lunes, 12 de agosto de 2013

Oniris



I

No sé como explicártelo pero sé que yo era otro. Y estaba en un lugar que no conozco.
Me acuerdo del frío. Había un frío cortante, pero yo no lo sentía al principio. Me iba quedando, me iba acostumbrando al frío. Cuando acostumbrarse es aprender como sufrir algo que no terminas de entender.
Era una especie de vigía. Yo estaba esperando algo que no quería que pase. Estaba parado solo, con ese frío compañero que no te dejaba olvidarlo. Los autos se cruzaban frente a mis ojos como luces. Pares de luces que aceleraban y frenaban, encegueciéndome. Pero yo no esperaba un auto. Yo esperaba un hombre, o varios.
No estaba seguro, en realidad de que es lo que esperaba o temía. No sé si era temor. Sé que estaba rodeado por cierta oscuridad alumbrada por esos faroles móviles. Yo podía ver todo. Pero no era como esas miradas que uno hace a los lugares nuevos. Que son detalladas, lentas, superficiales. Como intentando incorporar la mayor cantidad de información, impulsado por el asombro. Yo podía ver en esa oscuridad pero no tenía detenimiento, yo miraba solo lo que necesitaba para anticiparme a ese encuentro que no deseaba. Y sabía, creo, exactamente por donde podía ocurrir. Yo no conozco ese lugar, pero él sí lo hacía.
No alcanzaba a ser calle ese conjunto de sombras. Pero tenía un sentimiento de acecho que me palpitaba en la frente. Estaba defendiéndola. De ese alguien que se acercaba. En algún lugar, con paso firme, se aproximaba sin luz. Yo lo sentía.
Tenía la extraña certeza en mi cabeza, que solo le puede tener en un momento así de que esa noche era la noche. A veces, el vigía (el mal vigía) banaliza su trabajo, lo piensa placentero, susurrándose a si mismo que no hay nada por ocurrir y que es bajo el mismo efecto del azar que puede tener cualquier transeúnte el acercamiento al siniestro. Esa noche, en mi cabeza habitaba la certeza de que no tenía escapatoria a mi deber. Y eso es porque yo habitaba otra cabeza. Y en la cabeza de ese otro ese encuentro ocurría una y otra vez hacía un tiempo largo.
Entonces, recapitulando, si es posible: Me encontraba solo, esperando a esa otra persona inevitable; sintiéndola (sufriéndola) próxima.
Me acuerdo que miraba hacía dos o tres lugares, posibles puertas para su aparición. Pero unos segundos (creo que fueron segundos, imposible saberlo) antes me detuve en un solo agujero de ese paisaje desde donde venía. Por ahí apareció caminando, a paso firme.
Mi trabajo siempre fue detectar el problema antes de que sea problema y hacer la movida necesaria para dejar eso que resguardaba fuera de peligro. Esa vez, el problema era problema pero no lucía como problema. Y tenía que enfrentarlo.
Podía ver su silueta lenta acercarse despreocupada. Pero no podía distinguir sus rasgos. Las luces de los autos, de pronto, le llenaban la cara de luz, pero eso lo hacía más difícil de ver y no al revés. Él seguía avanzando como si chocar contra los destellos no le influyese, como si el frío fuera su alimento, como si estuviera programado para acercarse tanto.
Creo que desde el momento que lo vi me olvide del frío. Ahora no logro recordarlo. Estaba invadido por un número infinito de sensaciones nuevas e información que renacía en esa conciencia que manejaba. Cuando estuvo a pasos de mí pude reconocer su cara pero ya era demasiado tarde.
Ya me había lanzado. Imposible definir si fue mi decisión o ahora era un testigo prisionero de las acciones de otro. Estuve encima de él que no esperaba el ataque. No sabía como evitar que lo ahorquen, ni que hacer con esa falta de aire tan repentina. Yo sentía esa furia limpia. De un personaje dentro del personaje que de pronto se activa. Como la memoria emotiva de un actor que recuerda el dolor de la muerte de un pariente para llorar en otra situación infinitamente remota. Yo era ahora un soldado en plena guerra, desechando al enemigo pero con este otro enemigo en mira. Sentía esa furia contenida y reciclada, sentía apuro porque termine el trabajo, sentía adrenalina. Pura adrenalina de que pasaba lo que había acumulado un tiempo. Pero a la vez sentía temor. Sentía desesperación. Sentía debilitamiento. Y eso era porque reconocí la cara de quien estaba asesinando y esa cara era mi cara.
En ese momento no me parecía pintoresca la idea de asesinarme a mi mismo. En ese momento sentía que era siamés de cerebro con mi asesino y las sensaciones opuestas me atravesaban incesantemente y no dejaron de atravesarme incluso cuando el cuerpo al que apretaba se quedó sin aire y vida.
Ahora que lo pienso, cuando lo vi había desaparecido el frío. Ahora que lo había desaparecido a él (a mi) se incendió de fuego el cuerpo que habitaba. Sentía calor. Y también desapareció la soledad. Se encendieron luces. Surgieron cabezas. Me empezaron a felicitar. Y yo estaba estremecido todavía, pero mi carne no. El hombre que era abrazó los saludos. Sonrió.
Eso colmó mi paciencia y, de alguna forma, golpee las paredes que me aprisionaban hasta escapar.
El choque me transportó hacía otro día. Ahora con luz solar. Verde. Me sentía distinto. Era otro. Recuerdo un paraguas. Pero con sol. Recuerdo ese oximorón.
No sentía paz todavía porque el sentimiento de matar y morir todavía estaba fresco, pero había otra predisposición en mis formas. La gente me hablaba, recuerdo. No reconocía rostros todavía. Me albergó, creo, la necesidad de mirarlos a todos para encontrar a mi asesino. Interrumpí la conversación para preguntarlo. Hablábamos de música. Y cuando le pregunté en la cara a uno si había sido él quien me había matado hace un segundo no lo tomó como un absurdo. Me dijo que él no había sido. Pero lo dijo con la seguridad del que sabe quien fue. Miré a todos que se mostraron absolutamente con la misma expresión. Todos sabían quien había sido menos yo. Había un ambiente festivo que invadía todo. Incluso a mí. Convivían en mí la alegría y la desesperación. Tenía una duda inquieta con ansias de una perturbadora venganza. Pero les creí a todos. No lograba ver en la cara de ninguno de aquella ronda rastros de asesinato. Es que parecía algo tan lejano.
Fue, inesperadamente que entendí que estaba siendo yo. Esa persona increíblemente lejos de la muerte. Viva. Por primera vez sentía al unísono.
Pero creo que estoy miento. Porque al darme cuenta de que había sido yo todo el tiempo una extraña idea vino a mi cabeza. No veo nada de esquizofrénico en verse sitiado por un pensamiento nuevo.
Rodeado de verano, en ese picnic de jueves, tramé evitar mi muerte; mi irrisoria e improbable asesinato; y me paré desde donde estaba. Vi a mis amigos con ojos extraños y estiré un saludo que sentí que ninguno terminó de entender incluso una vez que me había alejado con paso lento pero seguro.
Ahora luchaban en mí la idea de la paradoja y el sentimiento de lo irresoluto. Los dos hemisferios se batían en un duelo mortífero mientras mis pies chocaban contra un suelo húmedo sin chapotear.
Recorrí calles que se iban tornando grises. Hasta que no sé cómo me encontré en una habitación con un vidrio que separaba dos sillas. Una cárcel, quizás. Tomé el teléfono y saludé a la persona en la cual había sido introducido hace unos momentos. Sentía que tenía los motivos, la historia de ese hombre, todavía presentes como si hubiese retenido ser él, pero era incapaz de explicitar cualquier recuerdo. Por eso me sentía en superioridad de condiciones. Aunque ahora, pienso, ignoro que tan dentro de mí estuvo él.
Es curioso como puedo transcribir algunas palabras exactas de esa charla.
Le dije, cual película, que él no me conocía pero un día me iba a intentar asesinar y lo iba a lograr. Que todavía estábamos ambos a tiempo de evitarlo. Me preguntó porqué simplemente no esperaba unos días y lo mataba para asegurarme la situación, en vez de tratar de convencerlo. Me dijo que eso era porque era un maricón, un miedoso. Y que eso ya era motivo para que me matara. Yo inmediatamente entendí que no era así. Porque había matado antes. Lo había hecho yo mismo, y el miedo no me lo había impedido. Le hablé de la guerra. Le cambió la cara. Eso era lo que había pasado. Pero ya no pasaba más. Era pasado. Creo que logré extraerle una lágrima. En ese momento es cuando la memoria se torna más difusa. Cuando se le encuentra solución al problema. Cuando todo ya se ve demasiado claro y tengo control total sobre mí. Y ese control total sobre mí me hace ver a través del vidrio, dentro de esa lágrima que cae. Y volver a ser dos. Volver a tener dos almas. Cuando logré la fusión es que se empezó a esfumar todo ese mundo.

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