Ya desde el
comienzo debo reconocer dos victorias y una derrota en este film. Las dos
primeras tienen que ver con, realizar una adaptación de una novela de
aproximadamente 500 páginas en un solo film con una trama que no maree
(teniendo en cuenta tantos nombres y posibilidades), y, a la vez, trazar una
película de dos horas y media sin generar bostezos o desinterés son tareas nada
fáciles. La derrota tiene que ver básicamente con que las dos primeras
victorias ya habían sido generadas (quizás ligeramente desmejoradas a nivel
técnico pero con un gasto de 80 palos menos) por una versión original sueca y
esta remake, quizás, solo cumple la función de generar una película que tenga
más llegada al público habla sajón que no está acostumbrado a leer, ver imágenes
y pensar, y a otras personas que solo ven cine hollywoodense.
Entonces es
preciso ahora señalar que es lo que consiguieron esos 80 millones de dólares
adicionales que fueron invertidos en esta re-versión. En primera instancia, el
director, el potente Fincher, necesario para esa historia fría, de basura
debajo de la alfombra, de cerebros ligeramente corridos en valores. En segunda
instancia su equipo: el arte, la fotografía, el guion y, lo más importante, el
dos veces premiado montaje. Todos
generaron la atmosfera, el ritmo y la intensidad necesaria para que la película
funcione. Pero sin más que eso a nivel artístico: funciona. Luego y como final,
debía subir una apuesta muy alta a nivel de interpretación. Daniel Craig y el
resto del reparto le daban el poder comercial que necesitaba. Pero también
debían estar a la altura de unos geniales actores suecos. No tengo, en
realidad, autoridad para comparar, sí para volver a determinar que los actores
cumplieron, tuvieron química entre ellos e hicieron dos personajes poco
convencionales (quizás solo el de Salander) creíbles.
Es raro,
ahora entiendo, encontrar una crítica que hable de la trama o del valor
argumentativo de una adaptación de una adaptación. Sin embargo me gustaría
resaltar ciertos rasgos distintivos, a mi gusto. Primero el cifrado al estilo
siglo XXI de un policial clásico. Con un
personaje sobrenatural escindido en dos seres humanos pero, como en toda obra
posmoderna, cargados de complejidad (quizás solo Salander). Luego la habitación
hermética que es una isla; el villano menos esperado, siempre cercano a la
investigación. El revés final que convierte lo sobrenatural en verosímil.
Otro rasgo
distintivo es el retrato de la sociedad fría escandinava. El contraste con el
estereotipado nazismo. Los familiares nazis no hacen sociales porque son
transparentes. Ves lo que son. No es justificable pero sí más entendible que el
otro extremo de la familia, que esconde sus traumas y deshumanidades en una
careta cálida.
El fuego,
poco participe aún en la historia pero que define a la protagonista y acaba con
el villano. Debería, en mi gusto, haber habido un guiño más para esta no
coincidencia.
Después,
volviendo a la complejidad aparentemente necesaria de los personajes, que bajo
mi punto de vista no significó profundidad. De Blomqvist poco hay que acotar
más que es un moral periodista que no termina de satisfacer su vida personal
por hacer el bien. Podríamos haber visto (quizás en otra película donde no haya
que resolver un enigma de 40 años de antigüedad) esa dolencia de un modo más
“francés”. En cambio, con Salander, pasamos todo un proceso de configuración
del personaje que nos demuestra a una niña que tiene constantemente en su
camino traumas pero que estos mismos la hacen quien es: versátil, omnipotente,
antisocial y fría. No conocemos hasta un blando final por qué sigue siendo una
niña protegida a los 23. Ni sufrimos su condición hasta que este atada y con un
gordo encima. Puede esto que ver con una elección argumentativa. No tengo, de
nuevo, la autoridad para justificarlo o refutarlo. Pero es notoria esta
ausencia.
Concluyendo,
encontré una película que cumple con un desafío poco sencillo de una forma
satisfactoria. Pero quizás abarca demasiado y produce no tanto. Por lo pronto
se suma al catalogo de películas que definen a su director y lo afaman.
Entonces, pensándolo bien, es una película que sirve a todos sus componentes
(habla bien del montaje, la fotografía, el guion, las interpretaciones) y los
componentes logran su cometido. Sin embargo que la suma de estos no potencian
el resultado.
Satisface
un 7.
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