jueves, 4 de junio de 2015

Carta Rusa



Desde que Judith me dijo “Los hombres son todos iguales” me encuentro en una pesadilla muy poco agradable. Recuerdo haberle dicho antes, lo de siempre; que para mí solo existían dos mujeres: ella y todas las demás. Pero eso no evitó que ella me sumerja en donde estoy, diciéndome que yo era igual a todos los hombres, a todos los demás. Es decir que solo existe uno.
Esta pesadilla es de esas que tienen la terrible cualidad de ser sueños dentro de sueños como para que nunca comprenda el soñador de turno, cuando dejó de soñar y cuando vuelve a la vida. Comienza el día (comienza la pesadilla) y me levanto en mi cama. Una luz, luz como de farol, a lo horizontal de mi habitación, entra por la ventana y me despierta. Me envuelve, pasa dos veces y desaparece.  Entonces entiendo que estoy despierto, pero esto dentro de la pesadilla.
La luz es una metáfora entonces. Me ilumino de las penumbras de dormir, me reconozco a mí mismo, pero después desaparece. En realidad, sigo soñando.
Me paro y corro a penas la cortina verde musgo horrible que hay en mi habitación. Me asomo por la ventana. La sinfonía de todos los días: los autos, los gritos, el sonido del humo urbano. La veo pero aún no veo lo peor, recién veo lo de siempre. Y de nuevo, le doy la espalda a la ventana y desaparece de mi vista.
Ahí la veo a ella, boca abajo con la pata flexionada que le da a su cola entangada otro gusto.  Un gusto que me hace olvidar su boca semiabierta babeante, la hace parecer un ángel. Un ángel con ropa interior mínima y que expone casi imperceptiblemente ya que desaparece dentro de su carne. Gracias a esa pata flexionada, esa recurrente posición de hombre de pintura de pared de pirámide egipcia. Como pidiéndome a gritos que la nalguee y eso hago. Para qué.
Despierta de mal humor. Dentro del sueño, claro. Cuando una mujer despierta está de mal humor. Cuando despierta de mal humor es una pesadilla. Cuando una mujer despierta de mal humor en una pesadilla es aún peor.
Me repite de nuevo eso de que todos los hombres son iguales, se viste y lo repite de nuevo, parece la letra de un tango.  Los que yo conozco son siempre de hombres despechados, arruinados. Termina de repetir la vez numero setenta y cuatro de la misma frase y sale dejándome un ron cubano por la mitad, un forro usado colgado del velador y un gusto a pasto en la boca que supongo debe ser la razón por la que no me dio un beso antes de irse. Yo debería estar cantando el tango ahora.
Eso pasa cuando uno tiene sexo con su ex. Se acuerdan porqué lo dejaron y a la mañana siguiente le ahorran a uno el desayuno. Aunque a decir verdad, haber desayunado con ella en este sueño me habría ahorrado pensar qué comer. Qué hacer en las próximas 3 horas de sueño o quince segundos de sueño. Ahora estoy con ese vacío que dejó en la botella de ron. Si no hubiera venido nunca, no tendría ese vacío en la botella.  Voy directo al almuerzo. Hamburguesas y café.
Mientras se calienta el agua y la plancha voy a lavarme los dientes. Me detengo un rato largo en el espejo. ¿Soy yo? En los sueños a veces uno es otro. Pero nunca se mira en los espejos. A menos que esté por despertar, ahí se da cuenta que uno es otro, o sea, que eso no es la realidad y por lo tanto es un sueño. Mi momento favorito de los sueños. Lamentablemente, el más corto. Sí, soy yo. Con la barba demasiado larga. Me olvidé afeitarme como hace veinte sueños.  Ahora la pava suena o está sonando hace un rato largo, desde “pero nunca se mira en los espejos”. Tengo que dejar de hablar solo.
Ya terminé la comida, el café. El reloj suena como si fuera una bomba programada. Siempre es mi alarma para no dormir más que demasiado. Si me levanto antes no la apago y suena como bomba con minutero. En las clases me decían que la bomba la ponen los malos, el minutero los guionistas. Por eso me pondré todas esas bombas. (Estoy asumiendo también que soy el malo). Debo estar demasiado dormido porque esa bomba no me despierta. Miro el pronóstico, es decir, veo de nuevo por la ventana.  El sol está demasiado fuerte. Saldría con polera solo para no perder piel. O no saldría, mejor. Así no tengo que cruzarme con el mundo. Salgo igual, vestido de playa pero en la jungla de asfalto.
