Desde que Judith me dijo “Los
hombres son todos iguales” me encuentro en una pesadilla muy poco agradable.
Recuerdo haberle dicho antes, lo de siempre; que para mí solo existían dos
mujeres: ella y todas las demás. Pero eso no evitó que ella me sumerja en donde
estoy, diciéndome que yo era igual a todos los hombres, a todos los demás. Es
decir que solo existe uno.
Esta pesadilla es de esas que
tienen la terrible cualidad de ser sueños dentro de sueños como para que nunca
comprenda el soñador de turno, cuando dejó de soñar y cuando vuelve a la vida.
Comienza el día (comienza la pesadilla) y me levanto en mi cama. Una luz, luz
como de farol, a lo horizontal de mi habitación, entra por la ventana y me
despierta. Me envuelve, pasa dos veces y desaparece. Entonces entiendo que estoy despierto, pero
esto dentro de la pesadilla.
La luz es una metáfora entonces.
Me ilumino de las penumbras de dormir, me reconozco a mí mismo, pero después
desaparece. En realidad, sigo soñando.
Me paro y corro a penas la
cortina verde musgo horrible que hay en mi habitación. Me asomo por la ventana.
La sinfonía de todos los días: los autos, los gritos, el sonido del humo
urbano. La veo pero aún no veo lo peor, recién veo lo de siempre. Y de nuevo,
le doy la espalda a la ventana y desaparece de mi vista.
Ahí la veo a ella, boca abajo con
la pata flexionada que le da a su cola entangada otro gusto. Un gusto que me hace olvidar su boca
semiabierta babeante, la hace parecer un ángel. Un ángel con ropa interior
mínima y que expone casi imperceptiblemente ya que desaparece dentro de su
carne. Gracias a esa pata flexionada, esa recurrente posición de hombre de
pintura de pared de pirámide egipcia. Como pidiéndome a gritos que la nalguee y
eso hago. Para qué.
Despierta de mal humor. Dentro
del sueño, claro. Cuando una mujer despierta está de mal humor. Cuando
despierta de mal humor es una pesadilla. Cuando una mujer despierta de mal
humor en una pesadilla es aún peor.
Me repite de nuevo eso de que
todos los hombres son iguales, se viste y lo repite de nuevo, parece la letra
de un tango. Los que yo conozco son
siempre de hombres despechados, arruinados. Termina de repetir la vez numero
setenta y cuatro de la misma frase y sale dejándome un ron cubano por la mitad,
un forro usado colgado del velador y un gusto a pasto en la boca que supongo
debe ser la razón por la que no me dio un beso antes de irse. Yo debería estar
cantando el tango ahora.
Eso pasa cuando uno tiene sexo
con su ex. Se acuerdan porqué lo dejaron y a la mañana siguiente le ahorran a
uno el desayuno. Aunque a decir verdad, haber desayunado con ella en este sueño
me habría ahorrado pensar qué comer. Qué hacer en las próximas 3 horas de sueño
o quince segundos de sueño. Ahora estoy con ese vacío que dejó en la botella de
ron. Si no hubiera venido nunca, no tendría ese vacío en la botella. Voy directo al almuerzo. Hamburguesas y café.
Mientras se calienta el agua y la
plancha voy a lavarme los dientes. Me detengo un rato largo en el espejo. ¿Soy
yo? En los sueños a veces uno es otro. Pero nunca se mira en los espejos. A
menos que esté por despertar, ahí se da cuenta que uno es otro, o sea, que eso
no es la realidad y por lo tanto es un sueño. Mi momento favorito de los
sueños. Lamentablemente, el más corto. Sí, soy yo. Con la barba demasiado
larga. Me olvidé afeitarme como hace veinte sueños. Ahora la pava suena o está sonando hace un
rato largo, desde “pero nunca se mira en los espejos”. Tengo que dejar de
hablar solo.
