La Música como cualquier arte está conformado por una simple materia prima manipulada de infinitas maneras hasta generar un producto único. En este caso: el sonido. El sonido, al ser modificado a gusto por el o los interpretes comienza a acumular ciertas cualidades que son, en este caso, con las cuales yo voy a intentar entender la Música.
Estas cualidades, creo, se producen como una simple reacción o interacción entre una cadena de sonidos yuxtapuestos y son en total 6. La cualidad rítmica del sonido, la armónica, la melódica, la cualitativa, y, luego, otras dos cualidades que surgen para entender la Música cuando los sonidos que la producen forman vocablos integrados en un lenguaje y, por lo tanto, este contenido puede también analizarse de acuerdo a la lírica y la dramática.
En un análisis un poco más exhaustivo y entrañable se podría también llegar a asegurar que la dramática no es únicamente proveniente de la palabra o, mejor dicho, la interpretación vocal de un front-man, pero vamos a dejar de lado por ahora esa visión particular de la dramática.
La rítmica tiene que ver únicamente con la relación del sonido y el tiempo, su frecuencia y duración. Su tempo es la forma en que está estructurada temporalmente una pieza. Tiene una relación indivisible con el movimiento ya que es esta faceta de la música la que hace inconscientemente mella en el cerebelo y produce en el hombre reacciones involuntarias o agitaciones internas. Produce, también de forma sigilosa, en el escuchante una sensación de luminosidad o oscuridad, de acuerdo a la liquidez de su tempo, a cierta conexión intrínseca del corazón de uno y el pulso musical.
La armonía es cierto patrón de relación entre los sonidos que los atrae o repele unos a otros según ciertas escalas o normas no escritas, pero que están constantemente rigiendo el universo. Una serie de sonidos simultáneos generan un acorde que puede o no responder a una estructura a la cual el oído está acostumbrado y ya preparado de una forma sensorial establecida. Lo mágico en el caso de esta cualidad es que por más que no esté explicitado un acorde, cualquier compás musical responde casi inequívocamente a uno de ellos generando así la armonía en la que puede estar de alguna forma incluido. Es algo así, como un hilo que magnetiza los sonidos y los guía entre si dentro de un límite.
La melodía es una materialización única y espontanea de una armonía. Es la que le da un nombre propio al instante musical y lo diferencia de cualquier otro. De alguna forma también, se puede revertir la historia y plantear que no es la armonía la que limita o predestina a la melodía; sino que es la melodía la que, al escalonarse y producirse desencadenadamente, prefigura una armonía y le da forma. En ambos casos, pueden ser definidas ambas como el color musical. Considerando a la melodía como el tono y la armonía como el patrón (para no decir escala).
Tanto la melodía como la armonía responden a la frecuencia corta en la que es producido cada sonido, la velocidad en la que vibran las ondas que perturban nuestro tímpano con sus específicas prioridades. Nuestro tímpano tiene un sistema postal propio que identifica las ondas y las traduce en notas musicales para nuestro regocijo, enviándolas a la dirección exacta en nuestro cerebro para generar tal o cual emoción. La calidad del sonido, es decir, la cualidad intrínseca está relacionada más a la forma en la que viaja por el aire ese sonido, no a que tipo de onda es en particular la que llega, ni cuando llega. Es decir, si es una simple nota solitaria, si está bien definida o tiene una leve distorsión. Si es un cúmulo de notas iguales que viajan juntas al mismo tiempo, a destiempo, con mucho más intervalo, disminuyendo, si se mezcla con otras notas, si se estiran o se achican. Cualquier manifestación de perturbación de una onda "natural" por así decirlo (a las cuales ya estamos habituados y existe cierta afinidad especial con nuestro tímpano) llama especialmente nuestra atención y nos genera la sensación de textura o irregularidad.
Ahora nos toca entrar en la faceta humana de la interpretación musical. La lírica no es, de por sí, una cualidad sino más bien un arte por si mismo. En el caso de la música contemporánea, según mi visión, el contenido de las letras de una canción es un ítem más digno de análisis. Como así ocurre con la forma en que es reproducido este conjunto de palabras, es decir, la dramática.
Lo interesante de esta división, más que nada, es la forma en que deja en evidencia las prioridades de distintas corrientes musicales de unas cualidades sobre otras o, más bien, la cantidades de cualidades a tener en cuenta. La popularidad consiste en la manipulación leve de las cualidades para no perturbar demasiado la percepción del escucha. Esto acomoda al oído predispuesto haciendo más probable su atención y su recuerdo. Como una astilla que se inserta en la piel tosca de la suela. La música popular es sencilla de recordar (más bien difícil de olvidar) porque está compuesta por patrones sencillos altamente presentes en la naturaleza. En cambio, cuando se experimenta o se busca cierto volumen musical, es cuando se entra en incomodidades, en perturbaciones que movilizan, que sumergen al humano en emociones más truncas, menos sólidas. Generan cierta actividad, dificultad, que profundizan ese momento en particular buscándole un significado más contundente y pesado dentro de su alma.
Pero también esta alma tiene distintas variantes, la música y sus cualidades tiene estas herramientas para conocer que camino tomar para llegar a distintos huecos del alma. El ritmo, el corazón. La armonía, la fragancia, el escalofrío. La melodía, el dibujo, la sensación de evocación. El sonido, un baño de espumas. La lírica, el maldito cerebro. Como también lo hace la ciencia de la música. Pero no la dramática que es la emoción. Y todo es distinto porque todos somos distintos, y cada vez más, en cada momento que escuchamos algo aunque sea algo igual. La música es de alguna forma la aparición de un recuerdo eterno que siempre estuvo y nunca supimos. Por eso esa sensación que todos tenemos alguna vez. Es un idioma que todos hablan desde el día que nacen. Y que todos disfrutamos porque es tan esquivo. Tan distinto a todo lo que podemos explicar y entender. Y lo hermoso es que no hace falta entenderlo, ni ser docto. Por eso estas palabras que quizás son falsas desde la primer letra. Porque me generan una sensación de regocijo que me remonta a infinitos sonidos distintos mucho más certeros y cargados que palabras. Porque me da una brillante excusa para hablar sobre metafísica pero tan cerca mío.
Por eso no deja de ser una teoría que pasa por mi cabeza.
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