Y recién ahora empieza la pesadilla. El portero, el primero que me cruzo. Le veo el peinado de siempre: pelo largo grasoso, colita de mujer, entradas. Ropa deportiva blanca, posición de siempre. Misma inactividad. Pero hay algo joven y glamouroso en él. Mentira, tiene mi cara. El portero tiene mi cara. Lo saludo. Tiene mi voz. Qué voz horrible que tiene el portero ahora que tiene mi voz. Mejor nunca prestarles mucha atención a los porteros. Saben todo de todos y están aburridos. La gente aburrida es muy peligrosa.
Chau versión de mí pero con buena obra social tengo aún muchas cosas que hacer. Mentira. Sigo camino. Pasa un viejo corriendo y casi me choca. Se da vuelta para pedir disculpas. Va tan lento que nos podríamos quedar charlando sobre el partido del fin de semana mientras corre y yo sin moverme. Se da vuelta para pedir disculpas y tiene mi cara. Sigue siendo viejo y lento, pero con el ímpetu de llevar mi cara. Encima arrugada. Como si yo no me fuera a cuidar de las arrugas y termine así. Me quedé parado bajo el sol. Eso no me sirve. Cruzo para buscar la sombra y no hacerle caso ni a Diego Torres, ni a Katrina. Pasa un auto y el conductor me deja pasar únicamente porque tiene mi cara.  Debió haber sentido algún tipo de afinidad sobrenatural para dejarme pasar.
Llego a la parada del colectivo. En la cola dos flacos muy apuestos. Uno vestido todo de negro, musculosa, pantalón largo, botas, mi cara. El otro más adaptado al universo: una malla y una remera blanca, también con mi cara. Me corro a un costado. Nunca hago cola porque nunca tengo apuro de subirme a ningún colectivo. Esa necesidad de orden, de evitar el conflicto, de saber que sos mejor que uno y peor que otro aunque sea en proximidad de subirte a esa lata de sardinas a mí no me sirve. Prefiero taparme del sol y subirme último y ser mejor que todos esos giles con mi cara. ¿Tendrán mi forma de ser también? No creo.
No tengo la tarjeta para el colectivo. Las monedas ya ni las recibo. Le tengo que pedir a uno de los yo que hay ahí, si me prestan. Voy con el de malla, parece más humano.
“Disculpame”. No se da cuenta que tiene la misma cara que yo. Dice que no tiene carga, que está en la misma. ¿Gracioso, no? Ok, espero dos segundos. Espero cuatro segundos. El hijo de puta del metalero no me dice nada. ¿No es obvio que le voy a preguntar también a él? Parece una especie de guerra patética. Yo ahora no le quiero preguntar, solo lo miro. Él sabe que le voy a preguntar pero no se va a ofrecer, necesita que yo me rebaje. Viene el bondi y se sube rápido. A la mierda, camino. Le estoy haciendo el gesto del dedo por la ventana mientras se va pero me da la espalda. En eso veo que saca un cuchillo y se lo pone en el cuello al colectivero. Qué degenerado. Con tanta gente buena arriba del bondi. El colectivo se pierde en el horizonte de Colegiales. Y yo me perdí el espectáculo. Justicia poética.
A la mierda, camino. Ni siquiera sabía a donde iba. Se me ocurre seguir el rastro del 151 ese. Camino por el sol. En la sombra tengo frío. En frente, un viejo arrimado con una silla para jardín de infantes en la vereda, medias largas que eran verdes en los ochenta y un termo al ladito en el piso, me saluda. Tiene mi cara. No lo conozco. Le devuelvo el saludo.
A las tres cuadras de ver mi jeta por todos lados, lo reconozco. Camina para mi lado. ¿Se acordará de mí? Aguzando un poco la vista, se ve el 151 parado al final de la cuadra. El metalero con mi cara escapa directo hacía mí. Me escondo en un arbusto mínimo y pasa de largo. Si me quería ver me veía. ¿Lo sigo? Lo sigo.
El metalero se escapa con su motín y yo sé que en el mejor de los casos si me descubre persiguiéndolo tiene un cuchillo más que yo. Camino a cincuenta metros máximo de distancia. Pero no se voltea. Sigue derecho por Conde. Tiene miedo. Con el tiempo, caminando a la noche, me empecé a dar cuenta quién me podía querer afanar y quién tenía más miedo de que yo lo afane. Si me cruzaba al metalero este a las 12, el cruzaba y yo seguía por la misma vereda.
