miércoles, 7 de diciembre de 2016

Dibujos con Sentencia (de diciembre del 2008)

Matías está sentado en su escritorio dibujando. Dibuja y escribe al margen. Las cosas, intenta, son de la forma que él quiere. Cuando el trazo no lo obedece acota y justifica. De alguna forma u otra, el dibujo es justo. Distinto a la realidad. Trata de mantener su mente en blanco pero sabe que existen códigos, lógicas.
Parte de la nada y va destruyendo el silencio de la hoja en blanco. Luego encuentra formas y va completándolas pero a su gusto. De a poco asoma algo que se acerca a lo real. Pero eso no lo contenta y ahí es cuando entra su mano justiciera que deforma lo que ya está establecido y le da un nuevo sentido al ser dibujado. Cuando termina, aún no contento con el producto final, agrega a un costadito una única sentencia que termina de arreglarlo todo. Porque aunque la imagen sea autónoma y ambigua, él no quiere dejar lugar para algunas cosas ingratas y por eso las extermina sin piedad. Pero lo hace de forma sutil, en forma de poesía. Solo con una frase medio encriptada que dilapida esa curva que hace parecer más corpórea esa parte del dibujo, o que desvanece ese tachón que surgió de una leve falla, pero desde el sentido.

*   *   *

Matías levanta la cabeza y se pierde en lo que está fuera de su ventana. Reconoce a una chica. Se llama Sofía y la conoce de la agrupación en la que ambos militan. Sofía es muy conocida dentro del círculo de jóvenes con conciencia social porque ella donde antes había nada inventa comedores, inventa asambleas, inventa justicia. Sofía no le gusta a Matías. Básicamente porque es fea. Aunque cree que la admira.
Recuerda, siempre que la ve, la vez que fue a la municipalidad a pedir plata o suministros para el nuevo comedor que iba a armar sin gran resultado. Entonces el intendente, al llegar a su trabajo el día siguiente, encontró a una turba de niños hambrientos. Pacíficos, claro. Pero ejerciendo una violencia muy grande que es la violencia cargada en la realidad. Sofía encabezándolos. Cuando el Intendente aceptó lo que antes le pareció un chiste, ella exigió el doble.  El intendente aceptó nuevamente desesperado pero las cosas no llegaron. Pasada una semana se duplicaron los niños. Cuando no llegó la plata al siguiente mes, tenían en la puerta tapando la calle a todas las familias. A los tres meses el comedor andaba solo, sin tener que realizar esos piquetes silenciosos. Después la llamaron de otro distrito. Cuando Sofía fue la primera vez a pedir dinero, no sabe por qué, accedieron a darle la ayuda de una sola vez.
Sofía esta vez, mientras Matías la miraba por la ventana, simplemente caminaba para su casa. Entra, saluda a su mamá con un beso y sube corriendo a su pieza. De un escondite saca un cofrecito más o menos grande, lo abre y mete adentro un fangote de billetes que tenía en los bolsillos. Se tienta y cuenta la plata y mientras lo hace se imagina en Paris. Paris, piensa, siempre tiene aroma de sueños y romances. Todo lo que necesita ella después de tanta realidad.
Matías ahora ve a Victoria. Victoria si le parece linda, pero es tan grande que no se anima ni a fantasear con ella para dedicarle una atención a escondidas. Además que sabe lo de ella y su hermano.
El hermano de Matías es Santiago. Santiago no dibuja ni escribe en los márgenes. Le gusta más bien la música pero no tanto como para tener su banda o tocar en la banda de otro. Por lo menos eso es lo que cree. Pero si le agarró un coraje inédito como para estar con Victoria. Por eso es que en el parque donde van siempre, como si fuera plena noche, en el lugar más ruidoso, se le acercó y le pidió un mate. Como si estuvieran solos los dos. Como si el mate fuera de ella. Las amigas se rieron de él pero ella no. Agarró el termo de las manos de otra y le cebó un mate. Él se lo agradeció pero no se animó a más. Se levantó y volvió a su ronda con aires de héroe. Y su misión fue victoriada.
