Matías está sentado en su
escritorio dibujando. Dibuja y escribe al margen. Las cosas, intenta, son de la
forma que él quiere. Cuando el trazo no lo obedece acota y justifica. De alguna
forma u otra, el dibujo es justo. Distinto a la realidad. Trata de mantener su
mente en blanco pero sabe que existen códigos, lógicas.
Parte de la nada y va destruyendo
el silencio de la hoja en blanco. Luego encuentra formas y va completándolas
pero a su gusto. De a poco asoma algo que se acerca a lo real. Pero eso no lo
contenta y ahí es cuando entra su mano justiciera que deforma lo que ya está
establecido y le da un nuevo sentido al ser dibujado. Cuando termina, aún no
contento con el producto final, agrega a un costadito una única sentencia que
termina de arreglarlo todo. Porque aunque la imagen sea autónoma y ambigua, él
no quiere dejar lugar para algunas cosas ingratas y por eso las extermina sin
piedad. Pero lo hace de forma sutil, en forma de poesía. Solo con una frase
medio encriptada que dilapida esa curva que hace parecer más corpórea esa parte
del dibujo, o que desvanece ese tachón que surgió de una leve falla, pero desde
el sentido.
* * *
Matías levanta la cabeza y se
pierde en lo que está fuera de su ventana. Reconoce a una chica. Se llama Sofía
y la conoce de la agrupación en la que ambos militan. Sofía es muy conocida
dentro del círculo de jóvenes con conciencia social porque ella donde antes
había nada inventa comedores, inventa asambleas, inventa justicia. Sofía no le
gusta a Matías. Básicamente porque es fea. Aunque cree que la admira.
Recuerda, siempre que la ve, la
vez que fue a la municipalidad a pedir plata o suministros para el nuevo comedor
que iba a armar sin gran resultado. Entonces el intendente, al llegar a su
trabajo el día siguiente, encontró a una turba de niños hambrientos. Pacíficos,
claro. Pero ejerciendo una violencia muy grande que es la violencia cargada en
la realidad. Sofía encabezándolos. Cuando el Intendente aceptó lo que antes le
pareció un chiste, ella exigió el doble.
El intendente aceptó nuevamente desesperado pero las cosas no llegaron.
Pasada una semana se duplicaron los niños. Cuando no llegó la plata al
siguiente mes, tenían en la puerta tapando la calle a todas las familias. A los
tres meses el comedor andaba solo, sin tener que realizar esos piquetes
silenciosos. Después la llamaron de otro distrito. Cuando Sofía fue la primera
vez a pedir dinero, no sabe por qué, accedieron a darle la ayuda de una sola
vez.
Sofía esta vez, mientras Matías
la miraba por la ventana, simplemente caminaba para su casa. Entra, saluda a su
mamá con un beso y sube corriendo a su pieza. De un escondite saca un cofrecito
más o menos grande, lo abre y mete adentro un fangote de billetes que tenía en
los bolsillos. Se tienta y cuenta la plata y mientras lo hace se imagina en
Paris. Paris, piensa, siempre tiene aroma de sueños y romances. Todo lo que
necesita ella después de tanta realidad.
Matías ahora ve a Victoria.
Victoria si le parece linda, pero es tan grande que no se anima ni a fantasear
con ella para dedicarle una atención a escondidas. Además que sabe lo de ella y
su hermano.
El hermano de Matías es Santiago.
Santiago no dibuja ni escribe en los márgenes. Le gusta más bien la música pero
no tanto como para tener su banda o tocar en la banda de otro. Por lo menos eso
es lo que cree. Pero si le agarró un coraje inédito como para estar con
Victoria. Por eso es que en el parque donde van siempre, como si fuera plena
noche, en el lugar más ruidoso, se le acercó y le pidió un mate. Como si
estuvieran solos los dos. Como si el mate fuera de ella. Las amigas se rieron
de él pero ella no. Agarró el termo de las manos de otra y le cebó un mate. Él
se lo agradeció pero no se animó a más. Se levantó y volvió a su ronda con
aires de héroe. Y su misión fue victoriada.
Victoria atraviesa la calle que
da a la ventana de Matías y se acerca a su edificio. Desaparece de su vista
pero suena al instante el timbre. Escucha correr a su hermano y atenderlo. Sube
Victoria el ascensor y se encierran en su cuarto. Mejor olvidarse de Victoria
por un rato, piensa Matías.