Siguió, fácil, cinco cuadras sin voltearse. Pasando por la cuadra del viejo, me saludó de nuevo y yo lo volví a saludar. El metalero no se volteó. Después de eso decido acercarme. Camino cada vez más cerca hasta que estoy a dos pasos. En una esquina dobla, yo tardo un segundo en doblar. Comienza a correr. Yo no corro, apuro el paso y mi paso apurado es casi tan rápido como su sprint miedoso. Lo veo doblar de nuevo en la misma manzana y creo entender lo que está haciendo así que me paro en el lugar. Vuelvo a Conde. Me escondo en otro arbusto y espero. Lo veo llegar corriendo por la esquina. Cuando dobla se frena y para. Está agitado. Una pandilla de pendejos está sentada en la esquina de donde me escondo. Todos con mi cara. Uno con mi cara y un corte a lo Cristiano Ronaldo. Otro con mi cara y gorrita. Otro con mi cara y un aro espansor que le deja una agujero en el lóbulo por el que le debe pasar la pija y quizás lo intente a menudo. Me dicen algo que no escucho. Ni me volteo. Me parezco al metalero ya. “¿Ey, Guacho? ¿Qué hacé ahí escondido?”
Uno no puede ser detective en este barrio sin que lo acose la mafia juvenil. Me callo. Si les hablo, los encaro o me encaran. Si no digo nada no es divertido y se quedan sentados haraganes como probablemente se van a quedar todo el día. Nadie sale herido.
Vuelve en la caminata el metalero y cuando pasa yo sigo caminando pero por la vereda de enfrente. Por la sombra.
Si me acuchillaran, ¿volvería Judith? ¿Se arrepentiría de decirme todo lo que me dijo? No, va a volver conmigo pero me lo va a seguir diciendo. Cada vez con más razón. Ahora debe estar en su casa mirándose al espejo, arrepintiéndose de haber cogido conmigo. O de haber usado forro. Es como llegar al casino y apostar todo lo que tenés al rojo. Así son las mujeres. ¿O las mujeres son las que quieren apostar todo al rojo y al negro al mismo tiempo?
El metalero entra en una casa. Mejor dicho en una casa tomada. Un pasillo sin puerta. Revestimiento de cemento en las paredes, sin mampostería. No tengo la menor idea de lo que es una mampostería. Pero qué palabra.
El metalero está al final del pasillo. Entra en la casa del fondo. En el pasillo hay dos o tres personas tiradas en el piso. Probablemente dadas vuelta. Pero injustamente con mi cara. Yo no estoy dado vuelta. A penas con resaca. Los esquivo y sigo hasta el fondo. La última casa de ese pe hache gratuito tiene una ventana sin vidrios antes que deja ver el impresionante loft donde vive el metalero. Son como veinte ahí adentro y no hay mucha ventilación, ni color. Miro todo como en un televisor desde el pasillo. La gente de adentro no me hace participar.
Una mina sentada en una silla de caño, vestida con musculosa sin corpiño. En sus brazos una bebé con la mugre del pibe de la publicidad de ala después de jugar todo el día, pero sin que venga nunca el lavado. Pero las dos con algo raro. Las caras de ambas se ven borrosas. No tienen cara. Mi versión metalera le habla a la sin cara. Supongo, su señora.
Yo metalero:                                    No conseguí nada
Mujer con la cara borrada:         ¿Cómo que no conseguiste nada?
Yo metalero:                                    No, me subí al colectivo y le puse la faca en el cuello al chofer pero...
Mujer con la cara borrada:         ¿A un colectivo? ¿Me estás jodiendo?
No quise escuchar más. Y pensar que pensé que era un degenerado. Uno de los “yo” del pasillo tiene la aguja todavía clavada en el brazo pero sin torniquete. Así no sirve. Te va a hacer mal. Salgo de esa isla en la mitad del barrio más lleno de mansiones de capital. Y a penas salgo veo una. Y qué linda que es. Como me gusta caminar y ver todas esas casas lujosas y pensar en los seres que las habitan. Si se lo merecen, si les gustan o prefieren vivir en otro lado, si son felices con esas mansiones. El de esa en particular seguro que no porque abre la ventana y lo primero que ve es una casa tomada llena de paqueros. Treinta metros una de la otra. Yo en el medio.
El juego consiste entonces en salir de una igual a la primera y terminar en una parecida a la segunda sin importar lo que hagas en el medio. Si lo haces como inmigrante mejor. Más difícil. ¿Cómo será el Carlitos Tevez de este juego? Que ponga huevo, pero todavía tirando lujos y ganando en todos los torneos que juega. Ah, precisamente es Carlos Tevez el Carlos Tevez del capitalismo. Qué ocurrencia.
Estoy sentado a una mesa. Mi mamá en frente mío, mi hermano al otro lado. Los platos son de vidrio con un efectito como de gota de agua. Hay carne con puré. El puré tiene un color grisáceo producto de la mezcla con el jugo de la carne. Nada más rico. El aire acondicionado está a ciento cuatro grados bajo cero y estamos en otoño o algo parecido. Pero la potencia le da un gusto limpio al aire que me da ganas de vomitar. Mi mamá me extiende un sobre. Me dice algo pero no escucho lo que dice. Algo así como de un intercambio, en Rusia, para una universidad de cine o algo parecido. La Eisenstein film Institution debería ser. ¿Existe ese lugar? En los sueños esos lugares existen. No me preocupa el idioma. ¿Quién no aprende ruso en dos semanas? A la mierda el cine, prefiero hacer teatro ahora que me dicen que tengo futuro en eso. Me tenía que pasar eso para darme cuenta. Yo solo quiero ser inmortal. Mi madre está gritando ahora. Cuándo no. Me levanto sin terminar la carne. El puré me lo comí todo. Mi hermano no levanta la cabeza del plato pero le noto una sonrisa mínima. Siempre tiene esa hermosa virtud de festejar por completo cuando la atención violenta de mi madre está sobre mí. Decido salir.