Ya terminé la comida, el café. El
reloj suena como si fuera una bomba programada. Siempre es mi alarma para no
dormir más que demasiado. Si me levanto antes no la apago y suena como bomba
con minutero. En las clases me decían que la bomba la ponen los malos, el
minutero los guionistas. Por eso me pondré todas esas bombas. (Estoy asumiendo
también que soy el malo). Debo estar demasiado dormido porque esa bomba no me
despierta. Miro el pronóstico, es decir, veo de nuevo por la ventana. El sol está demasiado fuerte. Saldría con
polera solo para no perder piel. O no saldría, mejor. Así no tengo que cruzarme
con el mundo. Salgo igual, vestido de playa pero en la jungla de asfalto.
Y recién ahora empieza la
pesadilla. El portero, el primero que me cruzo. Le veo el peinado de siempre:
pelo largo grasoso, colita de mujer, entradas. Ropa deportiva blanca, posición
de siempre. Misma inactividad. Pero hay algo joven y glamouroso en él. Mentira,
tiene mi cara. El portero tiene mi cara. Lo saludo. Tiene mi voz. Qué voz
horrible que tiene el portero ahora que tiene mi voz. Mejor nunca prestarles
mucha atención a los porteros. Saben todo de todos y están aburridos. La gente
aburrida es muy peligrosa.
Chau versión de mí pero con buena
obra social tengo aún muchas cosas que hacer. Mentira. Sigo camino. Pasa un
viejo corriendo y casi me choca. Se da vuelta para pedir disculpas. Va tan
lento que nos podríamos quedar charlando sobre el partido del fin de semana
mientras corre y yo sin moverme. Se da vuelta para pedir disculpas y tiene mi
cara. Sigue siendo viejo y lento, pero con el ímpetu de llevar mi cara. Encima
arrugada. Como si yo no me fuera a cuidar de las arrugas y termine así. Me
quedé parado bajo el sol. Eso no me sirve. Cruzo para buscar la sombra y no
hacerle caso ni a Diego Torres, ni a Katrina. Pasa un auto y el conductor me
deja pasar únicamente porque tiene mi cara.
Debió haber sentido algún tipo de afinidad sobrenatural para dejarme
pasar.
Llego a la parada del colectivo.
En la cola dos flacos muy apuestos. Uno vestido todo de negro, musculosa,
pantalón largo, botas, mi cara. El otro más adaptado al universo: una malla y
una remera blanca, también con mi cara. Me corro a un costado. Nunca hago cola
porque nunca tengo apuro de subirme a ningún colectivo. Esa necesidad de orden,
de evitar el conflicto, de saber que sos mejor que uno y peor que otro aunque
sea en proximidad de subirte a esa lata de sardinas a mí no me sirve. Prefiero
taparme del sol y subirme último y ser mejor que todos esos giles con mi cara.
¿Tendrán mi forma de ser también? No creo.
No tengo la tarjeta para el
colectivo. Las monedas ya ni las recibo. Le tengo que pedir a uno de los yo que
hay ahí, si me prestan. Voy con el de malla, parece más humano.
“Disculpame”. No se da cuenta que
tiene la misma cara que yo. Dice que no tiene carga, que está en la misma.
¿Gracioso, no? Ok, espero dos segundos. Espero cuatro segundos. El hijo de puta
del metalero no me dice nada. ¿No es obvio que le voy a preguntar también a él?
Parece una especie de guerra patética. Yo ahora no le quiero preguntar, solo lo
miro. Él sabe que le voy a preguntar pero no se va a ofrecer, necesita que yo
me rebaje. Viene el bondi y se sube rápido. A la mierda, camino. Le estoy
haciendo el gesto del dedo por la ventana mientras se va pero me da la espalda.
En eso veo que saca un cuchillo y se lo pone en el cuello al colectivero. Qué
degenerado. Con tanta gente buena arriba del bondi. El colectivo se pierde en
el horizonte de Colegiales. Y yo me perdí el espectáculo. Justicia poética.
