Un refrán es una frase popular, corta y grandilocuente. Tiene un significado semi-encriptado o guarda una ambiguedad conveniente para lucirse en diversas ocasiones. Nos explican hechos ineluctables, o mejor dicho, nos reconfortan explicandonos un reparador orden natural de las cosas que se puso en nuestra contra por, más que nada, ignorarlo o serle temerario. Nos tratan de dar una lección desde un lugar pretencioso de saberes puros, de sentido común, poco más que la enseñanza misma por la experiencia del vivir.
Sin embargo, esconde una moral muy limitante y exigente, una desaprovación de lo nuevo. Tiene la aspiración de volverse ley general del universo, atemporal. Pero, por el contrario, en la mayoría de los casos, el refrán es una reproducción de sapiensas integramente culturales; cuando no son consecuencias, reflexiones de escenarios naturales que no se llegan a comprender en su totalidad pero de los que se desgloza un evento notoriamente reiterado.
Los refranes estan en vias de extinción, salen de bocas religiosas, o mejor dicho, creyentes. Ostentán más el credo que la práctica. Nos recuerdan con vehemencia la presencia de dios y sus decisiones o su lógica (si es correcto el término o, por lo menos, la analogía.)
No termina de ser una fuente de interés o reproducción intelectual sino más bien popular, en lo más acérrimo de su significado. Es casi el estatuto de la interacción del ser humano en lo superficial. Tiene por condición la gran aceptación tal como podría tener una proposición cualquiera de semejante vaguedad. Son, sin embargo, discutibles e insondeables, por eso, quizás, se escapan un poco de la agenda del constante instigador y reformulador; del intelectual y no de quien no tiene más que vivir con simpleza y horrorizarse del hacer inentendible ajeno.
El refrán es atractivo, tiene fuerza literaria y parece darle a uno, con facilidad, la capacidad de la palabra. Encapsula un concepto y nos permite implementarlo de forma pintoresca y sutil sin rebanarnos los sesos en palabreríos o grandes análisis. Se aplica en seco y se lo deja flotar en el aire a disposición del otro. No se condice con una relación dialógica sino con una discreta arrogancia. Conlleva un estimulo extra que lo magnifica; se convierte en intrínsecamente importante, en obvio, en conocido "por todos y hace mucho". Desde el inicio del tiempo agigantando una simple falta y transformándola instantáneamente en el indicador de una moraleja que requiere de una rápida epifanía y redención. No tiene público adecuado o formulación; no debe tener preámbulo, ni epilogo. Es una sentencia tan efímera como la consistencia de la idea en la mente de quien la dice. Por eso, también, su carácter de indiscutible. No se reformula, ni se les genera un exégesis. No se contraria, ni responde, salvo en un glorioso caso en que impensadamente un otro refrán se adecue (o no) más a la situación y allí sea generada una controversia y todo cambie de plano, quede en evidencia su mínima porofundidad y, entonces, las palabras tengan peso y firma, y el producto del intercambio sea único y acertivo.
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