El lago Elämä era un enigma para muchos, que desde lejos inventaban pretextos para no concurrir en sus aguas
misteriosas. Desde la orilla estos permanecían mirando con ojos escondidos.
Llenos más de fantasías nunca cumplidas que de contemplación.
Las
aguas del lago no eran fáciles de surcar, por eso muchos partían en sus botes
sin la seguridad de que fueran a retornar remando sino a nado. Esto era una excusa
para muchos para nunca partir de la orilla. La mayoría simplemente actuaba
ignorando esto y cuando su bote encallaba se producían algunos disturbios
inesperados.
El acto de la Conversación siempre
es beneficioso, hace mejores personas a quienes lo practican y produce gran placer. Para los tiempos
del edicto, la Conversación se volvió
el motivo de vida de muchos que no hacían otra cosa, ya sea abiertamente o
dentro de sus cabezas esquivas, que tratar de proveerse de un bote y un
acompañante para poder pasar la mayor cantidad de tiempo flotando. Esta era la
moda.
Lo más satisfactorio
y desafortunado era, sin embargo, que para realizar una Conversación era necesario, por lo menos, de dos personas. Y cada
quién era hábil a su manera para hacerlo por más que se piense lo contrario. Ahí
recae, también, el dilema del medio de transporte. Porque desde esta instancia,
particularmente, se puede entender rápidamente que el peor delito que puede
cometerse es estar embarcado en un bote en el que uno no rema; o estar
nadando en las aguas sin más energía, a punto de ceder y hundirse. De
cualquiera de las dos formas es siempre preferible evitar la Conversación, o por lo menos, dejarla para otro momento y permanecer en tierra firme. Lo trágico de esto es que parece no existir mejor manera de notar la gran cantidad de barcos encallados más que surcando libre el río a nado. Y, a su vez, es probable que uno no vea salvo desde el bote, a quienes parecen no tener más energías y están ocupados en sostenerse mientras no cesan en Conversar.

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