Por eso mira de nuevo por la
ventana. Por las dudas para las orejas de forma distraída y un poco
inconsciente. Pero lo importante es que ve a Walter.
A Walter lo conocen todos, sobre
todo los de su gimnasio. Para que te des una idea, Walter estuvo con Victoria y
no quiso más. Después estuvo con Sofía también, solo para mostrar que tiene
conciencia social. Puede que Walter
tenga algo que ver con que Victoria esté ahora con Santiago, encerrada en su
cuarto, pero imposible demostrarlo.
A él, Santiago, en realidad, no
le agrada mucho ir a bailar porque dice que su cerebro no funciona cerca de una
chica después de las doce. Pero no sabe por qué hace un par de semanas fue. Ahí
se encontró con Walter y con otros amigos. Uno de esos se le ocurrió ir a
hablar con una chica que estaba sola. Y a la chica se le ocurrió darle un beso
a ese chico. Y el novio de la chica se le ocurrió volver del baño.
Primero el chico no entendió,
pero cuando eso pasó se le fueron los humos a la cabeza e intentó destrozar al
amigo de Santiago. Eso hasta que llegaron los cuatro amigos. Sobre todo cuando
vio a Walter y el tamaño de Walter. Ahí esbozó una cara de vendetta y hasta
amenazó con enseñarles a sus propios amigos. Pero Walter se le rio y lo invitó
cordialmente a retirarse sin su novia. Ella igual se fue con él. Creemos
todavía que por lástima.
Walter desapareció de la mirada
de Matías, pero él se acuerda de otra cosa y le grita. Walter no escucha
entonces sale en su búsqueda. Baja el ascensor y sale a la calle. Camina por la
avenida y lo ve en el horizonte. Lo ve doblar. Lo ve seguir derecho. Lo
alcanza. Walter para y lo ve un poco enternecido.
Matías le cuenta que ayer, los
amigos de Nicolás Robredo, junto con Nicolás Robredo y la novia de Nicolás
Robredo, anduvieron por el barrio. Ya te imaginarás quien es Nicolás Robredo.
Walter le tapa la boca y lo agarra fuerte. Lo zarandea y lo mete en el
gimnasio. Después sube las escaleras callado. Entra, esquiva un par de
máquinas. Matías lo sigue completamente desconcertado. Se sienta y le habla. Ya sé, le dice. Pero no
podemos hacer nada. ¿Para eso me metiste hasta acá?, pregunta Matías. Estaban a
una cuadra, le responde.
Para Matías, Walter es un agente
secreto de la CIA casi. Andá tranquilo. No te van a hacer nada. Son pura pinta,
escucha Matías mientras baja la escalera.
Matías sale del gimnasio y al
instante se le cruza Victoria. Llevaba puesta una sonrisa inevitable. Con eso
le alcanzó a Matías para saber algo. Decide correr a la sede de la agrupación.
Eso que recién había visto era para contarse.
A unas cuadras, se cruza con un
chico solo que no conoce. Cree que es del grupo de los amigos de Nicolás
Robledo. Pasa no muy cerca de él con
cierta crispación extrema. No pasa nada salvo que le lanza una pequeña sonrisa
sobradora. Walter tenía razón, piensa.
Llega a la cueva donde se juntan los
chicos de la agrupación a discutir y discutir. No la ve a Sofía por ningún
lado. Se acaba de ir, le dicen. Charla con algunos compañeros de cosas poco
interesantes. No se anima a contarle a nadie más. Decide volver.
Cuando llega, sube el ascensor,
entra a su pieza, lo ve a su hermano chusmeando sus dibujos no sin mucha
admiración. Eso no le importa a Matías. Lo trata de evitar pero ya es tarde.
Cuando voltea le ve la cara. Tiene un ojo en compota, el labio sangrado. El
dibujo no le parece ahora tan importante. Se le cruza por la cabeza dudar de la
fuerza de Victoria.
