Historias
mínimas es una película grandilocuente. Trata de demostrarle al mundo que se
puede hacer cine sin grandes actores, grandes producciones o desde la sensación
de creerse conocedor de la verdad o el gran mensaje y tratar de inculcarlo. En
efecto, Lynch dijo alguna vez que la única forma que él se figuraba de lograr
una película era de estar enamorado de ella antes de realizarla. En este caso,
luego de 13 años de nada, es notoria la intención de un director proveniente de
ámbito de la publicidad de demostrar que sobran producciones (ya sean
televisivas o cinematográficas) artificiales o pretenciosas y faltan en
sobremanera reproducciones sencillas y austeras. Así como Lynch lo hizo con su
“Historia Sencilla” Sorín nos trae una Road
Movie sobre lo que lo enamora: La Patagonia como escenario imponente y
arrasador, y la gente de carácter opuesto (gentil y desinteresada) que vive
sobre ella.
Narrada
desde planos largos y movedizos que respetan la fluidez en la que los actores
no profesionales se desenvuelven frente a la cámara de la misma forma que hacen
en sus vidas cotidianas, la película, creo, logra el efecto deseado. Hacernos
pasar un rato distinto, mostrándonos una realidad de la que no estamos
acostumbrados y sumergiéndonos en tres historias muy distintas pero que
comparten la singularidad de ser, quizás, poco llamativas. Un viejo que ya toma
como modo de vida el consumo del mate y la llanura que oye de un peregrino el
paradero a 400 kilómetros de un perro que había perdido hace tres años y decide
escaparse de su hijo en busca de él. Un vendedor perfeccionista, solitario y
trotamundos que decide llevarle a una viuda clienta suya una torta de
cumpleaños a su nunca conocido hijo para impresionarla; y, por último, una
humildísima muchacha, madre de un bebé, que sale sorteada en un programa de
televisión y tiene que viajar a participar en él por un electrodoméstico que no
puede usar aún.
Haciendo
ahora juicio personal sobre la obra, debo aclarar, que de las tres historias,
una me genero alguna emoción, otra me entretuvo y la última me paso
desapercibida. Encontré en la historia del viejo y en su excelente
representación (superior a muchas que vi en películas mucho más pretenciosas)
un motivo, una intensidad y, por sobre todo, una influencia del pasado, del futuro
y del presente. Me resultó la única en generar esa sensación de trascendencia.
Quizás, por ser, la menos mínima de las tres historias. Quizás, también por
tener como óptica que la vida de un animal no me parece para nada
menospreciable. Un ejercicio quizás lógico para entender mi punto de vista
sería intercambiar cualquier aparición canina por la de un niño y allí se
podría percibir rápidamente la potencia dramática de la historia. De las otras
dos solo me basta decir que a mi juicio la sencillez esconde la más alta
complejidad. Y yo, en caliente, siento que la sencillez de estas dos historias
esconde la sencillez y por lo tanto la intrascendencia. No así el efecto, bien
logrado, de repudio a la realidad televisiva como contraste y a las apariciones
diáfanas de los extras.
Normalmente
suelo, como guionista empedernido, buscarle posible modificaciones o vueltas a
las cosas para que sean de mi agrado. A veces la propuesta desde un inicio no
se condice con mis expectativas y eso me deja fuera de competición. En este
caso al no ser partidario de las Road
Movies y una persona que le cuesta la sencillez como mayor desventaja, Historias Mínimas es una película que
queda impune a mis caprichos. Por eso es
que debo aceptar que logra su cometido como película de carácter especial y
llamativo por, precisamente, buscar lo contrario.
Cumple con
un 6
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