Victoria atraviesa la calle que da a la ventana de Matías y se acerca a su edificio. Desaparece de su vista pero suena al instante el timbre. Escucha correr a su hermano y atenderlo. Sube Victoria el ascensor y se encierran en su cuarto. Mejor olvidarse de Victoria por un rato, piensa Matías.
Por eso mira de nuevo por la ventana. Por las dudas para las orejas de forma distraída y un poco inconsciente. Pero lo importante es que ve a Walter.
A Walter lo conocen todos, sobre todo los de su gimnasio. Para que te des una idea, Walter estuvo con Victoria y no quiso más. Después estuvo con Sofía también, solo para mostrar que tiene conciencia social.  Puede que Walter tenga algo que ver con que Victoria esté ahora con Santiago, encerrada en su cuarto, pero imposible demostrarlo.
A él, Santiago, en realidad, no le agrada mucho ir a bailar porque dice que su cerebro no funciona cerca de una chica después de las doce. Pero no sabe por qué hace un par de semanas fue. Ahí se encontró con Walter y con otros amigos. Uno de esos se le ocurrió ir a hablar con una chica que estaba sola. Y a la chica se le ocurrió darle un beso a ese chico. Y el novio de la chica se le ocurrió volver del baño.
Primero el chico no entendió, pero cuando eso pasó se le fueron los humos a la cabeza e intentó destrozar al amigo de Santiago. Eso hasta que llegaron los cuatro amigos. Sobre todo cuando vio a Walter y el tamaño de Walter. Ahí esbozó una cara de vendetta y hasta amenazó con enseñarles a sus propios amigos. Pero Walter se le rio y lo invitó cordialmente a retirarse sin su novia. Ella igual se fue con él. Creemos todavía que por lástima.
Walter desapareció de la mirada de Matías, pero él se acuerda de otra cosa y le grita. Walter no escucha entonces sale en su búsqueda. Baja el ascensor y sale a la calle. Camina por la avenida y lo ve en el horizonte. Lo ve doblar. Lo ve seguir derecho. Lo alcanza. Walter para y lo ve un poco enternecido.
Matías le cuenta que ayer, los amigos de Nicolás Robredo, junto con Nicolás Robredo y la novia de Nicolás Robredo, anduvieron por el barrio. Ya te imaginarás quien es Nicolás Robredo. Walter le tapa la boca y lo agarra fuerte. Lo zarandea y lo mete en el gimnasio. Después sube las escaleras callado. Entra, esquiva un par de máquinas. Matías lo sigue completamente desconcertado.  Se sienta y le habla. Ya sé, le dice. Pero no podemos hacer nada. ¿Para eso me metiste hasta acá?, pregunta Matías. Estaban a una cuadra, le responde.
Para Matías, Walter es un agente secreto de la CIA casi. Andá tranquilo. No te van a hacer nada. Son pura pinta, escucha Matías mientras baja la escalera.
Matías sale del gimnasio y al instante se le cruza Victoria. Llevaba puesta una sonrisa inevitable. Con eso le alcanzó a Matías para saber algo. Decide correr a la sede de la agrupación. Eso que recién había visto era para contarse.
A unas cuadras, se cruza con un chico solo que no conoce. Cree que es del grupo de los amigos de Nicolás Robledo.  Pasa no muy cerca de él con cierta crispación extrema. No pasa nada salvo que le lanza una pequeña sonrisa sobradora. Walter tenía razón, piensa.
Llega a la cueva donde se juntan los chicos de la agrupación a discutir y discutir. No la ve a Sofía por ningún lado. Se acaba de ir, le dicen. Charla con algunos compañeros de cosas poco interesantes. No se anima a contarle a nadie más. Decide volver.
Cuando llega, sube el ascensor, entra a su pieza, lo ve a su hermano chusmeando sus dibujos no sin mucha admiración. Eso no le importa a Matías. Lo trata de evitar pero ya es tarde. Cuando voltea le ve la cara. Tiene un ojo en compota, el labio sangrado. El dibujo no le parece ahora tan importante. Se le cruza por la cabeza dudar de la fuerza de Victoria.
