viernes, 11 de marzo de 2016

El Castillo Interior

Prólogo

Las malas lenguas aseguran que una tal Santa Teresa de Jesús atravesó en su corta vida, distintos momentos con eufóricos vaivenes, donde en el interior de su alma pugnaban dios y la no existencia de dios. La iglesia la resistió todo lo que pudo como a todo lo que cambia, hasta que no pudo con su popularidad y decidió canonizarla, volverla santa.
De uno de sus períodos de mayor lucidez impía, se le conoce un libro. Los exegetas fallan y disienten completamente a la hora de asegurar el lugar y el momento preciso de su ejecución. Creo entender la causa.

Para reafirmar mi conjetura debo agregar que el libro que ella escribe, según se conoce, cuenta con un total de 562 oraciones (número para nada cabalístico). En todas ellas se menciona a Dios directamente; por más forzoso que resulte. Es suposición personal que este libro al cual todos tenemos alcance no es la obra escrita del puño de la Santa sino una manipulación de ella.
Se sabe de Teresa de Ahumada que, en su última etapa de vida, fue peregrinando largos años, fundando parroquias a su paso. En realidad ella escapaba.

Los exegetas no coinciden en el momento en que ella escribiera El Castillo Interior porque el original le fue extraído. En su lugar se publicaría el libro Las Moradas de carácter teocéntrico. Hoy en día puedo asegurar la falsedad de este último, porque en mi mano poseo el original. Al parecer la huida de Santa Teresa  se debía a un intento de coerción para que revelara el paradero de cada copia escondida del original; sus problemas de salud, a las secuelas de las torturas. Su popularidad como devota de Dios fue su única verdadera protección.

A continuación les entrego El Castillo Interior de Teresa de Ahumada en su formato original.

*   *   *

I

Escribo con ruido en mi cabeza y una gran fuerza en mi interior. Una fuerza que arrastra mi puño sobre estas páginas. Si no repito viejos textos y digo cosas nuevas, no me juzguen. No soy yo quien habla. Soy como esos pájaros que le cantan al alba pero no tienen noción de su canto más que el temblor que los atraviesa por el cuerpo.

Mi situación es frágil e incómoda. Habito en los márgenes, demasiados márgenes: Soy mujer, escritora y mística. Y aunque se me permita el ascetismo, no así el misticismo. Debo volverme amiga de mi confesión, de mis palabras; no censora de estas. Porque la que habla no es monja, ni mística. Es sólo un pájaro que canta su ineludible canción.
Le escribo a quien se tope con mis palabras y estas vibren en su interior. Si alguna de ellas no se entiende, pido me disculpen porque tampoco está en mí el poder de su entendimiento. Quizás sirvan para no olvidar que consciencia, felicidad y amor van juntos.

II

El mundo es como una gran caravana. Una extensa e incesante caravana que vaga eternamente por un infinito desierto bajo el embriagante calor del sol. En ella nos encontramos marchando solos, rodeados de alimañas. En algún punto de ese camino siempre encontramos un hermoso Castillo. Ese Castillo es nuestra Alma. Y al igual que nuestra Alma posee muchos aposentos y solo somos nosotros quien podemos verla.

No hay mayor bestialidad que no saber ver. Hay quienes transitan su camino mirando solo sus pies y nunca descubren su Castillo. Saben que tienen Alma. Se lo han dicho. Pero no consideran su verdadero valor, ni su sentir. Todo se les va en depositar un pie luego del otro, marcando el paso.
El Castillo tiene, como lo he dicho, muchos aposentos, unos en lo alto, otros por lo bajo, otros a los lados. Pero en el centro y en la mitad de todos ellos, está el principal, donde pasan las cosas, en secreto, que unen al Alma con el Universo.


Hay quienes tienen la virtud de ver el Castillo pero solo se detienen lejos a ver su belleza; otros malgastan su tiempo buscando su puerta de entrada. El Castillo no posee puerta pues es nuestra propia Alma y ya estamos dentro de ella. Debemos tener cuidado con las sabandijas que custodian su cerco. De tanto tratar con ellas, ocurrirá que desde afuera, puedas sentirte su semejante. Y si al llegar la Noche aún te encuentras al descubierto, el frío congelará tu cuerpo. 


III

Dentro del primer aposento no hay luz más que la que ingresa desde el exterior. A muchos les resulta atractivo mirar a los tullidos de la caravana desde adentro. Algunos pueden perderse en ese hábito por horas. Un ave rapaz sobrevuela esta recamara. Su aleteo constante es la sensación más fuerte que retumba en nosotros. Si logras cerrar los ojos y concentrarte; el aire ventoso que brota de sus alas acaricia todos los objetos del lugar y su silbido, al rozarlos, recrea formas en nuestro interior. Es de esa forma que podemos ver dentro de ella.

Entonces es que nos inunda el valor de poder recorrer la sala y, de a poco, también sentir los objetos con nuestras manos. Hasta toparnos con un objeto en particular: el espejo. Un haz furtivo brinda una luz cálida que se apoya en este espejo para que entre a nosotros la primera imagen. La hermosa imagen de nosotros mismos.
Si nos detenemos el tiempo suficiente, del espejo asomaran nuestros dos brazos. Estos nos asirán y nos dejarán atrapados dentro de este primer aposento. Todavía lejos del centro del Castillo. Mas lo espantoso no es caer dentro del espejo sino lo que uno se pierde de vivir por esa caída.

En este primer aposento la luz es poca, no así en las próximas. La luz de los grandes ventanales y los espejos nos desorientan. Cuando nos hacemos dueños de ver y nuestras pupilas se adaptan a la oscuridad luchando por dar con la luz interior del Castillo, lo que entendemos es que el ave rapaz nos engañó. Y nos llevó en círculos y hacía los espejos. Y no solo a nosotros.

La imagen del primer aposento es la imagen de decenas y decenas de solitarios descalzos ciegos buscando encontrarse.  Entre ellos se hacen sombras, se estorban aunque no se toquen. Si permaneces quieto y observas a las masas vagabundear por la sala, más temprano que tarde hallarás el hilo de luz hacia la siguiente.


IV

El segundo aposento es un gran patio donde reina la luz mas no todo está a la vista. Un profundo pozo atravesado por un crujiente puente levadizo nos separa de él. Si nos detenemos el tiempo suficiente, podremos ver que debajo del pozo habitan todo tipo de seres emponzoñosos. Para continuar, siempre es necesario dejar detrás a esos seres; pasarlos por alto.

El patio visto desde el cielo es un amplio círculo que rodea el centro del Castillo. En él encontramos amontonado, algo similar a un poblado. Un pueblo con mercaderes, representantes de la ley y curanderos. Con estafadores, mendigos y pendencieros. Todos ellos hablan, discuten y profieren, pero ninguno pronuncia palabras. Si aguzamos nuestro oído escucharemos un murmullo disonante, desafinado. Si nos entrometemos en conversación ajena, por más pintoresca que nos resulte, nos echaran una mirada desgarradora y quizá alguna ofensa. Pero si quisiéramos y nos escabullésemos un poco, sentiremos en el interior del murmullo, la notable contradicción y falsedad de sus predicados.

Podemos recorrer el angosto pueblo buscando una sola palabra, algo que nos guíe. Pero el murmullo va a comenzar primero a rodear nuestro cuerpo hasta también llenar nuestra cabeza. Entonces vendrá a nosotros el pensamiento, el correcto pensamiento de que tal vez el murmullo solo responde a más murmullo, y una sencilla palabra de nuestra boca va a alcanzar para deshacer esa vorágine. Para eso, es menester, continuar circulando hasta hallar alguien propicio para la tarea.
Triste y solitario nos toparemos con un borracho. Más por compasión que por razón, le regalaremos la primer palabra a sabiendas que no es de él el poder de la sensatez no obstante siempre lo es el de la honestidad. Y aunque mucho sea el esfuerzo, escucharemos con angustia el balbuceo pero saliendo de nuestra boca, con nuestra propia voz. Luego también oiremos la respuesta ininteligible del beodo, que tomará nuestro acercamiento como una ofensa e intentará aproximarse, hasta que un hilo que ata sus manos lo harán caer de bruces contra el suelo.

Las sogas que lo encarcelan, rodean sus muñecas y se extienden hasta dos orificios cercanos a la pared que da con el exterior del Castillo. Podemos probar desatarlo, mas el intento será en vano. Tampoco él desea su libertad. Ni él, ni el mercader que detrás de su puesto también está atado. Y también está atada la dama de compañía. Y también está atado el estafador. Todos en el pueblo están atados a la pared. Y sus actos también están gobernados por un sutil tironeo desde ese umbral.
El horror se extiende a lo largo del patio. Por más camino que andemos solo veremos hombres y mujeres atados y más de ellos, y luego los mismos.
Entonces, comprenderemos también que no hemos hecho otra cosa que rondar sobre lo ya caminado y completar numerosas veces el gran círculo que es este aposento. Daremos noticia de esto sin antes notar las infinitas sogas que apoyadas en el suelo están a nuestro lado. Y no nos costará entender, al ver su extremidad levantarse del suelo en busca de nuestras muñecas, que no son muchas sino una sola; que nos ha seguido hasta allí y que busca tomarnos y desenrollarse arrastrándonos hasta dejarnos cerca de aquella pared.


Pero no se le debe temer a la soga pues quien la tiene es quien la ha elegido. Hacía el centro del Castillo, se ve un alto portón de gruesos barrotes. En su abertura, se puede ver un océano de fuego, una llamarada incesante que lo desborda lejos de todos los amarrados. Quien le escapa siempre a los peligros perece en el peor de todos ellos. Y ante estos no hay mejor arma, ni cuidado, que el amor a la libertad. Si caminas con decisión a través del portón, llegarás al siguiente aposento.


V

A los que han vencido estos combates, con la perseverancia han entrado en el tercer aposento ¿Qué les depara? ¿Qué les depara al pisar el suelo del otro lado del portón?

Con razón existirán Miedos. A las Almas que han entrado al tercer aposento no les ha hecho el Miedo presencia pequeña; sino muy grande. Son muy deseosas de fortalecerse, ni sus ansias de alivio se guardan y si han de sufrir, se someten a atravesar este ciclo natural. Aunque las partan en pedazos. Las partes en las que serán divididas, chocarán, se friccionarán, chispearán y se transformarán en olas llameantes.  
Mirad a todos los que llegaron hace tiempo a esta cámara y veréis la diferencia de ellos a nosotros. Más grandes y enteros. Nosotros, divididos, querremos arrimar nuestros fragmentos y juntarlos pero es menester más que solo internarlo. Mirad a los perfectos pasar a la siguiente sala mientras nosotros intentamos detenerlos en busca de su ayuda. Si una de nuestras partes se dirige satisfactoriamente solo alcanzará su espalda.

Dividida el alma es pequeña, lenta, enervada, opaca. Cada parte, además, vuelve a la otra más torpe al trabarse con esta en conversación.
Sobre el Bien y el Deber. Sobre el Placer y los Instintos. Sobre la Verdad y la Convicción. Cada debate enciende más el quemante fuego que nos consume. Pero las partes que no chocan van volviéndose más pequeñas hasta extinguirse. Si nos detenemos el tiempo suficiente sin que las partes de nuestra Alma choquen, pereceremos en este tercer aposento al desaparecer.

Muchas veces la Naturaleza nos hace elegir entre sentir el ardor de existir o extinguirnos. A las Almas que han entrado al tercer aposento no les hace el Miedo presencia pequeña. Creedme que no está el negocio en escapar de este fuego. El calor permite moldearnos como una vasija de barro hasta encontrar nuestra propia forma. Quien no desea sentir el calor será tosco y minúsculo.
Los gigantes perfectos que vemos tan rígidos y fríos no son más que un espejismo de nuestro seso, que busca arrojarse fuera del martirio. Pero en el próximo aposento el fuego no se volverá más tenue y tampoco en el próximo del próximo.

A las Almas que han entrado al tercer aposento no les hace el Miedo presencia pequeña. Y si no osamos pasar adelante a este y los otros aposentos como nosotros mismos y no como otro; no estaremos procurando cruzar sino desvanecernos.


