martes, 1 de septiembre de 2009

La Pluma



H
ay historias que cruzan los oceanos. De un lado o del otro se aparecen indiferentes al tiempo y al espacio.
Dicen ser las mismas que por algun que otro nombre o escena, tal vez algun parlamento, se muestran antigûas en nuevas bocas que las cuentan. Dicen, también, que son Anonimas. Que durante la historia de las historias estas naufragaron dóciles y que quien tomaba el rol de trasmisor acostumbraba a garantizar la eternidad e impunidad de su relato. Todo esto nunca llega a ser verdad a mi gusto.
Puede ser que todas las historias vuelen libres por el viento como una pluma la cual el ave olvidó a volar sin ella. Pero el hombre que la encontró solícita en el suelo y la apropió para mojarla en tinta no piensa lo mismo. Puede ser que cuando uno reproduzca alguna de estas historias no mienta al decir que no le ha nacido en un sueño. Sin embargo esa historia que ha escuchado está inclompleta ahora en este instante en que lees esto y no escuchas aquello. No hay nada nuevo bajo el sol, digo yo ahora traido de un libro viejo. Todas, no algunas, son Anonimas. Y ninguna es libre de autoria a la vez. La omnipresensente historia al parecer no es omnipotente; necesita alguien, un autor, que las materialice.
Existe en algun lado de la bibliografia de Borges una biblioteca que contiene todos los libros posibles, a mi gusto eso es el universo. A la vez en esa biblioteca o, mejor dicho, en la limitada letra de aquel escritor hay un libro infinito que por reacción contiene todas las combinaciones posibles de letras, por lo tanto, incluye a todos esos libros. ¿Aquel libro es Anonimo? (para alguien que no cree en Dios, por supuesto)
Yo digo anónimo hasta que alguien lo tome y lo haga 100%, no menos, propio contandolo. Despues ya no es historia sino recuerdo.
Todo esto es, lo confieso, excusa para contar una historia y que no se la critiquen a otro que no sea yo:

"Se llamaba Juan Manuel y le decian Juanma. Era joven, bajito y tierno. Tenía una pluma de la suerte que usaba en momentos dificiles y de la cual sus amigos siempre se le burlaban. Estaba cerca de asomarse a la mayoría de edad aunque no lo aparentaba. Y, sobre todo lo demás, no había conocido el amor. Sin embargo lo esperaba atento. "Transcurria su adolescensia con ciertos compañeros amistosos que se adaptaron a él. Solían hablar sobre muchas cosas y también de damas. Llegó a contarles un día que vio a quien supo que era todo lo que buscaba; No lo que podia alcanzar. Eran, sin embargo, un verdadero grupo de soñadores a quienes no le importaba mirar al sol aunque queme la vista. "Su nombre era Angélica y parecia ser su mejor descripción. Cabellos de oros y, algo que él nunca quiso escuchar, quien la miraba perdía el alma por unos días. "A partir de esa tarde lluviosa en que se coló en su vista, a Juan Manuel todo le pareció primaveral; sus pies soltaron la tierra. Sus amigos notaron su odisea y trataron de ayudarlo a encajarse. Una vez la cruzó y pudo intercambiar algunas palabras. Para él, pensó, era el comienzo de un camino irrefrenable hacia el éxito. Cuando la vio partir luego del dialogo sacó su pluma del bolsillo y la apretó fuerte. "Pareció enojarse con el objeto y con el integró universo cuando al día ella ni lo reconoció entre la multitud de pasillo. Intentó darse esperanzas: le pidió a la pluma que no lo haya visto. Sus amigos le intentaron mostrar que era una muestra de realidad. "Se volvió a repetir lo tan temido. Escuchó, porque buscó frases de ajenos, que no lo comformaron: "Ella busca a alguien con decisión", "La vi salir con un amigo"... "Pareció obsesionarse lentamente. Investigó, inquirió. Apretó alguno por alguna señal. Conoció a uno que le contó un secreto. "Yo no hice esto, le dijo, pero un amigo sí y a él le creo. Dicen que por algunos cuantos billetes te regala una noche." "Comenzó a trabajar. Abrazó su amuleto al comienzo para sobrellevar la pesada carga horaria. Supo de más casos e incluso como requerirla. Pasó los días alejandose de sus amigos y de sí mismo. "Al fin juntó la suma, pasados numerosos días. Confirmó la cita por telefono. Debía hacer un largo viaje hasta llegar a un perdido barrio. Tomó la insabida linea de colectivo y emprendió el último escalon hacía ella. "Al fin, entró hacia el tan soñado cuarto. La vio mejor que en sus fantasías. Ella lo vio y pareció reconocerlo. Le hizo acordar de su cruce sorprendiendolo y lo invitó seductora a acercarse. Él tímido se aproximó y ella comenzó, casi con automatismo, a sacarle la ropa mientras él la miraba fijamente a los ojos incrédulo. De pronto, algo suave rozó su mejilla. Él se asustó y se alejó rapido de ella. Ahí la vio. "Su pluma se había escapado de su bolsillo y lo asustó recordandole su ternura perdida. Se puso de nuevo su ropa y estupefacto, salió arguyendo algunas palabras. "Volvió la semana y sus amigos lo encontraron raro. Era el mismo de siempre. No aquel obsesionado joven. Tenía amarrada la pluma segundo tras segundo. Volvieron a hablar de chicas como antes, solo que ahora él se mostraba un poco más callado. No más tímido, solo menos participativo. "Un día la vio de lejos. No la miraba con otros ojos. Seguía enamorado. Se acercaba a paso recto. Ella tenía en la mirada a quien descubrió una verdad y desea contarla. Su carrera terminó frente a él. Quien se sorprendió al principio, despues de un segundo entendió. Se tuvieron uno junto al otro por un largo tiempo. Ninguno volvió a caer en sus propios errores."
Javier Grinstein

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