
El sueño ama el invierno,
las ovejas usan bufanda,
mis sabanas me abrazan
maternalmente hasta el alba.
Mi cuerpo prefiere el viento
del silenciosos silbido de la luna.
Un suave escalofrios
no atormenta sino ayuda.
Hoy que no hay sol,
alucinolo aún arriba.
Mi sudor parece convicto
que sin sigilo se fuga.
La última hoja ya ha pasado
del Kamasutra de ronquidos.
El aullido de las aspas
quienes mareadas no han detenido
Son parte del silencio
eterno, lenta puerta
que gritona asoma abismo.
Y la mañana nunca llega.
Mis ojos húmedos y blancos,
expectantes del rio amargo,
no quieren esconderse
entre los furiosos párpados.
El horno pesadillezco
no parece detenerse.
El funeral del gallo
aparece invitandome.
Mi oreja junto a las plumas,
mi corazón junto a los resortes,
las paredes ya me abruman,
se desploman sobre mi porte.
La luz también a mi par
despierta se revuelca.
Quizás un poco más calmada
pero mucho más atenta.
Las horas ahora son más largas.
El reloj me lo ha dicho.
Sus agujas malcriadas
no pueden cerrar el pico.
Y mi alma sueña soñar
una honesta bostezada.
En vez de eso arde y sufre
Platica con una estrella blanca.
Quizás esta guerra que acá asoma
sea un oasis celestial
y esta fiesta de tributos
signifique de una vez por todas
descansar en paz.
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