“Victoria no fue la que me
lastimó. O por lo menos la cara. Lo de la cara es lo de menos. Yo sé que me ves
muy bien pero estoy destruido. Bueno, en realidad para vos estoy hecho mierda,
pero en verdad lo de la cara me chupa un huevo. Lo de la cara me lo hicieron
ayer a la noche. Nos peleamos con los amigos del Nicolás ese. Y la verdad es
que no eran muchos. Pero hubo un pequeño detalle que no nos esperábamos. Éramos
tres contra cinco. Teniendo en cuenta que Walter es Walter teníamos hasta
ventaja. Pero no sé por qué se le ocurrió no pelearse. No es que le salió un
brote pacifista porque la verdad que antes que saltaran todos a matarse él
hablaba muy convencido de que les iba a arrancar las orejas uno por uno. Pero
cuando vio que no les importó mucho lo que él decía y se tiraron sobre nosotros
a pelearse, le pareció menos penoso pasar por un cagón y desapareció de la
nada. Y eso lo hizo a escondidas, no de entrada para que nos enteráramos todos
y entendamos que era mejor no meterse con nadie. Sino en la mitad del quilombo,
nos dimos cuenta Uri y yo que estábamos solos con los cinco. Decí que nos
dejaron ir rápido porque ya no nos movíamos mucho. Lo que realmente me molesta
no es el labio, por más que no pueda masticar nada porque me hace ver las estrellas.
Lo que me jode es lo que me acaba de decir Victoria. Que te lo vine a contar y
no estabas. Hoy tuvieron que cerrar el comedor risitas porque le descubrieron unas deudas gigantes con todos los
proveedores y la caja vacía. Parece que lo último que se sabe de Sofía era que
se tomó un avión para Europa. No me quiero ni imaginar que hizo con los otros
comedores. Y tan buena que parecía. ¿Podés creer? Parecía el papa de lo buena
que era. ¿Se habrá cansado de ser buena? Eso me vino a contar Victoria. Encima,
ella me viene a contar eso indignada. Todavía se me hizo la mosquita muerta con
mis moretones. Cuando yo ya sabía, de boca del mismo Nicolás cómo se había vengado
de Walter estando con ella. Con Victoria. Como si a Walter le importara en lo
más mínimo. El mismo que me pateaba las costillas se había encamado con mi
novia. Y todavía se hacía la que se sentía mal porque nos peleamos. ¿Te das
cuenta que todas las minas de alguna u otra forma te rompen en mil pedazos? No
sé para qué te cuento todo esto. Supongo que para hacerte precio y aprovechar
el momento y no amargarte varias veces. ¿Seremos todos hijos de putas y no nos
daremos cuenta?”
Matías más que amargado estaba
completamente desconcertado por tanta información. La pregunta que se hizo su
hermano, le retumbó en la cabeza. ¿Habrá también en mí maldad? Mira por la
ventana y baja la vista hacía el papel.
Walter volvió a tener contacto
con Santiago y Uriel como si nada hubiese pasado. No sabían exactamente como
explicitarlo pero nada era lo mismo. Tres años después decidió mudarse a la
capital solo para estudiar. Allí sufrió la más amarga soledad por un tiempo
hasta que en una clase de la facultad se cruzó con otro Matías. Matías era uno
de los amigos de la banda de Nicolás Robledo. Inesperadamente, los dos, estaban
en la misma situación y decidieron hacer las paces. Tuvo cierta desconfianza inicial
pero muy rápido aflojó. No pasó mucho tiempo hasta que se mudaran juntos.
Sofía llegó a Paris cargada la
mente de fantasías y los bolsillos de dinero ajeno pero nada de eso fue
infinito. Del turismo a la indigencia el proceso fue inevitable, sigilozo y lento pero ella de alguna forma ya lo tenía
aceptado. Cantó un par de tangos por plata y le fue bien. Pero no suficiente.
Pasado un tiempo, no mucho, se cruzó con un argentino radicado allá. Trabajaba
para una ONG, le propuso que entrara como voluntaria aunque sea para evitar la
calle y el tango, mientras él buscaba algo que le produjera techo y alimento.
Él la cuidó y se enamoró de ella. También le consiguió el mismo trabajo que
hacía él.
Victoria continuó con su fama de chica
fatal pero se empezó a correr un rumor. A Nicolás Robledo le habían
diagnosticado HIV. Pasó por un proceso inaguantable. Todo indicaba que eso
había pasado después pero ella no sabía por qué sufría como si estuviera
enferma y moribunda. Se negaba a hacerse un test. Finalmente, ante la
desolación, algunas amigas tomaron uso de la razón y la obligaron a hacerse el
test que dio negativo.