“Victoria no fue la que me lastimó. O por lo menos la cara. Lo de la cara es lo de menos. Yo sé que me ves muy bien pero estoy destruido. Bueno, en realidad para vos estoy hecho mierda, pero en verdad lo de la cara me chupa un huevo. Lo de la cara me lo hicieron ayer a la noche. Nos peleamos con los amigos del Nicolás ese. Y la verdad es que no eran muchos. Pero hubo un pequeño detalle que no nos esperábamos. Éramos tres contra cinco. Teniendo en cuenta que Walter es Walter teníamos hasta ventaja. Pero no sé por qué se le ocurrió no pelearse. No es que le salió un brote pacifista porque la verdad que antes que saltaran todos a matarse él hablaba muy convencido de que les iba a arrancar las orejas uno por uno. Pero cuando vio que no les importó mucho lo que él decía y se tiraron sobre nosotros a pelearse, le pareció menos penoso pasar por un cagón y desapareció de la nada. Y eso lo hizo a escondidas, no de entrada para que nos enteráramos todos y entendamos que era mejor no meterse con nadie. Sino en la mitad del quilombo, nos dimos cuenta Uri y yo que estábamos solos con los cinco. Decí que nos dejaron ir rápido porque ya no nos movíamos mucho. Lo que realmente me molesta no es el labio, por más que no pueda masticar nada porque me hace ver las estrellas. Lo que me jode es lo que me acaba de decir Victoria. Que te lo vine a contar y no estabas. Hoy tuvieron que cerrar el comedor risitas porque le descubrieron unas deudas gigantes con todos los proveedores y la caja vacía. Parece que lo último que se sabe de Sofía era que se tomó un avión para Europa. No me quiero ni imaginar que hizo con los otros comedores. Y tan buena que parecía. ¿Podés creer? Parecía el papa de lo buena que era. ¿Se habrá cansado de ser buena? Eso me vino a contar Victoria. Encima, ella me viene a contar eso indignada. Todavía se me hizo la mosquita muerta con mis moretones. Cuando yo ya sabía, de boca del mismo Nicolás cómo se había vengado de Walter estando con ella. Con Victoria. Como si a Walter le importara en lo más mínimo. El mismo que me pateaba las costillas se había encamado con mi novia. Y todavía se hacía la que se sentía mal porque nos peleamos. ¿Te das cuenta que todas las minas de alguna u otra forma te rompen en mil pedazos? No sé para qué te cuento todo esto. Supongo que para hacerte precio y aprovechar el momento y no amargarte varias veces. ¿Seremos todos hijos de putas y no nos daremos cuenta?”
Matías más que amargado estaba completamente desconcertado por tanta información. La pregunta que se hizo su hermano, le retumbó en la cabeza. ¿Habrá también en mí maldad? Mira por la ventana y baja la vista hacía el papel.
Walter volvió a tener contacto con Santiago y Uriel como si nada hubiese pasado. No sabían exactamente como explicitarlo pero nada era lo mismo. Tres años después decidió mudarse a la capital solo para estudiar. Allí sufrió la más amarga soledad por un tiempo hasta que en una clase de la facultad se cruzó con otro Matías. Matías era uno de los amigos de la banda de Nicolás Robledo. Inesperadamente, los dos, estaban en la misma situación y decidieron hacer las paces. Tuvo cierta desconfianza inicial pero muy rápido aflojó. No pasó mucho tiempo hasta que se mudaran juntos.
Sofía llegó a Paris cargada la mente de fantasías y los bolsillos de dinero ajeno pero nada de eso fue infinito. Del turismo a la indigencia el proceso fue inevitable, sigilozo  y lento pero ella de alguna forma ya lo tenía aceptado. Cantó un par de tangos por plata y le fue bien. Pero no suficiente. Pasado un tiempo, no mucho, se cruzó con un argentino radicado allá. Trabajaba para una ONG, le propuso que entrara como voluntaria aunque sea para evitar la calle y el tango, mientras él buscaba algo que le produjera techo y alimento. Él la cuidó y se enamoró de ella. También le consiguió el mismo trabajo que hacía él.
Victoria continuó con su fama de chica fatal pero se empezó a correr un rumor. A Nicolás Robledo le habían diagnosticado HIV. Pasó por un proceso inaguantable. Todo indicaba que eso había pasado después pero ella no sabía por qué sufría como si estuviera enferma y moribunda. Se negaba a hacerse un test. Finalmente, ante la desolación, algunas amigas tomaron uso de la razón y la obligaron a hacerse el test que dio negativo.
