lunes, 22 de octubre de 2018

Sobre Leer II

Como comenté, voy a ir agregando a medida que se me ocurran distintas formas de lecturas a las cuatro lecturas que había podido detallar en el anterior texto. En caso de que no lo hayan leído, se los recomiendo; ya que entiendo que las siguientes formas de lectura que pueda adivinar van a ser transformaciones o híbridos de aquellas.

Quinta Lectura: La Lectura Colectiva.
Algo tácito en las anteriores lecturas, entiendo ahora, es que apuntaban a lecturas individuales. Dentro de las infinitas variables que uno puede ir ensayando incorporar a la actividad de leer, son muy pocas las que producen una transformación tan potente como la aparición de un otro. Hay algo que me produjo siempre una curiosidad letal. La desesperación del lector en lugar público por evitar incorporar un otro a su ritual. Me figuraba una especie de pudor. Un secreto que se debe tapar de una mirada ajena. Voy a intentar garabatear, usando los ingredientes que dispuse en las otras lecturas, para definir esta y explicar este fenómeno.
La lectura colectiva tiene una forma distinta de ritual. Hay compromiso porque hay códigos. El código fundacional de esta lectura es el SILENCIO. El lector colectivo es un oficial autoritario del cuidado del silencio. Este silencio no es particularmente el silencio sonoro sino el vacío sensorial  y psíquico suficiente como para reducir al mínimo la presencia del individuo y aunar a la masa en un solo y gran cuerpo. Ese gran cuerpo parecería comportarse de forma comprometida con el objeto a ser leído (arrojado, sin noción del tiempo, sin pensamiento crítico). Pero sus integrantes en realidad, leen, inevitablemente en simultaneo, el objeto y el colectivo. Y esto es un montón. ¿Por qué? Porque esa búsqueda de desaparición del ego se hace casi imposible con un otro que participa. Porque el ego, del que uno se quiere evadir se constituye a partir de la mirada del otro. Ergo, la lectura colectiva es una lectura agobiante pero con un potencial enorme.
A medida que iba adentrándome en la idea de lectura colectiva me invadió la posible idea de que hay más de una forma de lectura colectiva. Separando las lecturas más cóncavas, donde el colectivo está muy endeble y sumiso por el objeto; de una lectura completamente convexa donde el colectivo es un integrante fundamental que modifica constantemente el fenómeno leído. En estos últimos, por ejemplo, el silencio que es necesario, es un ruido ensordecedor, una constante de comunicación que invade, opina, le agrega temperatura. El ruido, la variable que se quiere evitar, por momentos, en estos casos, puede ser un cuestionamiento ontológico o el silencio propiamente dicho. Al terminar de redactar este párrafo, me doy cuenta de que no. Que no son distintas estas dos formas de lectura colectiva. En las dos el colectivo está modificando monstruosamente el objeto a leer y de forma dialéctica es transformado. La diferencia radica en que el individuo de uno de los colectivos se sostiene soportando con mayor entereza la dificultad de la transformación bajo el constante juicio del resto. Mientras que el individuo que pertenece al otro tiene la posibilidad de camuflarse con los demás y evitar cualquier juicio.
Ahora, ¿es lo primero mejor que lo segundo?
Sigo tratando de quedar bien con dios y con el diablo. En mi opinión, si leer es transformarse es necesario que encontremos la forma de habilitar un cambio que sea inmune al juicio de un otro. Ahora si transformarse no tiene que ver solo con un qué sino con un cómo. Siempre va a ser fuente de una potencia irreemplazable un colectivo de gente vibrando en una misma nota, que nos lleve a un lugar distinto por amplitud y alcance.
¿Se puede tener una lectura desovillante, ojear, ironizar en colectivo?
Mi respuesta a modo intuitivo es que no a las dos primeras. Por su organización no-lineal. Me imagino un grupo prestando una atención científica a un objeto, luego un quiebre en la lectura propuesto por un integrante y un intercambio de ideas sobre lo leído. En esencia sería un escenario idéntico a una lectura desovillante en solitario. La presencia de otros no modifica en el proceso de lectura más que para, quizás romper un hilo de pensamiento que se viene formando con cierta parsimonia. El texto es el objeto y ahora una estela que se va desplegando de ese mismo objeto. No hay desaparición del ego. Por lo tanto en este primer caso tendría que ir en contra de mi primera intuición. Se puede tener una lectura desovillante con las mismas características pero en colectivo.
El ojeo, ahora, en principio me resulta ridículamente más imposible. Ahora sí, la arbitrariedad, la no-linealidad o la deriva del contenido es imposible que se colectivice. Más imposible de tolerar si uno no es quién maneja lo errático del asunto. Si vuelvo a tomar mi hipótesis de que el ojeo es una búsqueda (o debe serla), cobra mucho sentido. Sin esa premisa, pierde su economía y se vuelve una tortura. Así que, de nuevo, el ojeo puede ser colectivo; puede ser una interesante odisea de lectura dónde sobresalga la intuición, una comunicación mínima que transforme el recorrido y la percepción rápida del otro; el ojeo se potencia en su posibilidad colectiva y por lo tanto mi intuición vuelve a ser errónea.
¿Y la ironía? ¿Puedo ponerme de acuerdo con otros para reírme de algo? 
En este caso, al contrario de los otros, diría que el otro es hasta necesario. Ya sea en forma concreta y física. Al lado del lector. O en forma tácita. La ironía es una separación, un límite que se surca para definir una identidad. Límite que se suele marcar para dejar a algunos dentro y a otros fuera. En esa interacción con los demás es que aparece lo colectivo en lo irónico. La raíz de la ironía es en principio el juicio de un otro que se comparte. Visto de esta forma parece más determinante y menos conciliadora la lectura irónica cuando es colectiva o marcadamente colectiva. Por lo menos en relación a ser el primer paso en romper prejuicios como sugerí en el texto inicial. Y es que la deconstrucción requiere por naturaleza la traición a un grupo. Para ahondar en este vuelvo a la idea de que está bueno parecerse a esos grupos cóncavos dónde cada individuo se transforma en su interior soportando el juicio del otro que no sufre la misma transformación que yo. 

Y llegando hasta acá pareciera estar cerrándose un círculo aunque creo que este catálogo de lecturas puede seguir creciendo. En el primer texto, todo surge a partir de un escritor que aborrece el lenguaje inclusivo y, luego, se discute más de eso que de lo que más habló en una entrevista (victima de un ojeo colectivo evidentemente). Quizás alguna feminista, curiosa, leyó por completo la nota con suficiencia irónica y eso la ayudó a acercarse al escritor (por más que continúe con el sano juicio de desaprobar los comentarios que estaban sellados en el título). Quizás otro, leyó por interés genuino desde el inicio, se perdió en esa lectura y entendió al final que algo más que una declaración le causaba malestar, desinterés o apatía. Para mí, esos casos son más recomendables porque hay una transformación consciente o buscada en esa lectura. La otra opción es la que más nos venden. Que estemos cansados de leer tanto en tantos lados y busquemos la menor transformación posible. Entonces la transformación se da, pero a nuestras espaldas; de la forma en la que no nos gustaría que nos pase de frente; mientras hacemos otros planes. 

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