viernes, 9 de noviembre de 2012

Stefano de Armando Discepolo

Antes de comenzar cualquier análisis tengo que confesar que mi muy humilde preparación es constituida antes de cualquier cosa por la autodidaxia. Y esta se produjo en su totalidad por el genero literario. Es por eso que cuando entendí que me era menester expandir mi territorio hacia el arte cinematográfico sentí una limitación escalofriante que me costaba ponerle palabras o ideas. Luego esta sensación maduraría entendiendo las capacidades distintas de cada uno de estos recursos y notando su complementación más que, si existe, la superioridad de uno frente al otro. Era yo el que estaba limitado por mi exploración personal en las formas de uno y que todavía no sabía apreciar las del otro. Más tarde ingresaría en mi vida la profundidad sentimental, la complejidad, la introspección y con estas el género dramático. Pero conservando todavía una primera impresión parecida a mi otra apertura. Todavía sin terminar de comprender las facultades de la actuación, de estar cara a cara con el público, de un texto donde el humano ES la puesta en escena. Donde no hay ni narrador, ni punto de vista.
Es por eso que primero, pido se comprenda mi hostilidad frente a recibir toda la información de la boca de los personajes. De sentir que las cosas parecen siempre estáticas. De que me asombre de manera descolocante la forma en que los diálogos dan en la tecla con precisión y poética.
Ahora sí, para empezar a incursionar en esta obra, recordaré con poca perfección haber conocido en algún momento de mis estudios los géneros teatrales de la argentina de comienzo de siglo XX. El sainete y el ahora encontrado grotesco. Y no me sorprende leer por ahí, que fue el mismo Discepolo quien le daría una nueva cara y distinción a este último género. Y que es Stéfano una de las obras que izarían esta bandera.
Si el es grotesco un conjunto de obras que realzan la sensación de confusión, de incomunicación, de sueños rotos, de precariedad, de una rotura generacional, de un choque de culturas; Stéfano es en demasía todo esto. ¿En donde recae, entonces, la singularidad de la obra? ¿Qué es lo que la hace tan singular o un ejemplo a tener en cuenta dentro del género?
No es, precisamente, la evolución en los tiempos. No parecen haber sufrido los personajes un cambio radical en sus formas. La trama no da giros inesperados ni alberga una exposición de situaciones inesperadas. Sino que a pesar de caer en todos los estigmas del género, lo hace con una poética  única. Conceptos explicitados por tantos autores jamás sonaron de una forma tan kinestésica o armoniosa. Si el grotesco busca que el espectador encuentre en esta obra un descargo de sus pormenores desafortunados o una descripción inapelable de como se formó la sociedad porteña de comienzo de siglo. Stefano lo hace con una sinergia especial.
La obra no habla de sueños inalcanzables. Habla de "la mariposa". El personaje no es un hombre que choca con la realidad desbaratándose. Es una "cabra" que queda sin aire para soplar. El sinsentido, la precariedad de las vidas de ellos no es una simple coyuntura. La forma en que la afrontan es su "cantar". Y quizás olvide con su perdón algunas otras de las bastas metáforas que utiliza el autor.
No hay una gran epifanía en el guion. Por ahí no lo esperábamos del todo pero tampoco nos sentimos sorprendidos de que lo que comenzó en la ruina termine en la ruina. Sin embargo sentimos como cierra un circulo. Sentimos como se pasa una antorcha. Nos presentan en un comienzo una foto, como aquellos daguerrotipos donde una familia de quizás más de treinta personas posa en tres filas. Aquí también  nos muestran unos abuelos ajados, perdidos en una tierra que no les pertenece. Solo los sostiene el afán de conocer los frutos de una gigante inversión que hicieron. Que su hijo persiga su "mariposa" en una tierra fantasiosa. Resultará después esa tierra muy poco fantasiosa. Pero como Stéfano les dirá como excusándose al entrar al pequeño cuarto: "Sí, e triste mirar atrás. Por eso que mirar adelante incanta".
Luego está Stéfano y Margarita. Él es el centro. Es la realidad. Cuando lo conocemos vemos en él una flor marchitándose ya. Vemos alrededor de él una casa con casi quince personas. Quince personas alrededor de una mariposa. Pero solo él es quien puede atraparla. Todos sufren por él. Pero él no siente que ellos conozcan su doler. Él piensa que todos le traen sus propias súplicas.
La casita es pequeña y por más que haya ventanas y puertas abiertas y gente entrando y saliendo constantemente; no se puede tener otra sensación que la de encierro. Porque estan encerrados en esa realidad chiquita, apretujados. Es por eso que el dolor de uno le afecta al otro y viceversa. Por esto mismo que esta última generación que falta describir es la que recibe por ósmosis la frustración  Ellos ya son natalicios de otra realidad. Ellos perciban la nostalgia pero no recuerdan los campos de Napoles. Perciben la frustración,  la falsa esperanza. Pero no lo ven como un precipicio el cual saltar sino como un horizonte lejano que se mira para no mirar lo que se tiene de cerca. Esteban es un reflejo doloroso que verá Stefano. Es pulcro, activo, "con aire en los pulmones", tiene sueños. Stefano no puede ver en él más que un paracaidista que tarde o temprano se le cortará la cuerda. O, quizás, también, como un recordatorio constante de que él esta por chocar con el suelo. Ñeca y Radames son dos mártires, su sufrimiento es el sufrimiento de su padre. Pero a él esto le resulta insoportable y decide no escucharlo argumentando que nadie conoce su sentir y lo único que ensayan son gemidos de sus propias dolencias.
Un último personaje a considerar es su aprendiz. Él cual es acusado de traición; de robarle el sueño a nuestro héroe sin mayor atributo que la juventud (lejos de la virtud y talento). Sin embargo no cumple otra función de demostrarnos que el tiempo barre el pasado y los sueños. Y que Stéfano merecidamente o no, tuvo lo que pudo y que ahora le toca pasar.
Y esta es la herencia. Esta es la forma en la que se cosecha la generación que vendrá luego. Cargadora de un pasado, de un dolor, de una carencia que no sembró. Esto quizás sea verdad en todos los traspasos de antorcha, no solo en esta generación multicultural y extraviada.
Para concluir, la obra es en lo más estricto y lo más singular un grotesco criollo. Una descripción de un momento particular histórico de nuestra sociedad. Una explicación sin desarrollar de algunas actitudes propias. Una inyección de emociones concentradas que nos hace sentir libres, esperanzados, queridos, felices. ¿Cómo lo logra? Mostrándonos una realidad abrumadora donde esta todo sofocado por la realidad, por la impotencia, por el amuchamiento. Amuchamiento de decepciones, de frustraciones. Que tiñen amores sinceros en descargos continuos y nos hacen sentir que si nuestro héroe cruzó un océano en busca de su "mariposa", que si luchó por esta sin descuidar a su familia y no la pudo encontrar. Si su "cantar" fue ese hasta convertirse en una "cabra" sin aire que tuvo que ser reemplazado por una nueva generación y morir por esto. Quizás este es el mejor desenlace posible y la única forma que "descanse en paz".

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me encantó tu redacción y sí.. concuerdo en todo lo que decís. La verdad no había visto la obra de esa forma, me abrió un poco más la mente en cuanto a lo que Discépolo quiso mostrar en su obra. ¡Gracias me sirvió mucho para un trabajo sobre este tema!.