miércoles, 21 de noviembre de 2012

Bitácora - Segunda Entrega

En la expedición, actividad colectiva por definición, la soledad de la rutina tiene otro sabor.
Me hallo solo, sentado, escribiendo estas líneas. La última vez que les hablaba estaba rodeado de movimiento y sol. Eran las 11 de la mañana del lunes. Ese día cerca del mediodía todos se fugaron a sus hogares o tareas menos Leila y yo. Nos escondimos de lo poco que quedaba de mañana en una siesta y luego nos enfrentamos al desafió de cocinarnos arroz, mezclarlo con un poco de atún y  con una gran lata de ensalada jardinera. Matías que regresaría finalmente (no antes de que Leila me deje en una cortisima soledad) daría una gran aprobación acerca de si fue superada la tarea satisfactoriamente. Las cortas horas prosiguientes no las atestigüe por lo que me ahorraré los comentarios. Lo que si puedo describir es como, al regresar, encontré a un grupo de personas ya dispuestas a tener la segunda gran actividad de la expedición.
La actividad tiene, sin embargo, ya de por sí, una anécdota previa. La noche anterior, nos habían visitado un grupo de personas. Algunas de ellas, Adrian y Valeria, quienes eran responsables de darnos una actividad cada uno más adelante nos propusieron ir a ver una película para el martes. En un principio la respuesta era positiva, a pesar de ciertas ausencias que no llegaban a horario a la sala. Sin embargo, más adelante se resolvió utilizar el espacio para terminar un objetivo que había quedado pendiente de la noche anterior y que resulta fundamental en el proceso de la expedición: Definir qué es eso hacía lo que vamos? Qué pasa después que todo se termina? Para qué estamos y para que no?
Fueron entonces Gustavo y Noelia quienes planearon la actividad derrocadora. Fue en esa tarde de luces ténues, junto a Leila, Nicolas, Matías, yo y los dos nombrados que tuvimos ese debate profundo que habíamos ido a buscar a la expedición y nos pusimos de acuerdo en esas cosas que nos queríamos poner de acuerdo. Fue imposible extenderlo, a pesar de que era todo propicio para que esto suceda, ya que en la noche temprana teníamos todos una cita. Era en Palermo, por el cumpleaños de Brenda. Donde nos abriríamos al mundo, comeríamos de otra cocina y disfrutaríamos del encuentro. Otra afortunada noche para la Expedición. Noche que esta vez no se prolongó a pesar del paseo y finiquitó con la grata sensación de la tarea cumplida.
La media mañana cuando desperté nos devolvió a cuatro personas, las cuales tuvimos un desayuno fragmentado pero pacifico. Matías encontró en esta paz lo que necesitaba para tranquilizarse y proponerse sus últimas prácticas antes de ir a enfrentarse con un examen.
Antes de que el reloj marcara la hora de la comida me volví a escapar hacía mis rutinarios eventos. Llegué, en la vuelta, a encontrarme nuevamente con Leila; solitaria. Para volver a bastarnos a nosotros mismos. En la sobremesa me volvió a abandonar como otras veces.
Ante la soledad, decidí dejar en constancia nuevamente en estas páginas nuestras aventuras. Pero en la expedición la soledad tiene otro sabor que a pesar de ser amargo es agudo y, en este caso, Gustavo y Sara no lo dejaron sentirse mucho tiempo.Y por eso los despido.

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