Atravieso la puerta de calle y todavía falta la reja. Pero cuando salgo, veo en frente, una casa tomada. Nunca la había reconocido. Un pasillo sin puerta. Supongo que por eso mamá está siempre enojada. Pero de ahí adentro, como una sirena, sale la mujer más hermosa del planeta. La ropa no importa, la mugre tampoco. Los ojos marrones. Una modelo de barrio. Y la forma en que camina. Liberando estrógeno por todos lados. Si yo puedo estar con esa mina voy a ser inmortal. Me le acerco. “Hace falta oro para atrapar la conciencia de los hombres”, le cito bajito al oído. “¿Qué?”, me dice porque no entendió la mitad de las palabras. “Vos y yo y Miramar”, le propongo. Ahora entiende. Le gusta. Conoce. Por ahí estuvo. “Vos y yo en un cuento, en un sueño del que no se puede salir, una historia hecha de pedacitos minúsculos de historias inconexas, que no tienen sentido”. Para qué. Si con lo de Miramar la tenía. Se va caminando. Y ahora la veo irse. Mejor que cuando llega. “Soy rico”, le grito. “Soy rico y vos no”. Frena. Funcionó. Camino con mis botas pesadas.
¿Mi mamá tenía cara? Porque esta chica tiene. Creo que nunca la vi antes. Se para frente a mí y pone cara de “Y ahora qué”. Cara más reconocible de la enciclopedia británica de caras. La verdad que no sé. “Vamos a cantar por ahí”, le digo sin poder dejar de hacerme el pelotudo con un éxito invaluable.
Y eso es lo hermoso de los sueño, cantamos y de entrada estamos en armonía. Ella una quinta arriba la mayoría del tiempo cuando no hace un arreglo improvisado de bajar una tercera o de alargarme un acorde en la mayor séptima que queda hermoso. Todo sin mirar, sin pensar. Como si la canción estuviera escrita dentro de mí y ella la está componiendo desde ahí. ¿Cómo se llama eso? Ya me pasó una vez. ¿Pero con quién? Y ahí se cruza.
Los pensamientos en los sueños tienen forma, colores, vida.  Camina cruzando la calle como el negro de Pulp Fiction. Como si no tuviera que estar ahí pero está ahí como lo más natural del mundo. Un deus ex machina escandaloso. Está ella. Sé que es Judith. Pero no la conozco. No tiene cara. La negrita al lado mío sí tiene cara. Ella no. Pero sé que es Judith, sé que me ve cantar con otra y muero. Pero no me quiero escapar más. Preferiría que fuera feliz. Que todas las mujeres del mundo fueran felices. Porque cuando no lo son yo no lo soy. No porque sea un sinérgico del género femenino y no tenga emociones propias sino porque una por una se encargaron de arruinarme cada segundo de existencia después de cruzarse como el negro de Pulp Fiction en mi vida. No tiene cara y no sé si llora, si grita, si sonríe. Cómo me gustaría que sonría. Quizás me darían ganas de estar con ella si sonriera.
¿Por qué estoy persiguiendo a Judith? Me doy vuelta y todavía está ahí, al lado mío, la negrita con cara. ¿Qué futuro me deparará con ella? Ya fue.

Corro. Corro atrás de Judith. No es perfecta, pero es fuerte, es intensa, tiene cara. Es la única que tiene cara. La negrita tenía la cara de Judith. La negrita tenía la cara de Judith. No existe otra cara que no sea la cara de Judith. Todos los hombres tienen mi cara. Yo soy todos los hombres. Está siempre lejos. Nunca la alcanzo. Que son sinónimos pero que si decís uno atrás del otro refuerzan el significado y hace que parezca más lejos todavía que la alcance. Corro más rápido, ella corre más rápido. Como el horizonte. Otra puta metáfora. Pero yo la tuve al lado a Judith. La nalgueé. Para qué. Ahora estaría desayunando con ella. ¿Pero el almuerzo con mamá? Este no soy yo. Es un sueño. Cuando te das cuenta que es un sueño. Puedo volar. ¿Volando la alcanzaré? No, porque no soy yo. Tengo que volver a ser yo. Para eso tengo que despertar.

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