“Los cineastas harán del documental el lugar de
una toma de conciencia del mundo, de sus múltiples niveles de realidad, de una
forma que ni las actualidades, demasiado elípticas, ni la ficción, demasiado
artificial, los presentan a los espectadores.
Unos consideran a la cámara como un dispositivo
de percepción que los aproxima a una experiencia poética del mundo. Otros la
convierten en una vigilante herramienta de observación social. Y otros, por
último, ven en ella el medio de alcanzar experimentalmente nuevas figuraciones.
Todo esto viene a menudo acompañado de un compromiso político. Lo que está en
juego no es poco, porque se trata de llegar a un público a priori ganado por la
fábrica de sueños.”
Luego de
esta paráfrasis voy a hablarles de dos documentales que como todo el género
documental están casi diametralmente resumidos en estos dos párrafos y que sin
embargo no tienen en lo más característico, entre ellos, nada que ver, aunque
sí de una forma más superficial. Uno, francés, del que no tengo más que
elogios; el otro, argentino, del que quizás yo pueda acarrear una visión
polémica. Estoy hablando de Las Playas de Agnes (Varda) y El Rati Horror Show
de Piñeyro.
En lo que
coinciden maravillosamente estos dos documentales, además del género, es que
los autores generan un relato oral en primera persona, convirtiéndose los
mimados protagonistas de sus obras y usando, a parte, numerosos recursos
técnicos o artísticos para además de relatar la historia de una forma
satisfactoria, también entretienen y generan una experiencia muy llevadera;
casi cumpliéndose a sí mismos sus sueños narcisistas.
La película
de la francesa, pionera de la Nouvelle Vague, es su biografía pero narrada de
la forma menos “documentalista”. En vez de ser un conjunto de datos o hitos de
su vida, marcados por la precisión geográfica y cronológica, y enmarcados en un
contexto histórico; la película es un collage de recuerdos traducidos en
expresiones artísticas puras, recortes de su filmografía y experimentos
fotográficos (como si fuera una joven insolente con toda su carrera por
delante). Agnes (antes belga y llamada Arlette) nos está constantemente moldeando
la puesta en escena. Comienza describiéndose como una pequeña anciana (tiene
más de 80 años) aunque a penas podamos distinguir diferencia en su apariencia
actual y de cuando tenía apenas 20 o 30 años. Y también nos enseña que el
interior de cada ser humano puede ser retratado con un paisaje: el de ella
sería una playa. Por eso es que toda la película tendrá como punto de partida,
por lo menos, dos escenarios: una playa, siempre decorada, perfeccionada, de
acuerdo al recuerdo que vayamos a visitar (Con espejos, una ballena, gente
desnuda haciendo chanchadas, etc) o el pequeño patio de su casa que incontables
veces le sirvió de set de filmación y esta no sería la excepción. Entonces irá
revisitando en forma irregular momentos de su vida y los sentimientos que ellos
le afloran, pero no contentándose solo con la imagen de archivo o su simple
relato sino también haciéndolos convivir con su relación con el presente. Ya
sea haciendo ver a los hijos de unos pueblerinos que le habían servido de
extras en una de sus primeras películas la película de sus padres pero
empujando una carretilla, poniéndose en ridículo a sí misma estacionando un
pequeño auto de cartón rememorando una de sus casas, haciendo vestir y actuar a
niñas de la forma en que ella lo hacía años atrás o, entre innumerables
imágenes, haciendo un plano de dos personas desnudas en el patio de su morada;
acción que le costará la censura en algunos lados. Como ven, lo que se torna una
costumbre en esta experiencia es hacer interactuar el pasado y el presente
mediante un filtro artístico constante que hace pasar dos horas de documental
sin notarlos. Agnes logró hacer del documental el lugar de toma de conciencia
de su historia personal en varios niveles de una forma que ni la simple
entrevista o su propia obra de ficción la presentan. Considerando a la cámara
como el instrumento para plasmar su forma poética de ver el mundo. Sin dejar de
lado su costado feminista y que la acompañó en las revoluciones cubanas y rusa,
y alcanzando experimentalmente nuevas figuraciones. Nada que deberle al público
ganado por la fábrica de sueños que ella misma domesticó.
Del otro
documental tengo una visión un tanto extrema. Piñeyro va a hacer del documental
el lugar de una toma de conciencia del mundo, de sus múltiples niveles de
realidad, contrariando explícitamente a la actualidad, elíptica, amarillista e
inexacta y la ficción, demasiado esquiva. Va a convertir a la cámara y el
archivo en una herramienta de observación social y de experimentación, transformándola
en la protagonista de un acérrimo activismo político. Llegando al público
ganado por la fábrica de los sueños. Pero, según mi punto de vista, lo que hace Piñeyro
en este caso, NO ES ARTE.
Basándome específicamente
en la concepción que tiene Oscar Wilde de arte (Leer prologo de Dorian Grey en post
más abajo) y teniendo en cuenta que por más que haya subjetividad no hay
belleza, esa es mi estimación de este trabajo. Que lo entiendo como un producto de un alto
nivel técnico, que consigue el cometido de inculcar su mensaje político, llevar
a cabo una investigación meticulosa de un caso de injusticia y hacer pública
las fallas del fallo, y, por sobre todo, generar una experiencia audiovisual
llevadera utilizando recursos técnicos variados (y también algunos teatrales).
Quizás estoy
cayendo en la trampa fácil del documental que luce desalineado, mostrando los
equipos y los realizadores, que tiene un discurso crudo, una imagen descuidada
y formateada de una forma muy cotidiana. Sin embargo, a lo que voy es al
objetivo de la narrativa, no solo a las formas. Y realmente, me parece
destacable que busque la efectividad como agente de cambio. Pero esta falta de ambigüedad,
si se quiere, de simbolismo o de poética es quizás lo que lo termina definiendo
fuera del conjunto artístico.
Sin
embargo, esto, espero no sirva para degradarlo, sino para redefinirlo y
conjugarlo con otros productos similares.
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