A la mierda, camino. Ni siquiera
sabía a donde iba. Se me ocurre seguir el rastro del 151 ese. Camino por el
sol. En la sombra tengo frío. En frente, un viejo arrimado con una silla para
jardín de infantes en la vereda, medias largas que eran verdes en los ochenta y
un termo al ladito en el piso, me saluda. Tiene mi cara. No lo conozco. Le
devuelvo el saludo.
A las tres cuadras de ver mi jeta
por todos lados, lo reconozco. Camina para mi lado. ¿Se acordará de mí?
Aguzando un poco la vista, se ve el 151 parado al final de la cuadra. El
metalero con mi cara escapa directo hacía mí. Me escondo en un arbusto mínimo y
pasa de largo. Si me quería ver me veía. ¿Lo sigo? Lo sigo.
El metalero se escapa con su motín
y yo sé que en el mejor de los casos si me descubre persiguiéndolo tiene un
cuchillo más que yo. Camino a cincuenta metros máximo de distancia. Pero no se
voltea. Sigue derecho por Conde. Tiene miedo. Con el tiempo, caminando a la
noche, me empecé a dar cuenta quién me podía querer afanar y quién tenía más
miedo de que yo lo afane. Si me cruzaba al metalero este a las 12, el cruzaba y
yo seguía por la misma vereda.
Siguió, fácil, cinco cuadras sin
voltearse. Pasando por la cuadra del viejo, me saludó de nuevo y yo lo volví a
saludar. El metalero no se volteó. Después de eso decido acercarme. Camino cada
vez más cerca hasta que estoy a dos pasos. En una esquina dobla, yo tardo un
segundo en doblar. Comienza a correr. Yo no corro, apuro el paso y mi paso
apurado es casi tan rápido como su sprint miedoso. Lo veo doblar de nuevo en la
misma manzana y creo entender lo que está haciendo así que me paro en el lugar.
Vuelvo a Conde. Me escondo en otro arbusto y espero. Lo veo llegar corriendo
por la esquina. Cuando dobla se frena y para. Está agitado. Una pandilla de
pendejos está sentada en la esquina de donde me escondo. Todos con mi cara. Uno
con mi cara y un corte a lo Cristiano Ronaldo. Otro con mi cara y gorrita. Otro
con mi cara y un aro espansor que le deja una agujero en el lóbulo por el que
le debe pasar la pija y quizás lo intente a menudo. Me dicen algo que no
escucho. Ni me volteo. Me parezco al metalero ya. “¿Ey, Guacho? ¿Qué hacé ahí
escondido?”
Uno no puede ser detective en
este barrio sin que lo acose la mafia juvenil. Me callo. Si les hablo, los
encaro o me encaran. Si no digo nada no es divertido y se quedan sentados
haraganes como probablemente se van a quedar todo el día. Nadie sale herido.
Vuelve en la caminata el metalero
y cuando pasa yo sigo caminando pero por la vereda de enfrente. Por la sombra.
Si me acuchillaran, ¿volvería
Judith? ¿Se arrepentiría de decirme todo lo que me dijo? No, va a volver
conmigo pero me lo va a seguir diciendo. Cada vez con más razón. Ahora debe
estar en su casa mirándose al espejo, arrepintiéndose de haber cogido conmigo.
O de haber usado forro. Es como llegar al casino y apostar todo lo que tenés al
rojo. Así son las mujeres. ¿O las mujeres son las que quieren apostar todo al
rojo y al negro al mismo tiempo?
El metalero entra en una casa.
Mejor dicho en una casa tomada. Un pasillo sin puerta. Revestimiento de cemento
en las paredes, sin mampostería. No tengo la menor idea de lo que es una
mampostería. Pero qué palabra.
El metalero está al final del
pasillo. Entra en la casa del fondo. En el pasillo hay dos o tres personas
tiradas en el piso. Probablemente dadas vuelta. Pero injustamente con mi cara.