Cuando cruces la puerta hacía el cuarto aposento no habrás dejado de ser tú mismo. 

VI

Como este aposento ya es muy próximo al centro del Castillo, es grande su hermosura y hay cosas tan delicadas de ver y experimentar, que las palabras quedan cortas para describirlas. Posee un patio cerrado, si nos aproximamos a él podremos ver a lo alto, un puente que lo atraviesa. En el suelo del patio, detrás de su puerta vidriada, vemos toda clase de seres emponzoñosos. Estos pocas veces logran entrar en la sala. Y si lo logran, ya no hacen daño.
Gracias a la meditación, nuestra piel ahora es dura y no deja pasar nada que no queramos dentro de nosotros. Este bienestar procede de nuestro interior. Lo hemos ganado con esmero y paciencia. Y con razón nos da contento habernos empleado en cosas semejantes. Mas, si lo consideramos, podemos sentir esta misma fortaleza mucho antes, desde la caravana de la que surgimos.

Cuando conseguimos un lugar íntimo y seguro donde refugiarnos; Cuando nos reencontramos con alguien que amamos; Cuando logramos cumplir un gran objetivo que nos propusimos. Muchas de estas cosas, durante un instante, nos hacen olvidar de nuestra carne, del tiempo y de otras barreras. A veces hasta logran hacernos derramar una inesperada lágrima. Pero son fugaces.

En este aposento existe un largo pasillo, tan largo como un océano. Con la mirada al frente, no podremos ver su final, y si nos volteamos luego de haber iniciado camino, tampoco es posible divisar el comienzo. Desde cierto tramo sentimos, cada vez con más intensidad, el fluir del agua. Sin notarlo, estaremos en un majestuoso salón. En él hay de un lado una impetuosa fuente y en el otro extremo una firme cascada.

El agua de la fuente viene de muy lejos, es traída por arcaduces y artificio, y está en constante movimiento. Si nos asomamos allí nuestro reflejo será difuso. En cambio, el agua de la cascada fluye con fuerza hasta reposarse en la suave quietud de un estanque. Este espeja la belleza de toda la sala duplicándola. La puerta hacía el próximo aposento situada a lo alto, al final de la cámara, se abrirá una vez que nos bañemos en una de estas dos aguas.
Si nos detenemos el tiempo suficiente, la sala se extenderá y estaremos más lejos de cualquiera de los dos extremos. Para cuando queramos arremeter hacía un lado, nos llevará mayor tiempo. Y si acaso decidimos torcer nuestro recorrido, será aún mayor la caminata. Para aprovechar mucho nuestro camino y llegar al aposento que deseamos, no está la cosa en pensar mucho. Sino en amar. Y así lo que más os despertare amar, eso haced.

Si al desvestirnos frente a una de estas, comenzamos a ver sombras creciendo a nuestro alrededor. Ya a leguas del otro extremo de la sala. Solo seremos capaces de despreciar estas sombras cuando veamos que no son réplicas de nuestra silueta. Ninguna de ellas. Entonces, así como aparecieron, se esfumarán.
Recuerda que es indistinto hundirse lentamente en el agua o arrojarse en una sola zambullida mientras sumerjamos todo nuestro cuerpo. Una vez dentro del agua, encontraremos una vasta profundidad invisible desde el exterior y bucearemos en ella.

Allí, en esas aguas, se esconden nuestros mayores secretos. Inclusos los que nos guardamos a nosotros mismos. Algunos serán claros, como si siempre estuvieran presentes. Otros serán difíciles y dolorosos. Otros serán enigmáticos y erráticos. Tampoco dentro del agua es posible apreciar todos los recovecos desde un solo lugar. Si nos detenemos el tiempo suficiente allí, nos quedaremos sin aire.

Cuando volvamos a respirar, fuera del agua, nos encontraremos con la puerta abierta hacía el siguiente aposento. Estará en ti si continuar o volver a bucear en las aguas. Al dirigirte hacía la puerta, podrás ver dentro de ella una escalera que se despega de la sala hacía su techo. Atrás de ella, encontrarás el cauce del agua que desemboca en la cascada. De allí un mecanismo de norias toma montones de la misma agua, que luego terminan en el extremo opuesto de la sala, en la fuente.

