martes, 13 de noviembre de 2012

Stefano, segunda vuelta

El Grotesco te muestra una familia sufriendo y llorando de tal manera que sus lagrimas laven tus propios sufrimientos; los hagan parecer inocuos, exagerados.
A mi Stefano me hizo recordar a mi propio padre. Músico también; personaje perfeccionista. Qué al igual que al ficticio, le costó escribir más que cualquier otra página, la página de la fama. El joven Poeta, de futuro incierto, pero que parece al mismo tiempo sentenciado; encerrado en esa realidad y heredero del peso de la derrota; me resulta inexpresivo, pasivo.
Esta obra es un retrato pintado con pinceladas quejosas. Vamos a presenciar el llanto de unos, el llanto de los otros, el llanto sobre el llanto, el idiota alienado al llanto que produce una sensación mucho más angustiante que la trasmisión o el llanto compartido y, por último, el dolor que termina de consumir y hacer fallecer. La única sensación probable: La impotencia. No hay que hacer por esta familia, ni por este pasado que nos persigue. Sino entenderlo, apreciar lo distinto.
Del texto de Discépolo pude encontrar entrelineas símbolos y formas pintorescas de retratar lo que retratan todos. De los actores pude encontrar entre llanto y llanto la potencia, la intrínseca potencia del grotesco. Una diferencia escalofriante que diviso entre estas dos lecturas es el espacio. Mi imaginación dio con un lugar sumamente limitado. No necesariamente de forma física, pero siempre con la sensación de encierro, aunque entre y salga gente constantemente; de ineluctabilidad, aunque los personajes esten donde habían decidido estar y se encuentra en cada uno de ellos mucho de autonomía; y de precariedad. Sin embargo, visualmente el efecto recibido fue distinto. Encontré (Quizás por tener un ojo con memoria de pocas obras) un cuadro estático, lento. Parecía una rutina de días eternos. Aunque la obra mostraba un gran ritmo (Quizás mayor del que sin analizar puedo pretender) el espacio basto de la escena daba la sensación de que lo que ocurría en pequeños rincones era pequeño, irrelevante. Y que la conjunción de estos actos sin gran implicancia hacían del espacio un lugar sin función (En contraposición al lugar multifuncional que trata de describir el guion).
Por último, voy a decir lo que quizás le revolotea luego en la cabeza a todos. Todo gira en torno del fracaso y este fracaso personificado en Stefano el final muere. El después, no es perturbante solo por lo incierto ya que no existe futuro que no cumpla con esa característica. Sino por lo poco prometedor. Ya conozco la historia, puedo decir. Ya puedo entender la angustia de una generación que cambia de entorno, que persigue un sueño y se choca con la realidad. Ya entiendo que hay un solo turno para ser atendido en este gran mercado y que una vez que ya pasó mi turno no hay forma de obtener más nada. Pero, ¿Y lo que viene después? No después de la muerte, después de la vida. Al final, antes de que el personaje vaya soltando sus últimos suspiros vemos salir unos abuelos que "han vivido más de la cuenta"; una futura viuda que le habían prometido un castillo pero que continuaba como cenicienta por sus príncipes. Y dos jóvenes, que no nos fueron definidos de forma autonoma; entonces ahora, en nuestra mente pierden significado. Ñeca, es la hija que sufre (por más que este lo niegue) la precariedad y dejadez de su padre. Esteban, es el espejo con el que Stefano se mira para darse cuenta que su tiempo fue otro. Nosotros entendimos un claro mensaje, aprendimos a no ser juguetes de la humillación y a entendernos como la resurrección de esa tristeza y de esos sueños nunca realizados pero la pregunta, de cómo existe el futuro después de lo grotesco nos quedará siempre en la cabeza. Porque esta obra no supo dárnosla.

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