Hasta haber
conocido estas dos películas tenía el terror de que por cuestiones técnicas o
monetarias solo existía un estilo de tratamiento visual en la cinematografía
argentina y este era la cámara en mano, desequilibrada y desenfocada. Me costó
tiempo entender el concepto visual de los hermanos Dardenne como para
interpretar el intento de los directores argentinos de parecérseles a medias.
(En mi opinión, una perdida. O todo o nada.) Sin menospreciar el cine voyeur,
ni santificar el punto de vista escenificado; sentía que esa tendencia era
desprolija y no aparejaba un significado del cual sacar cosas en limpio. Esto
cambio cuando puder ver una película del año 82 que hasta ese entonces era,
para mí, la película mejor filmada y mostrada. Luego conocería una más moderna
y con una fotografía mucho más prolija y cargada de significado. Estoy hablando
de dos películas bastante distintas entre sí pero que ambas tienen esta virtud
en común.
La primera
es un thriller tradicional, adaptación de una novela negra de Jose Pablo
Feinmann. Los últimos días de la víctima. Retratada con dinamismo. Interpretada
con tensión. Nos sumergiremos en la obsesión de un asesino a sueldo en su
último trabajo que no puede llevarlo a cabo de forma sencilla; que va siendo
atrapado por el voyerismo hacía su futura víctima. Que contiene condimentos de
comedía y como buena película seria, mata la comedia antes de llegar al
clímax. Y que tiene un final con un giro
que cambia nuestra mirada sobre la situación y nos deja satisfechos. Es una película
que intenta aportar en lo artístico y quizás contenga alguna que otra línea con
sentido pero que no destaca ni por esto, ni por su posible lectura más profunda
acerca de una crítica social o contextualización ya que esta pre configurada en
el vacío. Aunque muestre con prolijidad,
reitero, una más que satisfactoria fotografía, enarbolada por un trabajoso
montaje; de una Buenos Aires, no arrabalera pero tampoco céntrica.
La mujer
sin Cabeza es un híbrido visual. Nos sumerge dentro de la cabeza de una señora
burguesa que ha atropellado algo en un camino desierto, no ha podido retroceder
y carga con una culpa que la desconecta de la realidad. Nosotros estaremos del
lado de ella, sintiendo lo que ella siente, viendo lo que ella ve. Volviendo en
sí de a poco, cuando nos iremos dando cuenta como, mientras vamos conociendo de
a poco la intimidad de su vida que parece nada cambiar pero tampoco nada tener
del todo sentido, que todos los que la rodean se han confabulado para eso
mismo: para hacer de cuenta que nada ha pasado y que todo está bien. Una vez
que habremos, junto con ella, recobrado la completa consciencia y entendido
toda la situación, terminará la película dejándonos una sensación de vacío muy
grande. Porque nada se nos ha revelado con claridad y todos los mensajes e
ideas que están boyando que seguramente asimilamos pero no resignificamos, no
tienen un desenlace. Es una película que, con un tratamiento visual potente,
mucho sonido fuera de campo, mucha sutilidad. Nos habla de una sociedad
inconsciente. De la que se pueden leer una discriminación clasista, un intenso
desprecio y desinterés por el pasado, una pérdida de valores familiares. Pero
todo esto de una forma tan hermética que espanta y nos deja un gusto
desagradable en la boca. Como si hubiésemos tomado agua, pero había algo en el
agua que no estaba bien pero ni llegamos a degustarlo mientras la tomábamos.
Estas dos
películas opuestas, que ambas resaltan por su tratamiento visual y dejan
opuestos resultados, me dieron, sin embargo una sensación de que el cine en
argentina no es lineal y que puede desde parecerse a una producción trabajada
de las que sobran en Estados Unidos a convertirse en un cine experimental que
no deje lo visual en manos de la imaginación del vidente.
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