A pesar de enfrentarse con espinosas verdades, no hay quien pase al quinto aposento con una leve sonrisa en su rostro.

VII

Al final de la extensísima escalera nos chocaremos exhaustos con una puerta. Es una pesada puerta de metal macizo. El enigmático quinto aposento queda detrás de esta puerta. Con todas nuestras fuerzas la empujaremos hasta dar con el abismo.
En este aposento el silencio es abrumador.  Casi lastima. Sin embargo, se siente bien.

Aquí, no hay suelo, ni paredes, ni techo. El paisaje es extraño. No es igual a nada conocido. Es un negruzco océano donde fugazmente flotan seres y objetos. Atravesaremos este espacio avanzando hacía algún lugar. La sensación de espacio infinito es inquietante. Sin embargo en ningún momento nos sentiremos errando. Algún viejo demonio puede aparecer. Pero ya no tienen ningún poder. Podremos atravesarlo como si fuera una humareda que tan solo molesta un instante. El viaje genera gran placer aunque no sea más que atravesar el vacío.

Finalmente daremos con un curioso muelle. A su final habrá una pequeña habitación. Es redonda y no contiene más que algunas pequeñas ventanas y un único espejo. El primero, luego de haber cruzado cuatro aposentos donde nuestro reflejo en él nos sujetaba.

Es natural que nos atraiga el misterioso paisaje a través de las ventanas. En el vació, tenemos la fuerza de crear con nuestra consciencia imágenes del pasado y del futuro. Mezclarlas y transformarlas casi con total libertad. Así vemos pasar yuxtapuestos, recuerdos y deseos. Si nos detenemos el tiempo suficiente, las imágenes invadirán nuestro cuerpo y nos darán la sensación de experimentarlas hasta confundir si aún flotamos en el vacío o estamos parados en la pequeña habitación.

Para avanzar hacía el siguiente aposento es necesario afrontar el espejo. En este caso, durante un extenso tiempo, aunque nuestro instinto ahora lo resista.    

En nuestro reflejo encontraremos una máscara. Esta máscara irá desapareciendo muy lentamente. Detrás de ella, donde esperamos nuestro rostro, no nos encontraremos con nada. Si nuestra fuerza de voluntad lo resiste, de a poco veremos un tallo aparecer en ese vacío donde queremos encontrarnos. Del tallo saldrá una hoja. De la hoja comenzará a crecer un ser.
Comienza a tener vida ese ser, cuando con nuestro calor lo elijamos. Una vez crecido, comienza a labrar la sustancia con la que edifica su casa. En ella, el ser que amamos, muere. Nosotros somos el aposento que debemos fabricar para que este ser nazca, crezca y muera.
Al morir, de sus restos, surge otro tallo. Este da lugar a otro ser nuevo. Para que tenga vida, debemos darle nuestro calor. Con nuestro calor, crece, pero distinto al ser anterior. Con otro color, otro sonido, otro aroma. Si elegimos a aquel anterior sobre este, el nuevo ser nunca terminará de crecer y perecerá antes de cumplir su ciclo natural. De sus restos habrá mayor dificultad para que brote nueva vida. Si nos detenemos el tiempo suficiente aferrados a ese ser que ya no es, llegará el momento donde no pueda crecer más ninguno.

Sabremos que esta máxima ocupa lugar en nuestro corazón porque los tallos, los seres, comienzan a nacer, crecer y morir cada vez con mayor prisa. Ya no somos capaces de detenernos a pensar, a darnos cuenta si les estamos dando nuestro calor, si crecen fuertes. De a poco, volverá a aparecer la máscara que recubre nuestro rostro en nuestro reflejo tapando a esos seres.  Hay quienes recuerdan, entonces, que eso que contemplan es la imagen que les brinda el espejo.

Si aún sabes que ocurre detrás de la máscara, el mismo espejo se abrirá como una escotilla. Detrás de él está el anteúltimo aposento.

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