viernes, 30 de noviembre de 2012

Hamlet, Principe de Dinamarca

Hace nada de tiempo, recuerdo, hablaba con cierta persona acerca de cine. Le contaba que había visto las dos mejores películas de Hitchcook, quien es, para muchos, el director más icónico del cine; quien modificó la forma de ver y sentir en la pantalla grande. La ventana Indiscreta (Rear Window), explicaba, una de las dos películas que había visto, era para mí la película que describía el proceso, el concepto, el fin de todo el arte cinematográfico en una sola. Sin entrar en muchos detalles, tomo el cine como el entretenimiento en el que uno queda fijado a una silla, mirando, experimentando, entrando en la vida de otros, sin que estos los sepan; siendo atravesado por millones de emociones pero sin tener la capacidad mínima de hacer nada al respecto. Y lo peor de todo, el miedo, la cobardía, nos provocará instantáneamente creer cosas inimaginables, sin tener derecho a réplica. Eso para mí es, en parte, el cine. Y aunque todas las películas de alguna forma conjuran estos preceptos no tan sencillos como parecen. En Rear Window vemos una persona sufrirlo (o disfrutarlo) de la misma forma. Y lo mejor, es que nos meteremos dentro de su cabeza y haremos de la vida que él ve "una película", dentro de una película.
La realidad es que me siento un parcial ignorante de las artes dramáticas, pero eso no me prohíbe sentir de una forma este género y describírmelo a mi mismo de cierta forma aunque siempre abierto a agrandar (o mejor dicho limar, hacer más pequeña pero acertada) esta definición. En este instante del proceso, en el que se me cruzó esta tragedia tan antigua pero tan compleja como cualquier obra épica o posmoderna, Hamlet me resultó el Rear Window de las obras dramáticas. ¡Qué orgullo para Shakespeare pareceresele de semejante manera el filmmaker británico!
En la obra vamos a cruzarnos con un fragmento donde el protagonista someterá a su tío a presenciar en una obra, un evento de su propia vida teatralizado como si fuera la de otro, para generar en él sentimientos. Sentimientos que este mismo Hamlet decodificará para conocer cuanta culpabilidad hay dentro de sus entrañas. Por más directo que esto sea: el teatro no puede ser una metáfora del teatro. En este caso sí lo es bajo mi punto de vista. Porque de cierta forma morbosa, conjugando lo que se propone con lo que logra, el teatro es una forma de indagar, de introducirnos en nuestros adentros pero generando una conexión con un extraño, con un tercero que nos mostrará las cosas de una forma tan lejana que nos haga reírnos de nosotros mismos impunes o llorar las penas de otros escondiendo nuestras propias penas. El teatro no es otra cosa para mí ahora que nosotros mismos buscando encontrar dentro nuestro al tío de Hamlet en los artificios de un actor que inventa una emoción del mismo aire.
Por ahora este es mi corto y neutro análisis. Tiene, lo admito, la pereza de quien no sabe o no profundiza. Pero la satisfacción del que cree en un concepto y se lo saca de la cabeza dispuesto a ser revocado o reemplazado firme de sus convicciones.

No hay comentarios: