martes, 20 de noviembre de 2012

Bitácora - Primera Entrega

Esta es la primer entrega de la bitácora de Expedición Borojov: Ya pasaron dos noches, un día. Estamos en la mañana del día 3, martes.
La primer noche, el domingo, eramos cinco: Matias, Noelia, Sara María, Brenda y quien les habla. La noche consistió en una cena y una pequeña actividad. Los fideos característicos de todos los comienzos rápidos y la tranquilidad del soplido tibio de la terraza.
La actividad era un empujoncito para una tarea investigadora en la semana. La experiencia excusaba en investigar en los cerebros de los compañeros. Terminó siendo el fin y no el medio. Como si se estuviera pidiendo de alguna forma poner algunos asuntos sabidos pero puestos a un lado de vuelta sobre la mesa y sacarnos algunos pelos que teníamos sobre la lengua. Todo terminó siendo positivo.
A esta altura tengo mis dudas acerca de cuanto terminaremos cada uno investigando por nuestra cuenta algún tema que nos atraiga y nos haga escarbar. Por lo pronto los corazones de los otros nos atraía a todos sin que nos lo hubieses propuesto.
Solo quedamos tres para descansar en la casa esa noche. Sara María y Brenda tenían asuntos que atender muy temprano en la mañana y necesitaban la tranquilidad de la normalidad de sus hogares propios.
A la mañana siguiente se sumo Leila. La comida improvisó algunas salchichas que se sumaron a algunos fideos que se escabulleron de la última comida. Fue, sin embargo, un banquete simpático. Más tarde se sumarían Matías, Nicolas, Gustavo y Talia y, de vuelta, Sara María y Brenda. Yo llegaré para la cena luego de algunos asuntos míos.
Eso nos lleva a la segunda noche, la del lunes. Y con eso a la primer actividad de todos juntos. Nos visitaron tres personas con sus experiencias, fracasos y excentricidades. La idea era nutrirnos del pasado para conocer posibilidades y no posibilidades. A coro, una marea de interminables trozos de pizza volaban por la mesa; trabajo inapelable de Nicolas, que también es su rubrica en estos casos.
Silvina, una de nuestras invitadas, hablo de como el fracaso era la mejor escuela para la virtud en otras puertas. Como discutir sin rumbo te hace perder el tiempo de una forma sensata para convertirte en un excelente perdedor de tiempo por donde te dirijas. Como es indispensable en cualquier ámbito ser coherente con las emociones de cada quien y acompañarlas en vez de empujarlas y hacerlas otras forzadamente.
Valeria nos trajo otra cara, más presente. Nos habló de no encontrarse salvo en sus raíces y como esto puede ser bueno; como una despedida se puede transformar, a veces, en un hasta siempre.  Y como su lucha era la de producir que esa sensación sea compartida y no única.
Por último, Ailin habló del adiós definitivo. De tener ganas, de tener donde explotarlas y de hacerlo sin reveses. También, como las otras dos, nos resulta algo positivo, porque el convencimiento surge en gran medida del rechazo a la tentación de lo otro. Cada uno deberá saber cual es su lugar sin que eso le pese a ninguno.
Los que no estuvieron la vez pasada tuvieron su turno de la actividad que se había dado el día anterior. Esta vez el resultado fue el mismo pero amplificado. La sensación de necesitar hablar del otro de eso que pensábamos pero no materializamos era extremo y salió a la luz desde una primera instancia sin ningun tipo de presión. Finalmente fue tan certero como la primera vez y me dejó la misma sensación de que la investigación final, por la cual estábamos haciendo todo el teatro, nunca llegará. Y sin embargo nada fue en vano.
La noche termino tan calma como encantadora. Nos acostamos tarde pero descansados y risueños.
Ahora estoy sentado en la cálida terraza. Resguardado en una generosa sombra. A mi derecha, cinco de mis compañeros se sumaron a Lucas y están arreglando algunos cables y otras cuestiones. Antes, habiamos disfrutado de un desayuno de otra jerarquía: Jugo exprimido, fruta, café batido, galletitas.
El día parece que no tendrá muchas más interrupciones por un paro de transportes. De una u otra forma se seguirán enterando.

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