Yo no estoy dado vuelta. A penas con resaca. Los esquivo y sigo hasta el fondo.
La última casa de ese pe hache gratuito tiene una ventana sin vidrios antes que
deja ver el impresionante loft donde vive el metalero. Son como veinte ahí
adentro y no hay mucha ventilación, ni color. Miro todo como en un televisor
desde el pasillo. La gente de adentro no me hace participar.
Una mina sentada en una silla de
caño, vestida con musculosa sin corpiño. En sus brazos una bebé con la mugre del
pibe de la publicidad de ala después de jugar todo el día, pero sin que venga
nunca el lavado. Pero las dos con algo raro. Las caras de ambas se ven
borrosas. No tienen cara. Mi versión metalera le habla a la sin cara. Supongo,
su señora.
Yo metalero: No
conseguí nada
Mujer con la cara borrada: ¿Cómo
que no conseguiste nada?
Yo metalero: No,
me subí al colectivo y le puse la faca en el cuello al chofer pero...
Mujer con la cara borrada: ¿A
un colectivo? ¿Me estás jodiendo?
No quise escuchar más. Y pensar
que pensé que era un degenerado. Uno de los “yo” del pasillo tiene la aguja
todavía clavada en el brazo pero sin torniquete. Así no sirve. Te va a hacer
mal. Salgo de esa isla en la mitad del barrio más lleno de mansiones de
capital. Y a penas salgo veo una. Y qué linda que es. Como me gusta caminar y
ver todas esas casas lujosas y pensar en los seres que las habitan. Si se lo
merecen, si les gustan o prefieren vivir en otro lado, si son felices con esas
mansiones. El de esa en particular seguro que no porque abre la ventana y lo
primero que ve es una casa tomada llena de paqueros. Treinta metros una de la
otra. Yo en el medio.
El juego consiste entonces en
salir de una igual a la primera y terminar en una parecida a la segunda sin
importar lo que hagas en el medio. Si lo haces como inmigrante mejor. Más
difícil. ¿Cómo será el Carlitos Tevez de este juego? Que ponga huevo, pero
todavía tirando lujos y ganando en todos los torneos que juega. Ah,
precisamente es Carlos Tevez el Carlos Tevez del capitalismo. Qué ocurrencia.
Estoy sentado a una mesa. Mi mamá
en frente mío, mi hermano al otro lado. Los platos son de vidrio con un
efectito como de gota de agua. Hay carne con puré. El puré tiene un color
grisáceo producto de la mezcla con el jugo de la carne. Nada más rico. El aire
acondicionado está a ciento cuatro grados bajo cero y estamos en otoño o algo
parecido. Pero la potencia le da un gusto limpio al aire que me da ganas de
vomitar. Mi mamá me extiende un sobre. Me dice algo pero no escucho lo que
dice. Algo así como de un intercambio, en Rusia, para una universidad de cine o
algo parecido. La Eisenstein film Institution debería ser. ¿Existe ese lugar?
En los sueños esos lugares existen. No me preocupa el idioma. ¿Quién no aprende
ruso en dos semanas? A la mierda el cine, prefiero hacer teatro ahora que me
dicen que tengo futuro en eso. Me tenía que pasar eso para darme cuenta. Yo
solo quiero ser inmortal. Mi madre está gritando ahora. Cuándo no. Me levanto
sin terminar la carne. El puré me lo comí todo. Mi hermano no levanta la cabeza
del plato pero le noto una sonrisa mínima. Siempre tiene esa hermosa virtud de
festejar por completo cuando la atención violenta de mi madre está sobre mí. Decido
salir.
Atravieso la puerta de calle y
todavía falta la reja. Pero cuando salgo, veo en frente, una casa tomada. Nunca
la había reconocido. Un pasillo sin puerta. Supongo que por eso mamá está
siempre enojada. Pero de ahí adentro, como una sirena, sale la mujer más
hermosa del planeta. La ropa no importa, la mugre tampoco. Los ojos marrones.
