miércoles, 1 de agosto de 2012

Nueva Arabia

Escuché hablar de un chico. Vivía en un callejón en algún lugar de Dublín. De sus padres nada se sabia más que no eran su prioridad a la hora de contar historias como si lo era su tío ebrio, su misericordiosa tía o la serenidad de su hogar. Cerca del fin de sus días de juegos bajo el último sol o lo acogedor de ese callejón donde vivía tuvo su primer gran decepción: pasaba tiempo, cuenta ya maduro, deseando un algo que lo impacientaba y le hacia sentir cosas nunca antes sentidas. Y ese algo, aseguraba, provenía de la hermana de uno de sus amigos. Una eternidad de vaivenes y cruces ocurrieron hasta el primer intercambio de palabras y el suceso no fue menos engorroso que lo futuro y causado. Hablaron de una feria, de como ella no podía acudir y como le era imprescindible apreciarla. Él, entre nubes, u obsesionado con una falda más ornamentada y especial que la que en verdad vestía a la mortal, prometió, quizás sin siquiera haber sabido nunca la omnipotencia de una promesa; ir en su lugar e incluso traerle un regalo. Y, si me permiten, puedo agregar desde mis adentros que es en ese mismo instante en el que salieron aquellas sílabas de sus labios en que el universo, a continuación, prorrumpió en darle una lección. Desde ese instante tuvo repercusiones en cada segemento de su vida. Su psiquis se aparto de aquel conjunto de percepciones que llamamos realidad y se poso en un mundo nuevo de posibles porvenires o, mejor dicho, de uno solo. Que tenia tanto que ver con una feria, con un regalo y con esa otra cosa tan distinta que habremos, de ahora en más, de llamar amor. Espero y espero y ese fue en parte su problema porque su promesa y su impaciencia le dieron su merecido y fue entonces que si su tío pudo llegad tarde ese sábado borracho o no, lo hiciera y si tuvo que tomar un tren sombrío, solo, vacío; mientras sus compañeros permanencian en el callejón jugando como él lo habría hecho en tantas puestas de sol; también lo hiciera. Y ya era muy tarde puedo aclarar, acortando las distancias y llegando al punto. Aunque esta vez sea la primera de muchas, no podría ser nunca tal si no fuera tan tarde. La feria era un conjunto de sombras y tintineos de monedas que jugaban a contarse y guardarse. Los puestos eran, en su mayoría, la imagen de la tardanza. Sin embargo nuestro aun joven escuchó voces y vio luces de un puesto todavía vigente y al acefcaese diviso dos voces masculinas y una distinta en un intercambio de palabras truncadas e indirectas. Y al acercarse pudor ver una niña. Y ahí es cuando yo puedo discrepar y encotrar el peligro y el rencor en el relato de este joven que alguna vez escuche. No era solo una niña: era la niña. Pero sin embargo y a pesar de la aclaración la acción no se modifica de como él la cuenta. El se acercara temeroso pero obligado y ella cesara y se acercara segura pero con una obligatoriedad notoria, cansada, molesta. Como habrá tratada a cientos uno atrás de otro. Y sin complicidad alguna lo tratara con esa falsa cortesía peor que el más profundo zarpazo. Y él preguntara algún precio, permanecerá mirando la mercadería algunos pocos segundos más para fingir interés, dejara caer dentro de sus bolsillos algunos chelines que tenia preparados y dará la vuelta para escuchar su voz de nuevo con ese otro tono.

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