Un día saliendo de su casa Walter fue interceptado por unos hombres. Nunca pudo ver sus caras. Lo metieron adentro de una camioneta. Le empezaron a gritar y a golpearlo. ¿Vos sos Matías?, le preguntaban. Decinos tu nombre y tu apellido. Nunca paraban de golpearlo ante el silencio. Pudo después de unos segundos dolorosos decir Walter Acuña entre resoplidos y llantos. Lo golpearon más. No se sabía si por incredulidad o para esconder el fracaso. Vio a una de las sombras, de esos hombres que lo tenían agarrado hablar por teléfono y escuchó porqué buscaban a su compañero de cuarto. Entendió que sus padres tenían mucha plata, pero lamentablemente para ellos, él no era Matías Quinteros. ¿Qué hacemos con este?, escuchó que preguntaban. ¿Conoce a Matías Quinteros?, Decían del otro lado de la línea. No pudo contestar. No sabía que le convenía, solo quería ser libre.
Poco a poco Sofía fue descubriendo el trabajo de la ONG en la que había sido incorporada. Era una milicia. No tenía entendido bien cuál era el fin último de tomar las armas pero sabía que eran muy buscados por el mismo ejército francés. Y eso parecía poco cuando Guillermo, su actual novio, le confesó que él era un topo. Era un hombre puesto por el ejército para terminar en breve con esa parafernalia. Él día en que se produjo el golpe definitivo los dos esperaron en su casa encerrados. Habían organizado una reunión especial dentro del grupo guerrillero convocando a todos. Miraban el reloj casi entusiasmados. Para cuando sean las 8 pm todo iba a estar terminado y ellos iban a ser libres. Personas ilustres, condecoradas. No recibieron ningún llamado. A eso de las 9 le tocaron la puerta. Abrió desprevenido y entraron tres de sus ex compañeros.
Esa noticia cambió la vida de Victoria. Como una epifanía descubrió que estaba cansada de sobresaltos y buscó rápido lo que ella llamaba amor. Se casó con un hombre grande que le dio estabilidad y no tardó en golpearla. Ya desenamorada lo intentó dejar, pero recibió más golpes y terminó, de a poco, aceptando la realidad y justificándola. Cuando llegó al límite pidió ayuda pero le dieron la espalda. Le pedían que vuelva a enfrentarlo o que lo denuncie. Malinterpretó la primera opción y lo envenenó.
Las últimas palabras que escuchó Walter fue: “Se lo puede borrar, es un nadie.”. Las que escucharon Guillermo y Sofía fueron en un más elocuente francés: “Algo tenía que desaparecer, ¿verdad? Y nunca como se espera.”. Lo último que vio Victoria fue, de muy cerca, la marca grasosa de una mano sobre un vidrio grueso que se pierde en la marca del aliento de sus jadeos y súplicas.

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Matías está sentado en su escritorio dibujando. Dibuja y escribe al margen. Las cosas, intenta, son de la forma que él quiere. Cuando el trazo no lo obedece acota y justifica. De alguna forma u otra, el dibujo es justo. Distinto a la realidad. Trata de mantener su mente en blanco. Pero sabe que existen códigos, lógicas.

Parte de la nada y va destruyendo el silencio de la hoja en blanco. Luego encuentra formas y va completándolas pero a su gusto. De a poco asoma algo que se acerca a lo real. Pero eso no lo contenta y ahí es cuando entra su mano justiciera que deforma lo que ya está establecido y le da un nuevo sentido al ser dibujado. Cuando termina, aún no contento con el producto final, agrega a un costadito una única sentencia que termina de arreglarlo todo. Porque aunque la imagen sea autónoma y ambigua, él no quiere dejar lugar para algunas cosas ingratas y por eso las extermina sin piedad. Pero lo hace de forma sutil, en forma de poesía. Solo con una frase medio encriptada que dilapida esa curva que hace parecer más corpórea esa parte del dibujo, o que desvanece ese tachón que surgió de una leve falla. Lo arregla todo largamente pero desde el sentido. 

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