(Leer con la música de fondo) Milos Forman, director canadiense decide, conjunto a su amigo productor Saul Zaentz, con quien ya había trabajado exitosamente antes en One Flew over the Cuckoo’s Nest, adaptar la obra de teatro ganadora del Tony a mejor obra de Peter Shaffer. Entre sus modificaciones se habla de darle un papel más relevante (Quizás modificar el protagonismo a nivel general en el guion) a Salieri e integrar completamente la música a la narrativa de la película. Para la fotografía se decidió filmar absolutamente toda la totalidad de la película con luz natural manipulándola para generar los tonos deseados en cada ocasión y el montaje es preciso e invisible. Sin embargo, cualquier espectador común que asista a disfrutar de la película en un cine o vea el recuperado corte del director 18 años después sería incapaz de notar su pasado teatral y esto es, precisamente, porque la adaptación se logra de forma perfecta integrando el guion cinematográfico con una dirección orgánica que utiliza todos los componentes para complementarlos y no adicionarlos como capas uno sobre otro.
Voy a tener
que ser sincero desde casi el comienzo de esta crítica con ustedes, en mi
opinión, esta película roza la perfección. De tal forma es acertado el tipo de
relato, marcado por el Flashback, que tiñe todo de emoción y le da un toque
surreal u onírico a lo que presenciamos ya que es el fogoso recuerdo de un,
quizás, lunático que, a la vez conjuga las imágenes, con sus presentes conclusiones.
Y de tal forma el sonido se integra y es parte central en la historia que
podría argumentar que todo su conjunto es casi diegético ya que nos traduce, la
mayoría del tiempo, lo que fluye en la cabeza del joven genio o de su celoso y
rencoroso admirador. Por otro lado, el vestuario, el maquillaje, la fotografía,
las locaciones praguense que evocan completamente a la Viena post medieval, están
a tono. Desarrollados todos en su plenitud y sin embargo, sin sacarle
protagonismo ni desorientando de lo que nos debe atraer, todo lo contrario, potenciándolo.
Es común que ciertas películas beneficien uno u otro aspecto de su propuesta
artística y que luego eso los confluya como mayores candidatos a recibir
galardones por sus potenciaciones. En mi opinión esto no tiene por qué ser
siempre cierto ya que se debe tomar el papel que juega cada etapa de la
narración en su conjunto. Es por eso que a pesar de ser una historia centrada
lógicamente en lo sonoro, Amadeus, recibió 8 merecidos Oscar por toda su
factura artística. Entre ellos están incluidos
dos nominaciones a mejor papel protagónico (algo inaudito aunque no único) que
lamentablemente uno de los dos debía ganar. F Murray Abraham (como resonara la
voz del abuelo Simpson en nuestra cabeza) actúa impecablemente de un Salieri que
por dentro sufre las angustias más grandes generadas a un ser humano y que sin
embargo por fuera es correcto y hasta ejemplar. Por otro lado Tom Hulce, con
menos trayectoria luego, interpreta un histriónico Mozart, más parecido a una
estrella hippie de rock que a un joven de época. No soy el único que nota en él
algo atemporal que lo resalta y lo hace aún más deleznable para nuestro
narrador. Es inmaduro, prepotente, desalineado y lo peor aún, a pesar de
producir el más maravilloso sonido con apenas cruzársele cualquier instrumento,
su risa es el sonido más molesto existente. También destacables otras
participaciones menores.
Con
respecto al guion no tengo más que buenos epítetos. Hace poco tuve el agrado de
ver una producción nacional realizada sobre la figura de un personaje mítico,
del mono Gattica. A pesar de su excelente tratamiento visual, el guion no me
pareció más que la conjunción de retazos; de capítulos remarcables de la
historia del personaje que coincidan explícitamente (y con pretensiones) con la
historia del país. En la película argentina no encontré evolución en la trama, un hilo que la aúne, que
haga modificar a los protagonistas; que le proponga a los espectadores una
forma de atracción o análisis. En el caso de Amadeus ocurre absolutamente lo
contrario y sin embargo, no parece descuidar la autenticidad histórica o la
relación coyuntural. Esto es logrado extrayendo los parlamentos y las escenas, de relatos y cartas documentadas sobre la figura ilustre. Sin embargo, debo
admitir que hemos caído todos en la más fina y mejor llevada a cabo trampa
argumental. Porque en vez de tomar los hitos principales de la biografía de uno
u otro de los personajes; lo que apreciamos en la pantalla es lo inverso. Vemos
una adaptación, una evolución, una conjunción perfecta de dos extractos de la
biblia; en el que son incrustados con un trazo invisible la historia de estos
músicos pero llegando a las mismas moralejas.
Amadeus es,
en su estructura argumental, una incrustación de Caín y Abel, y del retrato de
Job. Caín, temeroso de dios, encuentra entre sus preocupaciones la aprobación
de este y se esfuerza para conseguirla, sin embargo su hermano menor, con
muchas menos pretensiones y esfuerzos la consigue y se sirve de ella. Aquí hay
que hacer un alto, porque el largometraje no es tan directo y pragmático como
este corto cuento bíblico que concluye en el consiguiente asesinato, sino que
es más psicológico y tortuoso. A partir
de esta desventaja, nos introducimos en la otra glosa. Salieri es un devoto de
dios, que vive en el más puro celibato y está en constante necesidad de
comunicación con quien, él dice, lo proveyó del dote de la música. Sin embargo
esta corrección, lo hará caer en la mayor prueba divina hecha a un ser humana
como lo es la que fue conjurada para con Job. Salieri se verá afrontando
constantemente con pruebas que le hagan sufrir las mayores humillaciones
tratando de probar su devoción. A cada paso que el efectuará, el entorno
reaccionará de alguna forma contrariándolo. Cada pequeña victoria personal que
él podrá encontrar, se verá bastardeada por una mayor de su competidor o por su
simple percepción que lo pondrá en desventaja frente al otro. Él mismo
argumenta que dios le dio solo a él la capacidad de entender la música para
admirar la de otro que jamás saldría de sus propios ingenios. En el relato de
Job, dios atestigua como su víctima sobrevive a todos sus tormentos y todavía
lo ama, así que finalmente lo premia retornándole todo lo que le había sacado y
multiplicándole su felicidad hasta el infinito. En el final del relato de los
hermanos, Caín dilapidará a su hermano, negará el crimen y luego vagará
eternamente por el mundo estigmatizado, marginado y dolido como castigo celestial.
Amadeus no confluye de ninguna de las dos formas y a la vez tomando cosas de
las dos. Salieri, a pesar de perder su devoción aunque no su temor y
consideración con dios, no podrá realizar su venganza ya que esto en los estándares
actuales, entiendo, implica algún tipo de absolución. Sino que obtendrá el castigo eterno
sin haber cometido el crimen. Adjudicándoselo sin embargo, pero más, bajo mi
punto de vista, para no sentirse insignificante, que por remordimiento. Cargando con la cruz de la más profunda
miseria, la mediocridad.
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