Un día saliendo de su casa Walter
fue interceptado por unos hombres. Nunca pudo ver sus caras. Lo metieron
adentro de una camioneta. Le empezaron a gritar y a golpearlo. ¿Vos sos
Matías?, le preguntaban. Decinos tu nombre y tu apellido. Nunca paraban de
golpearlo ante el silencio. Pudo después de unos segundos dolorosos decir
Walter Acuña entre resoplidos y llantos. Lo golpearon más. No se sabía si por
incredulidad o para esconder el fracaso. Vio a una de las sombras, de esos
hombres que lo tenían agarrado hablar por teléfono y escuchó porqué buscaban a
su compañero de cuarto. Entendió que sus padres tenían mucha plata, pero
lamentablemente para ellos, él no era Matías Quinteros. ¿Qué hacemos con este?,
escuchó que preguntaban. ¿Conoce a Matías Quinteros?, Decían del otro lado de
la línea. No pudo contestar. No sabía que le convenía, solo quería ser libre.
Poco a poco Sofía fue
descubriendo el trabajo de la ONG en la que había sido incorporada. Era una
milicia. No tenía entendido bien cuál era el fin último de tomar las armas pero
sabía que eran muy buscados por el mismo ejército francés. Y eso parecía poco
cuando Guillermo, su actual novio, le confesó que él era un topo. Era un hombre
puesto por el ejército para terminar en breve con esa parafernalia. Él día en
que se produjo el golpe definitivo los dos esperaron en su casa encerrados.
Habían organizado una reunión especial dentro del grupo guerrillero convocando
a todos. Miraban el reloj casi entusiasmados. Para cuando sean las 8 pm todo
iba a estar terminado y ellos iban a ser libres. Personas ilustres,
condecoradas. No recibieron ningún llamado. A eso de las 9 le tocaron la
puerta. Abrió desprevenido y entraron tres de sus ex compañeros.
Esa noticia cambió la vida de
Victoria. Como una epifanía descubrió que estaba cansada de sobresaltos y buscó
rápido lo que ella llamaba amor. Se casó con un hombre grande que le dio
estabilidad y no tardó en golpearla. Ya desenamorada lo intentó dejar, pero
recibió más golpes y terminó, de a poco, aceptando la realidad y
justificándola. Cuando llegó al límite pidió ayuda pero le dieron la espalda.
Le pedían que vuelva a enfrentarlo o que lo denuncie. Malinterpretó la primera
opción y lo envenenó.
Las últimas palabras que escuchó
Walter fue: “Se lo puede borrar, es un nadie.”. Las que escucharon Guillermo y
Sofía fueron en un más elocuente francés: “Algo tenía que desaparecer, ¿verdad?
Y nunca como se espera.”. Lo último que vio Victoria fue, de muy cerca, la
marca grasosa de una mano sobre un vidrio grueso que se pierde en la marca del aliento
de sus jadeos y súplicas.
* * *
Matías está sentado en su
escritorio dibujando. Dibuja y escribe al margen. Las cosas, intenta, son de la
forma que él quiere. Cuando el trazo no lo obedece acota y justifica. De alguna
forma u otra, el dibujo es justo. Distinto a la realidad. Trata de mantener su
mente en blanco. Pero sabe que existen códigos, lógicas.
Parte de la nada y va destruyendo
el silencio de la hoja en blanco. Luego encuentra formas y va completándolas
pero a su gusto. De a poco asoma algo que se acerca a lo real. Pero eso no lo contenta
y ahí es cuando entra su mano justiciera que deforma lo que ya está establecido
y le da un nuevo sentido al ser dibujado. Cuando termina, aún no contento con
el producto final, agrega a un costadito una única sentencia que termina de
arreglarlo todo. Porque aunque la imagen sea autónoma y ambigua, él no quiere
dejar lugar para algunas cosas ingratas y por eso las extermina sin piedad.
Pero lo hace de forma sutil, en forma de poesía. Solo con una frase medio
encriptada que dilapida esa curva que hace parecer más corpórea esa parte del
dibujo, o que desvanece ese tachón que surgió de una leve falla. Lo arregla
todo largamente pero desde el sentido.
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