miércoles, 3 de octubre de 2012

Espejo Roto


Siempre me consideré niño de ideas y conceptos (Sí, hasta no hace mucho que me vengo considerando un niño, lamentablemente ya no me pasa tanto). Me sentía en una lejanía extraordinaria del mundo que me permitía analizar el funcionamiento total de las cosas que me rodeaban, develar sus secretos y poner en marcha los algoritmos que solucionaban las cosas a mi paso. Paradójicamente, no hace mucho tiempo conocí lo que es un sentimiento y, creo con poca severidad, que deje de considerarme niño.
Me es todavía difícil  aplicar esto a lo que respecta con lo artístico. No hablo de mi arte particular porque creo que esa era, un poco, mi forma  de dejar escapar por mi coraza algunas de esos bichos raros que vivían dentro mío y yo negaba; sino en como yo apreciaba artes ajenos o que tipo de artistas buscaba. Fue lógico, pienso ahora, que me haya moldeado por Borges, que fantaseara escuchando Soda Stereo, que odiara la poesía (aunque la escribiera), que me acercara a todo lo que tenía empeño y secreto; a todo lo que sobresalía por su singularidad o metáfora ingeniosa o erudita.
Sin embargo ahora es otra la historia y de a poco va apareciendo ese otro yo que tenía dentro. Y, por suerte, ese otro yo encontró en este libro todo lo que le estaba faltando. "No es el qué sino el cómo" me viene martillando alguien en la cabeza hace tiempo. Y Benedetti es el señor "cómo".
Para empezar, me voy a tomar el atrevimiento de reducir esta inmensa obra en una etiqueta. Para mi forma de ver las cosas, Primavera con una esquina rota es un cuento. Sí, un cuento de doscientas y pico de páginas. Un cuento cuyo argumento, cuya cadena de sucesos del primero hasta el último pueden ser resumidos en una simple línea. Un cuento de una sencillez irreprochable. Sin embargo (y ahí entra el cómo), es un cuento que se lee con lupa. Un cuento que congela el tiempo y nos mete adentro del cerebro (o mejor dicho del corazón, Javier enfocate) de cada uno de los involucrados, dándonos todo lo que es necesario para penetrarnos en los huesos y no podría llegarnos nunca de otra manera que no sea en sus formas.

Formas que escapan de lo que estamos acostumbrados. Es esperable preguntarnos como puede un autor condensar una historia sin reveses, ni complejidades, ni grandes misterios con tanta seguridad sin aburrirnos o desinteresarnos. Y ahí es cuando entra el ritmo. Este libro contiene una mezcla impensada de características que lo hacen único. Primero nos entremezcla distintas miradas, no hace conocer el universo atravesándolo por un número de punto de vistas exhaustivo pero necesario. Desde la sabia y contemplativa visión de Rafael con más pasado que futuro hasta la curiosidad e ingenuidad hiperquinética de Beatricita, conocemos cada verdad sumergiéndonos en sus corazones, entendiendo el clima que los rodea, la acción desde una profundidad que le da una veracidad indiscutible. No parece ser el relato sobre un hecho histórico, parece ser la vida misma situada en otra época, en otro lugar (Qué determinante y azaroso que puede ser este comentario). A la vez, cada fragmento, cada capitulo, es de una longitud minúscula. Está todo desarrollado con un minimalismo sobrio y pensado estratégicamente para que cada voz no repita lo que acaba de decir la anterior y sin embargo no dejando nada no dicho. Hace poco (o mejor dicho, mientra leía el libro) me detuve a pensar que es ineluctable la manía de, por más inmerso y entregado que esta uno con su lectura, buscar la lejanía de la cual uno se encuentra con el espacio en blanco al final del último párrafo. Ya sea por apurarse, llegar, y pasar a lo próximo o por disfrutar con mayor intensidad esas letras que se nos están escapando. Lo que ocurre, analizo, es que antes de terminar las últimas frases, necesitamos estar conscientes de que estamos leyendo lo que concluye la idea general, algún verbo clave que nos señale la razón de ser de todo lo que venimos devorando, que le dé un sentido cohesivo a todo. Este fenómeno que es, en parte, orgásmico ocurre constantemente en este libro, que nos apura a reflexionar y hundirnos. Hacer una pausa y acumular de forma más cercana todo eso que hemos leído. Nos hace sentir que estamos avanzando de a saltos colosales cuando en realidad, no ha pasado mucho. Lo que ocurre es que avanzamos, pero avanzamos en otra dirección, no hacía adelante sino hacía adentro.
Qué ocurre entonces con el mensaje, con la enseñanza? Primavera con una esquina rota, como dije antes, no me parece una obra que quiera aplicar un símbolo, que guarde una moraleja que nos ilumine; sino un poco todo lo contrarío. Es, en un tono dulce y floreado, una obra pesimista que quiere exteriorizar una imagen percudida; que quiere intentar de definir un sentimiento indefinible y dejar en claro, a su vez, su carácter de imposible opacidad. Luego de haber leído el libro con detenimiento me queda más en claro no saber el significado de la palabra exilio pero me deja, al mismo tiempo, la sensación de esperar nunca sentirlo y que en caso de tener esa suerte no dudaría en saberlo.
Sin embargo, me animo nuevamente a poner un poco de mí y sentenciar que en este libro, como pasa quizás también en la vida, ocurre algo superior. Y es que, si uno mira con detenimiento cualquier vida, si uno repara en cada tramo, es imposible no encontrar un segmento que sea símbolo del total. Una escena que solo por el hecho de entenderla se conozca la entera concatenación de escenas y sus propios significados. Un capitulo del libro, con mayor exactitud La Soledad Inmóvil; narra como un exiliado muere de soledad. Y en el momento de su muerte le ocurre un lapso donde queda inmóvil, sus ojos pueden ver el mundo, esta al tanto de lo que esta más allá de sus límites, pero su cuerpo está en realidad en otro lado, porque nada que él pueda hacer puede cambiar eso que ve, no tiene esa capacidad. Y al mismo tiempo de esta sensación, la otra sensación de saber que uno esta muriéndose. Porque en realidad, todos estamos yendo inevitablemente hacía la muerte, pero solo en el momento en que uno pierde un pedazo de vida, o se ve incapacitado en hacer de forma total o completa eso que le significa vivir, se percata uno que muere. Y eso es, creo, una metáfora insorteable del Exilio. Eso es una declaración de como la vida procede de forma determinante sobre nosotros, que intentamos moldearla y resignificarla, pero que en cierta gran medida ya nos tiene a nosotros moldeados. Estamos lejos de escapar de nuestras necesidades. Y tarde o temprano nos veremos enfrentados a ellas, a no poder saciarlas y morir un poco en ese momento. O a aprender a vivir nuevamente, pero ya conscientes de nuestra falta, mirándonos en ese espejo medio roto, volviendo a esa patria que ya nunca va a ser la misma, reconstruyéndonos sobre nuestros propios escombros.

No hay comentarios: