estaban cómodos, seguros y descansados pero se veían imposibilitados de intercambiar Conversaciones con otros. Para algunos esto era un acto tan tirano como estar en tierra firme, para otros era el sitio soñado desde donde uno puede también relajarse y disfrutar del paisaje despreocupado de otras cosas. Por eso para muchos el bote era recomendado para poder acercarse al centro del lago, ver desde cerca a los nadadores, los que flotaran en pequeños troncos, los que bajan y suben de sus botes; para luego quizás poder dar el salto. 
El lago Elämä era un enigma para muchos, que desde lejos inventaban pretextos para no concurrir en sus aguas misteriosas. Desde la orilla estos permanecían mirando con ojos escondidos. Llenos más de fantasías nunca cumplidas que de contemplación.
Las aguas del lago no eran fáciles de surcar, por eso muchos partían en sus botes sin la seguridad de que fueran a retornar remando sino a nado. Esto era una excusa para muchos para nunca partir de la orilla. La mayoría simplemente actuaba ignorando esto y cuando su bote encallaba se producían algunos disturbios inesperados. 
El acto de la Conversación siempre es beneficioso, hace mejores personas a quienes lo practican y produce gran placer. Para los tiempos del edicto, la Conversación se volvió el motivo de vida de muchos que no hacían otra cosa, ya sea abiertamente o dentro de sus cabezas esquivas, que tratar de proveerse de un bote y un acompañante para poder pasar la mayor cantidad de tiempo flotando. Esta era la moda.
Lo más satisfactorio y desafortunado era, sin embargo, que para realizar una Conversación era necesario, por lo menos, de dos personas. Y cada quién era hábil a su manera para hacerlo por más que se piense lo contrario. Ahí recae, también, el dilema del medio de transporte. Porque desde esta instancia, particularmente, se puede entender rápidamente que el peor delito que puede cometerse es estar embarcado en un bote en el que uno no rema; o estar nadando en las aguas sin más energía, a punto de ceder y hundirse. De cualquiera de las dos formas es siempre preferible evitar la Conversación, o por lo menos, dejarla para otro momento y permanecer en tierra firme. Lo trágico de esto es que parece no existir mejor manera de notar la gran cantidad de barcos encallados más que surcando libre el río a nado.  Y, a su vez, es probable que uno no vea salvo desde el bote, a quienes parecen no tener más energías y están ocupados en sostenerse mientras no cesan en Conversar.

No hay comentarios: