martes, 22 de enero de 2013

Historias Mínimas de Sorín


Historias mínimas es una película grandilocuente. Trata de demostrarle al mundo que se puede hacer cine sin grandes actores, grandes producciones o desde la sensación de creerse conocedor de la verdad o el gran mensaje y tratar de inculcarlo. En efecto, Lynch dijo alguna vez que la única forma que él se figuraba de lograr una película era de estar enamorado de ella antes de realizarla. En este caso, luego de 13 años de nada, es notoria la intención de un director proveniente de ámbito de la publicidad de demostrar que sobran producciones (ya sean televisivas o cinematográficas) artificiales o pretenciosas y faltan en sobremanera reproducciones sencillas y austeras. Así como Lynch lo hizo con su “Historia Sencilla” Sorín nos trae una Road Movie sobre lo que lo enamora: La Patagonia como escenario imponente y arrasador, y la gente de carácter opuesto (gentil y desinteresada) que vive sobre ella.
Narrada desde planos largos y movedizos que respetan la fluidez en la que los actores no profesionales se desenvuelven frente a la cámara de la misma forma que hacen en sus vidas cotidianas, la película, creo, logra el efecto deseado. Hacernos pasar un rato distinto, mostrándonos una realidad de la que no estamos acostumbrados y sumergiéndonos en tres historias muy distintas pero que comparten la singularidad de ser, quizás, poco llamativas. Un viejo que ya toma como modo de vida el consumo del mate y la llanura que oye de un peregrino el paradero a 400 kilómetros de un perro que había perdido hace tres años y decide escaparse de su hijo en busca de él. Un vendedor perfeccionista, solitario y trotamundos que decide llevarle a una viuda clienta suya una torta de cumpleaños a su nunca conocido hijo para impresionarla; y, por último, una humildísima muchacha, madre de un bebé, que sale sorteada en un programa de televisión y tiene que viajar a participar en él por un electrodoméstico que no puede usar aún.
Haciendo ahora juicio personal sobre la obra, debo aclarar, que de las tres historias, una me genero alguna emoción, otra me entretuvo y la última me paso desapercibida. Encontré en la historia del viejo y en su excelente representación (superior a muchas que vi en películas mucho más pretenciosas) un motivo, una intensidad y, por sobre todo, una influencia del pasado, del futuro y del presente. Me resultó la única en generar esa sensación de trascendencia. Quizás, por ser, la menos mínima de las tres historias. Quizás, también por tener como óptica que la vida de un animal no me parece para nada menospreciable. Un ejercicio quizás lógico para entender mi punto de vista sería intercambiar cualquier aparición canina por la de un niño y allí se podría percibir rápidamente la potencia dramática de la historia. De las otras dos solo me basta decir que a mi juicio la sencillez esconde la más alta complejidad. Y yo, en caliente, siento que la sencillez de estas dos historias esconde la sencillez y por lo tanto la intrascendencia. No así el efecto, bien logrado, de repudio a la realidad televisiva como contraste y a las apariciones diáfanas de los extras.
Normalmente suelo, como guionista empedernido, buscarle posible modificaciones o vueltas a las cosas para que sean de mi agrado. A veces la propuesta desde un inicio no se condice con mis expectativas y eso me deja fuera de competición. En este caso al no ser partidario de las Road Movies y una persona que le cuesta la sencillez como mayor desventaja, Historias Mínimas es una película que queda impune a mis caprichos.  Por eso es que debo aceptar que logra su cometido como película de carácter especial y llamativo por, precisamente, buscar lo contrario.
Cumple con un 6

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