Y salí de un río. No un río bueno, de los que fluyen y sirven para deshacerse de los malestares a gritos. Sino de esos ríos que te obstaculizan, que te sacan el aire. Como un río subterráneo.
Y salí de un río y aparecí frente a una gigante estructura de cemento, llena de escaleras y frases de próceres. Y caminé bulevares. Y acaricié perros del universo.
Pero el tiempo era otro, como haciendo una curva mágica, una sonrisa, que frenaba a la gente.
En el mundo que estaba, (mundo lleno de leyendas), mi gente era otra. Y de la gente siempre se aprende cuando aprendemos que la gente es gente, no es cosa. Aprendí, entonces, a ser directo y no mentir. Aunque los ojos nunca mienten. No mentir con vueltas. Porque las vueltas son miedo.
El mundo es de colores. Ese mundo al menos. Y los colores surgen de nuestros ojos a nuestros ojos. Tenemos que elegir que colores le ponemos a las cosas, a la gente. Porque después vemos con esos colores y entendemos esas cosas a través de esos colores. Si es que hay que entender las cosas.
No hay que entender todas las cosas. A veces hay que entender que hay cosas que no hay que entender. Y esas son las mejores cosas. Porque hacen ruido. Ruido del bueno.
Y había ya salido hace tiempo de un río. Un río de ruido. No ruido del bueno, sino ese ruido de gente que corre a ningún lado y le molesta permanecer en si mismos. Por eso hacen ruido, para correr hacia afuera de si mismos. Mirar es un acto que nos tira fuera de nosotros me habían dicho. Representaba cierta falsedad. Nada más falso y obtuso que el ruido.
Yo ahora estaba en un lugar donde se fluía. Y había pausa y ritmo. Velocidad no es ritmo aprendí alguna vez. Ahí lo entendí. Porque el que se apura llega antes. Pero el final del camino es el mismo para todos.
Y de la gente también se aprende cuando se enseña. Y no enseñar desde un pedestal lo que se debe saber para subirte a otro pedestal y mirar hacía abajo a otros que están en otro escalón. Sino enseñar de sacar obstáculos entre lo que está adentro y está afuera. Enseñar no de entender el bien sino de preguntárselo frente a otros.
Porque me paré en ese mundo, lejos de un río y aprendí y ahora que volví y digo todo esto siento que aprendí pero luego me leo y entiendo que quizás no entendí nada. ¿Sino para que necesito contar todo esto?
Las conexiones no son eternas. El ruido a veces te tapa. Uno no siempre elije los colores indicados. Pero está fluyendo. A su manera.
Dejarse cruzar por otros y ser empujado. No ser un filósofo de la nada (como yo) que da respuestas. Seguir el ritmo de la risa.
¿Cómo hago para no sentir que sé todo pero enseñarles que me pasa?
Es el problema de la inevitable condición de la escritura donde la respuesta está solo en mi cabeza.
Salí de un río y entré a mundo de sonrisas y ritmos pausados. Luego me volví a meter en el río pero con la mochila cargada y quizás lo que busque es que no se me disuelva la sal que cargo. Y que aprenda que me queda mucho por aprender después de todo esto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario