Alguna vez Borges escribió un cuento completo sobre un
hombre incapaz de dormir en busca de un antídoto contra el insomnio. Creo que a
esta altura de la noche estoy empezando a cansarme de empezar a escribir textos
donde cito ineluctablemente a Borges tratando de describir una capacidad suya y
una incapacidad mía. Pero al mismo tiempo me pregunto si eso no es, de alguna
forma, lo que hace a nuestros ídolos vigentes. Una estatua dura a la que nos
queremos parecer pero fallamos. Nos volvemos una especie de copia de carne
flácida. Donde la tensión de nuestros músculos en busca de imitar la rigidez de
la obra de arte nos muestra más nuestra flaqueza y debilidad que nuestro
parentesco.
Una buena obra de arte es la que abre puertas dentro de
nuestra consciencia, no la que responde las preguntas que no nos hicimos. El
problema, como con toda libertad, es la incertidumbre, la angustia de sentirse
perdido en un lugar siempre más grande que el mundito en el que estábamos antes
de cruzar el umbral. Y la noche es para el ser humano un refugio, un recreo
para ordenarse cuando ya estamos faltos de energías para transformar.
Ahora la noche es para mí una prisión de puertas abiertas.
Un relato suicida. No se puede hablar de ciertas cosas por miedo a hacerlas
ciertas. A su poder contagioso. Yo quiero hablar, pero solo en metáforas. En
impulsos que tiene mucho más valor en el símbolo que en lo fáctico. En el mundo
de hoy, abandonarlo, ya no significa más una bomba cargada de sentido. Estamos
dan rodeados de posmodernismo; y con
posmodernismo me refiero a faltos de significados, a un mundo de vaguedades e
incoherencia; que realizar un acto irrecuperable, irreversible no puede
transformarse en otra cosa que un acto egoísta.
No estoy leyendo lo que escribo así que por favor no me
hagan responsable de ello. No nos hagamos jamás responsables de lo que hicimos,
hagámonos responsable de lo que causaron nuestros actos. Aunque, por otro lado,
escribir es convertirnos un poco en los dioses de nuestras ideas. En seres
perpetuos encerrados en unas cuantas letras conectadas. Que puede, como una
bomba atómica, cargar más fuerza en el espacio energético entre sus moléculas
que en su propia masa.
Y es increíble como todo lo inocente de estos versos son
siempre más amados que lo que nos lleva tiempo construir. Salvo por la mentira
del valor del esfuerzo. Entonces, ¿por qué no valoramos el momento? Esa
variable a la que tememos por miedo a que se acabe y se vuelva contra nosotros.
Y por eso disfrutamos del ojo ajeno, de sembrar, de no cruzar ninguna línea
roja. ¿Qué hay que hacer ahora para distinguir un miedo de un regocijo? ¿Qué
droga tenemos que inocularnos?
Porque hablar de drogas esta también prohibido. Y empiezo a
pensar que todo lo que se prohíbe es por miedo a que se contagie. Empiezo a quedarme
sin ideas. Y me pregunto si eso no será que estoy más calmo. Y empiezo todas
mis oraciones con un conector de adición. Como si estuviera cansado de
escribir. Y es que estoy cansado. Pero mañana me despierto más temprano de lo
que debo. Me debo despertar más temprano. Hasta el pero es un conector sin
sentido. Conectar, muchas veces, es una operación sin sentido. El sentido es
muchas veces lo que no tiene sentido pero nos calma. Calma.
Calma. ¿Es todo
para eso?
Entonces tan mala no era.
Buenas Noches.

No hay comentarios:
Publicar un comentario