Una modelo de barrio. Y la forma en que camina. Liberando estrógeno por todos
lados. Si yo puedo estar con esa mina voy a ser inmortal. Me le acerco. “Hace
falta oro para atrapar la conciencia de los hombres”, le cito bajito al oído.
“¿Qué?”, me dice porque no entendió la mitad de las palabras. “Vos y yo y
Miramar”, le propongo. Ahora entiende. Le gusta. Conoce. Por ahí estuvo. “Vos y
yo en un cuento, en un sueño del que no se puede salir, una historia hecha de
pedacitos minúsculos de historias inconexas, que no tienen sentido”. Para qué.
Si con lo de Miramar la tenía. Se va caminando. Y ahora la veo irse. Mejor que
cuando llega. “Soy rico”, le grito. “Soy rico y vos no”. Frena. Funcionó.
Camino con mis botas pesadas.
¿Mi mamá tenía cara? Porque esta
chica tiene. Creo que nunca la vi antes. Se para frente a mí y pone cara de “Y
ahora qué”. Cara más reconocible de la enciclopedia británica de caras. La
verdad que no sé. “Vamos a cantar por ahí”, le digo sin poder dejar de hacerme
el pelotudo con un éxito invaluable.
Y eso es lo hermoso de los sueño,
cantamos y de entrada estamos en armonía. Ella una quinta arriba la mayoría del
tiempo cuando no hace un arreglo improvisado de bajar una tercera o de
alargarme un acorde en la mayor séptima que queda hermoso. Todo sin mirar, sin
pensar. Como si la canción estuviera escrita dentro de mí y ella la está
componiendo desde ahí. ¿Cómo se llama eso? Ya me pasó una vez. ¿Pero con quién?
Y ahí se cruza.
Los pensamientos en los sueños
tienen forma, colores, vida. Camina
cruzando la calle como el negro de Pulp Fiction. Como si no tuviera que estar
ahí pero está ahí como lo más natural del mundo. Un deus ex machina escandaloso. Está ella. Sé que es Judith. Pero no
la conozco. No tiene cara. La negrita al lado mío sí tiene cara. Ella no. Pero
sé que es Judith, sé que me ve cantar con otra y muero. Pero no me quiero
escapar más. Preferiría que fuera feliz. Que todas las mujeres del mundo fueran
felices. Porque cuando no lo son yo no lo soy. No porque sea un sinérgico del
género femenino y no tenga emociones propias sino porque una por una se
encargaron de arruinarme cada segundo de existencia después de cruzarse como el
negro de Pulp Fiction en mi vida. No tiene cara y no sé si llora, si grita, si
sonríe. Cómo me gustaría que sonría. Quizás me darían ganas de estar con ella
si sonriera.
¿Por qué estoy persiguiendo a
Judith? Me doy vuelta y todavía está ahí, al lado mío, la negrita con cara.
¿Qué futuro me deparará con ella? Ya fue.
Corro. Corro atrás de Judith. No
es perfecta, pero es fuerte, es intensa, tiene cara. Es la única que tiene
cara. La negrita tenía la cara de Judith. La negrita tenía la cara de Judith.
No existe otra cara que no sea la cara de Judith. Todos los hombres tienen mi
cara. Yo soy todos los hombres. Está siempre lejos. Nunca la alcanzo. Que son
sinónimos pero que si decís uno atrás del otro refuerzan el significado y hace
que parezca más lejos todavía que la alcance. Corro más rápido, ella corre más
rápido. Como el horizonte. Otra puta metáfora. Pero yo la tuve al lado a
Judith. La nalgueé. Para qué. Ahora estaría desayunando con ella. ¿Pero el
almuerzo con mamá? Este no soy yo. Es un sueño. Cuando te das cuenta que es un
sueño. Puedo volar. ¿Volando la alcanzaré? No, porque no soy yo. Tengo que
volver a ser yo. Para eso tengo que despertar.

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